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ENTRE TÚ Y YO

La Organización Mundial de la Salud decreta el fin oficial de la pandemia

Luis Velasco Lunes, 15 de Mayo de 2023 Tiempo de lectura:

 

Por mucho que no queremos mirar hacia atrás, convivir con una "emergencia sanitaria global" decretada por la Organización Mundial de la Salud y el conjunto de vivencias que nos han acompañado estos últimos tres años supone un altísimo coste emocional que no va a desaparecer de nuestra memoria tan fácilmente. La pesadilla demoledora de la Covid-19 concluye oficialmente al poner fin este organismo a la radical medida, aunque la lucha en todo el planeta deja preguntas de vital importancia que necesitan respuesta, incógnitas insatisfechas, secretos no desvelados y fantasmas encerrados en sí misma.

 

Después de contemplar como el virus se convierte en un mero formalismo del que poco queda, pues es una realidad que la sociedad le ha dado la espalda gracias a la eficacia de las medidas adoptadas y las vacunas, la decisión de la OMS revela a la vez que oculta, un simbolismo que muchos consideran necesario. Desaparece una amenaza inminente que ha puesto en peligro la vida o la salud de una ingente pluralidad de perjudicados durante mucho tiempo, y no solo eso, se destierra con ello esa idea de una pandemia globalizada que ha supuesto la muerte por contagio de millones de personas en todo el mundo. Una pesadilla que ha cambiado la historia y la mentalidad colectiva al vapulear todos los aspectos que considerábamos intocables en nuestra vida como la libertad, la economía o las relaciones sociales, sometiéndonos sin quererlo a una de las pruebas de tenacidad y entereza más duras que jamás hubiéramos imaginado. Los efectos tan destructivos que hemos vivido desde 2020 han cambiado el mundo que conocemos y han afectado para siempre, a la percepción que teníamos sobre nuestra propia existencia.

 

La devastadora historia de la Covid no deja una sola lección sino una colección de lecciones que vale la pena recordar y aprender para el futuro. La más alta y mejor lección de vida para las nuevas generaciones. Desgraciadamente, a pesar de que la puerta ya está abierta y tenemos mucho avanzado; sigue faltando el elemento objetivo que le dé sentido a todo este amargo proceso con la debida seriedad y solvencia para tener, inevitablemente, una respuesta más amplia y clara sobre varios aspectos que han quedado mudos, porque no es ningún secreto que muchos errores trágicos entremezclados con aciertos conjuntos dejaron una plétora de dudas sobre la mesa.

 

La citada "emergencia sanitaria global" ha desaparecido de nuestras vidas, es cierto, pero algo más oscuro ha quedado flotando en el aire. Lo decíamos antes; excesivas incógnitas insatisfechas y claras omisiones, puntos muertos y secretos nunca desvelados, el origen fantasma de un virus encerrado en sí mismo del que nunca sabremos cómo y porqué surgió realmente. O cómo pudo propagarse con esa rapidez y virulencia descontrolada. La responsabilidad o, mejor dicho, irresponsabilidad de los líderes mundiales al no llevar a cabo una investigación rigurosa y un control del país causante del primer brote, China. El desconocimiento incluso del número real de personas fallecidas a nivel mundial. O, ¿cómo es posible que una pluralidad de países avanzados, entre ellos España, cometieran el grave error de subestimar el elevado riesgo de contagio inicial? Hecho que originó que cada país llevara a cabo la adopción de una cadena de medidas caseras improvisadas, la mayoría desacertadas, que impidieron una gestión global y común de esta pandemia.

 

Con este panorama y la idea de no sucumbir, claramente apareció una paranoia en todas las naciones por el acopio de utensilios médicos que se consideraron imprescindibles. El miedo y la necesidad nos mostró un paradigma muy bien perfilado en el cual una simple mascarilla o unos guantes se convirtieron en la nueva moneda de cambio de un inmenso mercado negro donde este tipo de mercancías sanitarias alcanzaron más valor que el oro.

 

La economía entera se congeló mientras las grandes riquezas salvaban a toda prisa todo lo que podían, el extraordinario caos en que se había convertido el mundo, algo inmenso, incomprensible, todopoderoso, amenazaba con derribar los muros de una convivencia única, real y cierta, una verdadera cárcel en sí misma, cuyo confinamiento era ahora su mayor condena. Según parecía, en aquel nuevo teatro cualquier medida adoptada por excepcional que fuera era aceptada y bienvenida, sin tener en cuenta que se estaban forzando los límites lógicos y naturales de muchas democracias y conculcando derechos fundamentales y libertades públicas.

 

Nadie sabía cómo enfrentase a una pandemia como esta, eso es verdad. Pero es entonces cuando se puede producir lo peor como ocurrió en nuestro país, donde el modo de trasgredir nuestros derechos se convirtió en un desafío al ciudadano, un privilegio del Gobierno apoyado por la máquina mediática. En España, esa puerta abierta fomentó una forma de gobernar que no buscaba el equilibrio ni evitaba el abuso del derecho, todo lo contrario, nos acostumbramos a ser guiados como borregos a base de decretazos, a base de ver cómo cesaba ipso facto la necesaria, lógica y sana actividad parlamentaria, como se tensionaba la cuerda que amenazaba con romperse mientras intervenían día sí, día también, de modo ilegal en todos los aspectos de nuestra vida, pues debemos recordar que lo hizo este Gobierno vulnerando la Constitución, según se constató posteriormente.

 

Lo he dicho en más de una ocasión y no me cansaré de repetirlo, como decía un querido profesor mío ya fallecido; Don Antonio Mozo "Un país que olvida su historia está condenado a repetirla". El problema de los españoles es que tenemos memoria selectiva, demasiado corta en la mayoría de las ocasiones y que suele distraerse con facilidad. Es posible que hayan sacado la bandera a cuadros de esta triste pandemia y no negaré que me alegro por ello, pero el regusto amargo de esos millones de personas fallecidas o afectadas de algún modo, el hundimiento de la economía a nivel mundial que no termina de dar claras muestras de recuperación, los profundos cambios sociales que han afectado a la propia convivencia y a las relaciones entre las personas y las familias, es una pesada carga que no termino de sacarme de dentro, por mucho que lo intento.

 

No es ningún secreto que ahora más que nunca el miedo, la ansiedad, los problemas psicológicos o la soledad nos acompañan cada día, aunque nos digan que ya no existe emergencia alguna. Ese conjunto de duras vivencias nunca desaparecerá de nuestra memoria. Pero hoy es un día para festejar, así lo dice la Organización Mundial de la Salud, tres años después y varios millones de muertos, la pesadilla ha terminado.


 

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