… y dos huevos duros
Hacía tiempo que no me asomaba a estas páginas como escribidor (es decir: mal escritor), aunque lo hago diariamente como lector.
Agradezco enormemente tanto a esta publicación como a otras que hayan tomado la política como una sección secundaria, pues ni es su espíritu ni es, en absoluto, su origen y misión. Aún así, este humilde lector impenitente de prensa –no digo que empezó con los papiros egipcios, pero casi– siempre se tomó en serio las referencias políticas; pues de ellas, y lo digo con conocimiento, depende queramos o no nuestro futuro más inmediato.
Ya empiezo a perderme, como casi siempre...
Decía que leo sobre política como ávido lector de prensa que soy, pero no porque me interese mucho, y más en este momento. Leo sobre política, pero me desengancho de ella. Sigo a sus líderes y sus ideas (si alguna vez las tuvieron), pero no me los creo. Me interesa la historia política, pero la mayoría de los que hoy ocupan puestos de responsabilidad no conocen siquiera los orígenes de sus partidos ni las diferencias o el principio de derechas o izquierdas ni distinguen reparto social de la riqueza del concepto caridad. No digo ya que reconozcan las ideas de Bernstein (Eduard. Político judío alemán al que no se debe confundir con Leonard Bernstein, judío también pero gran director y compositor musical), de aquellas otras que pudo asumir e inspirar a Primo de Rivera. En este caso hablo del padre, Miguel, el dictador, y no del hijo, José Antonio, fundador de la Falange.
Es curioso comprobar cómo efectivamente todos los extremos se tocan. Y así nos los recordaba continuamente Antonio Escohotado. Lo hacía como filósofo, como jurista y como profesor universitario que reconocerán todos aquellos que estudiaron sus textos en Ciencias Políticas.
Podría decirse, por tanto, que el objetivo de unos y otros es el mismo. En puridad cabría entender que ese objetivo es el bien común de los ciudadanos. La diferencia estaría en cómo alcanzar esa meta, al igual que un entrenador de un equipo de fútbol decide dotar de más fuerza a la defensa, el medio campo o la delantera; o si apuesta por los extremos o por un juego más vertical en torno a una progresión por el medio del campo.
No dejo de sorprenderme en este inicio de la campaña que todos los mensajes, vengan de dónde vengan, me parecen iguales: carentes de contenido (o sin presupuesto), repetidos (solo es cuestión de tirar de hemeroteca), fanfarrones (imposibles de cumplir)… y casi hasta religiosos. Solo les falta decir: “conmigo, lloverá”.
Ironizaba Tierno Galván con que “los programas electorales están para incumplirlos”. Lo de ‘ironizaba’ es lo que quiero creer, pues de otra forma sería para salir corriendo de un país y alejarse de una ciudadanía a que resbalan las promesas pues nunca exigirá su cumplimiento. ¡Cuánta olvidadiza es la memoria!
Por cuestiones que no vienen al caso, salvo alguna referencia profesional, durante muchas convocatorias de elecciones, leí programas electorales. No solo los leí, sino que incluso los comparé. Daba pudor hacer luego hacer menciones a ellos en páginas periodísticas. Parecían un calco unos de otros y los matices solo estaban en el logotipo de encabezaba sus páginas o el tipo de papel en el que estaba impresos (sí, amigo. Había tiradas de libracos con decenas de páginas encuadernadas).
Me viene a la mente ahora una anécdota que alguno recordará. Fue en una convocatoria de autonómicas en las que el PP reprodujo 'tan bien' el ‘programa electoral’ enviado desde la sede nacional del Partido que mencionaban a ‘Navarra’ cuando debía poner ‘Región de Murcia’.
Ya acabo. Lo cierto es que llevamos varias semanas escuchando promesas y más promesas de actuaciones que debieron acometerse hace tiempo, de proyectos anunciados una y mil veces, de compromisos asumidos y no ejecutados… Y, como dice Chico Marx en la película ‘Una noche en la ópera’ tras una suculenta cena que pide Groucho, “… y también dos duros huevo”, a lo que añade Harpo con su bocina: “… en lugar de dos, pon tres”.






















