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ENTRE TÚ Y YO

Coleccionismo en la Quinta Avenida (I)

PATRICIA LÓPEZ HAAS Lunes, 29 de Mayo de 2023 Tiempo de lectura:

 

Nueva York inspira. Nueva York es una ciudad vibrante siempre en movimiento y en la que todo sucede. No hay más que ver la cantidad y calidad de su oferta cultural. Teatros, ópera, musicales, conciertos sinfónicos y museos vienen a completar la frenética actividad neoyorkina. Sus clubs de jazz son coquetos y acogedores. Las mesas con sus manteles y velas te animan a cenar mientras escuchas el siempre sugerente sonido de un saxofón o el de un piano. Otros clubs, los de los rascacielos, destacan por su sofisticación y por su exquisita programación, en ellos se puede tomar algo ligero como una copa de vino acompañado de hummus y crudités, pero aquí los protagonistas son los artistas y el soberbio skyline de la ciudad que se asoma por detrás de la orquesta. Esto es Nueva York. La improvisación en el jazz hace que los músicos dejen volar su imaginación. Como hago yo con mi “Mirada felina”, no voy a decir que yo soy a la escritura lo que el jazz es a la música, pero sí que es cierto que me permito ciertas libertades a la hora de mezclar temas guiada por mi libre albedrío.


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Me voy a situar en Manhattan. En la Quinta Avenida. Epicentro del lujo y del glamour, pero también del coleccionismo de arte. Me interesa la zona que da al parque porque se respira bien, porque las aceras están limpias y porque apenas hay gente ni ruido. Y porque entre los edificios rodeados de parterres llenos de flores se encuentran los más exquisitos museos que una pueda imaginar. En la Quinta Avenida se sitúa la Frick Collection, propiedad de Henry Clay Frick (1849-1919), poderoso industrial al que comprar arte le producía más placer que cualquier otra actividad fuera de los negocios. El coleccionismo no es nuevo, de alguna forma, todos somos herederos de la cultura romana. La posesión de objetos de valor artístico ya constituía en Roma un signo de poder y alto nivel social.


Mr. Frick adquiría sus obras en París o Londres. Quiso hacer de su palacio un museo en el que todo tuviera sentido. La integración de todas las artes fue un logro no igualado por ninguna colección del primer cuarto del siglo XX. Los cuadros de Velázquez, Vermeer, Tiziano, Gainsborough, Van Dyck, El Greco o Goya se mezclan, de manera armoniosa, con el lujoso mobiliario proveniente de Chatsworth House, propiedad del no menos conocido Duque de Devonshire. O el de Lady Wallace, viuda del fundador de la prestigiosa Wallace Collection de Londres.

 

A principios del siglo XX la nobleza inglesa comenzaba a acusar falta de liquidez y se veía obligada a deshacerse de sus colecciones. En un mes por Europa se gastó 400.000 dólares para acondicionar salones y comedores de su palacio de la quinta avenida.

 

Por valor de varios millones dólares, adquirió también piezas de porcelana procedentes de la colección de su socio de la United States Steel Corporation, J. Pierpont Morgan. La colección es extraordinaria y está hecha con criterio, obra de las escuelas holandesa y flamenca del siglo XVII, española, italiana, paisajes y retratos ingleses del XVIII y XIX completan un escenario propio de la poderosa “aristocracia” neoyorkina. Muy al estilo del emperador Adriano, que en su afán coleccionista, hizo de su villa Adriana en Tívoli un museo donde albergar objetos griegos. Originales y copias.


Mr. Frick quiso, desde un principio, que su colección fuera abierta al público una vez falleciera. En Roma, Marco Agripa, defendía la necesidad de exponer públicamente las pinturas y las esculturas, él entendía que era una forma de reivindicar su carácter de herencia cultural. Muchos siglos después la esencia es la misma, es decir, el deseo de coleccionar, que parece algo innato a la condición humana, junto al interés de los coleccionistas por compartir con la sociedad el arte y la belleza, y de perdurar en el tiempo mediante la impronta de sus legados.


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Caminando un poco llegamos al Metropolitan, que también está en la Quinta Avenida. Un corto trayecto lo separa de la Frick Collection. El Met está hecho a semejanza de los europeos en cuanto a tamaño y diversidad de obra. Abarca distintos períodos: Arte Antiguo, Oriental, europeo, americano y Contemporáneo. Sus fondos proceden de donaciones o legados. Ahí reside la gran diferencia con los museos del Viejo Continente.

 

A mediados del siglo XIX un grupo de hombres de negocios vio la necesidad de que la ciudad de Nueva York albergara un gran museo. Pero no fue hasta 1902 cuando este empezó a despuntar. Ese año, el Metropolitan recibiría en herencia 5 millones de dólares de Jacob S. Rogers destinados a la compra de arte. El legado de este hombre de negocios, fabricante de locomotoras, más misántropo que amante de la cultura, cambiaría el rumbo del museo. Es un museo creado por los ciudadanos para los ciudadanos. La idea del Met es la de compartir con la sociedad el legado recibido a lo largo de todos sus años de existencia, pero no por la iglesia o las Casas Reales, sino por benefactores con apellidos como Lauder, Lehman, Rockefeller, Vandervilt o Morgan entre muchísimos otros. Adjunto foto con los benefactores desde 1971 a 1977.

 

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Un ejemplo muy mediático es la gala del Met, que se realiza cada año para recaudar fondos para el Instituto del Vestido, el cual se encuentra en la zona de arte Moderno. La entrada del museo se convierte así en una extravagante pasarela de moda. Este año se dedicó al ya fallecido diseñador de Chanel, Karl Lagerfeld. Sus mejores creaciones se encuentran allí expuestas temporalmente.

 

En el próximo artículo continuaré mi camino por la Quinta hacia las colecciones Lauder y Guggenheim. Ya lo decía Sinatra en su canción dedicada a Nueva York “if I can make it there I’ll make it anywhere” (si puedo hacerlo allí, lo haré en cualquier parte). Quien consiga triunfar allí lo puede donde sea. Y esto es coleccionismo con mayúsculas, el de la Quinta Avenida.


 

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