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ENTRE TÚ Y YO

Mis amigas las palabras

María José Bataller Miércoles, 31 de Mayo de 2023 Tiempo de lectura:

 

Todas las mañanas saludo a mi viejo portátil y le prometo que un día más voy a intentar hilvanar frases con sentido, de las que te hacen pensar o al menos sonreír. Tras mi promesa, retomo mi proyecto narrativo o inicio un artículo para mi blog, y empiezo a teclear de forma un tanto automática, sin pensar en la ortografía ni en la puntuación —para eso tengo un buen procesador de textos que me subraya en rojo o en azul las faltas y gazapos. Además, pienso reescribir cada párrafo las veces que sean necesarias—. A pesar de este automatismo, o gracias a él, escribo con pasión auténtica. Pero esta pasión necesita de una rutina que consigo gracias a una disciplina rociada con pinceladas de motivación. Confieso que a veces procrastino o, dicho con una hermosísima palabra, recientemente aprendida, trasmañano.

 

Y es en esos momentos de falta de inspiración, bloqueo mental o simple vaguería, cuando me hago esta pregunta: ¿qué tipo de palabras son más importantes para mí? ¿los verbos, los adjetivos, los adverbios…? El otro día asistí a una charla —que nada tenía que ver con la gramática ni siquiera con la asignatura de Lengua y Literatura—, donde el conferenciante recordó a una maestra que le decía que lo más importante eran las preposiciones. Entendí la razón, pero vi exagerado que las preposiciones ocupasen el primer puesto en la categoría de importancia. Igual esta discrepancia se debe a la dificultad del uso correcto y preciso de las preposiciones. Resulta todo un reto para aquellos que nos manejamos en varios idiomas, sin dominar ninguno. Y entonces me acordé de un libro que he recomendado, e incluso regalado, a gente joven. Se trata de La isla de las palabras de Erik Orsenna, por cierto, su título original es La grammaire est un chanson douce —no hay que tener un nivel alto de francés para saber de qué va el libro—.

 

Inspirada en el libro de Orsenna intentaré contestar a la pregunta que me hago día sí y día también. En La Isla de las palabras, estas unidades léxicas o lingüísticas —dotadas generalmente de significado, que se separan de las demás mediante pausas en la pronunciación y blancos potenciales en la escritura (según la definición de la RAE) — al igual que los humanos se organizan en “tribus” y cada “tribu” tiene un oficio. El primer oficio es poner etiquetas a todas las cosas del mundo. Esto corre a cargo de los nombres o sustantivos. En castellano, al igual que el francés, van acompañados de la pequeñísima “tribu” de los artículos: su papel es sencillo y bastante inútil, reconozcámoslo.

 

En La Isla de las palabras los adjetivos se venden en las tiendas. Esos colaboradores indispensables añaden detalles sobre el nombre y necesitan su concordancia. Elogia a ‘elegante’ y otros considerándolos astutos porque no necesitan modificarse como ‘guapo/a’.

 

A los pronombres los tacha de pretenciosos —es lo que tiene saber que vas a ocupar el lugar de los nombres en determinadas situaciones— e incluso pueden ser violentos, a veces esperando una sustitución, acaban perdiendo la paciencia.

 

Los adverbios pertenecen a la “tribu” de los aventureros. Esas expresiones invariables que aparecen en las oraciones con el objetivo de expresar matices y circunstancias. Responden a preguntas como ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿cómo?, etc.

 

Y a los verbos, los define como unos fanáticos del trabajo, a excepción de los verbos copulativos: ser, estar y parecer. Estos últimos, por sí mismos no implican una acción, sino que suelen funcionar como nexo entre el sujeto y el atributo. Cuando empecé a estudiar holandés, me llamó la atención el lugar que ocupaba el verbo en la oración. Al igual que en alemán, y sospecho que en otras lenguas, es al final. Tras este pequeño aprendizaje un día se me encendió la bombilla y pude responder a una pregunta que me hacía con regularidad: ¿por qué mis interlocutores neerlandeses NO me interrumpen cuando hablo? No solo se trata de un gesto de afabilidad, sino también de pura supervivencia causado por la sintaxis. Sí, si quieren saber de qué hablas tienen que escuchar o al menos esperar a todos los complementos circunstanciales, directos o indirectos. No solo esta característica de la sintaxis define la forma de ser de los habitantes de los Países Bajos, el uso de adjetivos cortos y verbos sin conjugación nos habla de su carácter práctico. Después de lo apuntado pensaréis que es un idioma fácil, pero al menos para mí es difícil. En qué me baso, los que me conocéis seguro que me habréis oído contarlo —si eres uno de ellos salta al otro párrafo, seguirás siendo un lector fiel—. ¿Cómo se dice la palabra fácil en inglés? Sí, sí, easy. En francés e italiano, aunque pronunciado de forma diferente, es facile; en catalán fàcil; en portugués fácil; en danés es let, en euskera es erraza… Pues bien, en neerlandés es gemakkelijk. ¡¿Cómo puede ser fácil un idioma si la palabra fácil es difícil?!

 

Por todo lo dicho, la respuesta a mi pregunta son los VERBOS, sin desmerecer ninguna de las palabras incluida las conjunciones, esas palabras diminutas, pero tan útiles para unir trozos de frases.

 

Diderot, sí, sí el de la Ilustración francesa, dijo que la cantidad de palabras es limitada —de hecho, caben en un diccionario—, pero la de los acentos es infinita. Otro día hablaré de ellos.

 

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