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ENTRE TÚ Y YO

Cariño, necesito desahogar mi corazón contigo

Ricardo Gay Férriz Lunes, 12 de Junio de 2023 Tiempo de lectura:

 

Cari -ni recuerdo el tiempo que dejé de llamarte así-, le he pedido a las enfermeras que te atienden en el hospital que te lean esta carta que te hago llegar. Me dicen que no has recuperado la consciencia, pero no quiero que pase ni un minuto más sin que esta carta llegue a tu lado.

 

Comprenderás que todo este tiempo en el que nos has abandonado se me ha hecho interminable. Incluso te he llegado a odiar profundamente.

 

[Img #97817]Me dejaste con nuestros tres hijos.

 

Mariam está, una vez más, hospitalizada, por esa maldita dependencia que le ha hecho estar varias veces al borde de la muerte; y yo diría también que de la nuestra.

 

Pedro apenas pisa la casa. Siempre gritándome cuando aparece. Me echa todas las culpas de que tú nos hayas dejado.

 

Antonio, es el que más me ayuda y comprende.

 

Nuestros tres hijos son la causa de que haya recapacitado en lo mucho que hemos vivido y sufrido desde que nos conocimos aquel hermoso día en las fiestas del pueblo. Tus amigos, unos auténticos brutos, me habían cogido el pañuelo azul de cuello que llevaba, y lo habían lanzado a la plaza de toros. Tú, que no me conocías, te indignaste con ellos y te lanzaste a la plaza a recogerlo, sin importante que aquella vaquilla estuviera a punto de embestirte. Luego, con una sonrisa, subiste a mi lado y me lo volviste a poner en el cuello. ¡Estaba lleno de arena! Pero a mí me pareció aún más hermoso, como esos ojos verdes que te caracterizan. Fue como si el tiempo se detuviera por unos instantes.

 

Ahí, Cari, comenzó todo. ¿Lo recuerdas?

 

Fuese un flechazo o no, esos años de noviazgo se nos hicieron interminables, soñando juntos en los hijos que íbamos a tener, en los ratos que íbamos a estar piel con piel, como si el tiempo no existiera. Y llegó lo que parecía inalcanzable: ¡Nuestra boda!

 

Acepté hacerlo por la Iglesia por amor a ti, aunque “la Iglesia” nada era para mí. Ella y sus “mandatos” eran muy importantes para ti, y tú querías estar abierto a la vida. Empezó el calvario: dos hijos que no llegaron a nacer, pero con embarazos horrorosos. Tú me cuidabas y dabas ánimos, pero yo empecé a tener pánico a un tercero. Así nació Mariam. ¡Por fin una hija!

 

Pronto, Mariam empezó a manifestar los problemas que ahora nos atormentan. Comenzó el calvario de médicos y de medicamentos carísimos. A ello se unió que la empresa en la que trabajabas y que tanto habías querido, te puso en la calle. ¡A vivir sólo de mi salario!

 

Recuerdo aún cómo te veías con fuerzas y me dabas ánimos: “Cari -me decías- ¡saldremos de esta juntos!”. Y en “ésta” estábamos cuando nació Pedro. Otro embarazo interminable y otro parto en el que la epidural no funcionó.

 

Ahí me planté. ¡No más hijos! Tú comprendiste la situación, pero no querías poner medios para evitarlos. Nos deseábamos el uno al otro; nos necesitábamos…

 

Mariam, ahora Pedro; y tú todavía buscando trabajo… Tú querías hacer “las cosas bien” y te negabas a que usáramos anticonceptivos. ¡Pero qué locura era esa, por tus malditos prejuicios religiosos!

 

A pesar de todo, íbamos aguantando. Los problemas de Mariam iban en aumento. Menos mal que Pedro iba creciendo bien y sano.

 

Y llegó al mundo el que ahora es mi sostén: Antonio. La historia se repitió. Tuve que estar casi ocho meses de baja para no perderle durante el embarazo.

 

Entonces tú encontraste un nuevo trabajo. Muy exigente y peor pagado. Te cogía ya con menos fuerzas, pero tenías que entregarte totalmente a él para no perderlo. Llegabas muy tarde a casa, agotado. Procurabas poner buena cara, pero yo sabía que no estabas en el lugar adecuado. Llegaba la noche y querías que estuviéramos juntos. Pero yo me negué: ¡no más embarazos! Decidimos tener cada uno nuestra habitación.

 

[Img #97816]Las ocasiones de hablar distendidamente empezaron a escasear y durante mucho tiempo fuimos como compañeros de piso.

 

Así, en esa “pensión” fueron creciendo nuestros tres hijos.

 

Un día conocí a tu nueva jefa, joven, despampanante y llamativa y vi cómo te miraba y con qué confianzas os hablabais. Empecé a entender por qué ya no me tratabas como al principio. Por qué no tenías la misma mirada conmigo que con ella.

 

Tú seguías llegando muy tarde a casa. Incluso viajes que antes no hacías, y noches fuera de casa. ¡Lo vi claro!: te estabas acostando con esa zorra, mientras yo cuidaba de tus hijos. ¡Estallé delante tuyo y de los hijos! Te dije de todo, incluso que te fueras de casa. Tú, desconcertado, negabas cualquier acusación. Sólo decías que me seguías queriendo y que no podías perder ese trabajo que, desgraciadamente, conllevaba muchas horas y sacrificios. En plena discusión, Mariam salió corriendo de casa, dio un enorme portazo y desapareció. ¿Recuerdas? Estaba en pleno tratamiento con unas nuevas pastillas. Al cabo de pocas horas, la policía nos informaba de que la habían encontrado junto al río, medio ahogada.

 

En los años siguientes los diversos episodios de intentos de suicidio nos separaron aún más el uno del otro. Tú querías ser comprensivo con Mariam, pero así le hacías mucho daño. Yo era más intransigente. Tampoco lograba nada.

 

Pedro, en plena adolescencia, amenazó con abandonar el hogar. Antonio, procuraba intermediar a menudo, pero salía mal parado porque su hermano le trataba despectivamente.

 

A perro flaco todo son pulgas y, por si nos faltase algo más, tu madre comenzó con la demencia. Tú ibas a menudo a verla. Incluso -pensaba- pasa más rato con ella que conmigo. Al final, optaste por llevarle a la residencia.

 

Todo se me venía encima: Mariam, el trato de Pedro para con los dos, tu madre, tus ausencias y los amagos de depresión que empezaste a tener.

 

Tengo grabado a fuego en mi corazón, el momento en el que nos dejaste: Mariam volvió al hospital a consecuencia de sus adicciones. La ingresaron en urgencias. Tú estabas en tu maldito trabajo o, quizás, con tu jefa… Pedro una vez más ausente. Cogimos Antonio y yo un taxi al hospital donde estaba ingresada Mariam. Antonio te llamó y tú acudiste inmediatamente, con la cara desencajada. Al llegar fuiste a darme un abrazo, con los ojos hinchados de llorar. Yo te empujé despechada, como si todo fuera debido a ti. Antonio te cogió del brazo para sujetarte y me recriminó la acción.

 

Yo exclamé fuera de sí: ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Esto es por tu maldita moral! ¡Por ese Dios que tú dices que es nuestro Padre y que nos trata como a perros! ¡Vete lejos de mí!

 

Todo el hospital se enteró.

 

Y, en efecto, me obedeciste. No volví a verte…

 

Al principio pensé que era lo mejor y que eso me iba a dar paz. También tendría tiempo para pensar en el divorcio. Lo tenía claro.

 

Luego pensé en que quizás tú, mientras tanto, estarías al calor de la zorra de tu jefa, libre de toda carga. Así que me decidí a adelantar los trámites. Pero antes contraté el servicio de un detective. Quería pillarte infraganti con ella y así pedir más dinero ante el juez.

 

Fueron muchos días y mucho dinero el que me gasté. Pasaron meses y meses y el detective no encontraba indicios. Cambié de detective y lo mismo. Todos me decían que te veían salir de un pequeño apartamento, en una zona humilde de la ciudad, muy temprano por la mañana y regresar muy tarde a casa. Siempre triste, cada día más agotado. Los domingos entrabas en la iglesia del barrio, asistías a misa, no comulgabas - ¡raro en ti! - y alguna vez te veían confesar. Pero de tu jefa, nada de nada.

 

Mientras tanto, la vida seguía y yo no encontraba la ocasión de formalizar el divorcio. Además, en la cuenta del banco que manteníamos en común, todos los meses seguía apareciendo tu nómina. No sabía cómo podías vivir y con qué…

 

Antonio seguía en contacto contigo por teléfono y os veíais con frecuencia. Sé que siempre le preguntabas y te interesabas por mí. Pedro acudía a ti, de vez en cuando. Miriam sólo cuando necesitaba dinero.

 

Sé por Antonio que a Miriam le fuiste cerrando el grifo y que la última vez se puso violenta contigo.

 

Los vecinos oyeron los gritos y un fuerte portazo. Se asustaron y subieron a verte. Te vieron con muy mal aspecto, pero tú les tranquilizaste.

 

A la mañana siguiente, la luz de tu cuarto de baño que da al patio interior de vecinos y que es la primera que se enciende, no lo hizo. Silencio… Una vecina, la que había subido a ver qué ocurría la noche anterior, llamó a tu puerta. Silencio… Al cabo de unas horas, oyó el teléfono tuyo que sonaba. Silencio… Varias llamadas y tú no contestabas. Pensó lo peor y avisó al vecino que tenía copia de tus llaves. Allí estabas tú, en el suelo, casi sin vida.

 

Antonio hizo su habitual llamada de medio día, pero tú no respondías. Se preocupó y fue al apartamento. Allí le dijeron que estabas en la UCI con un ataque muy severo de corazón.

 

Antonio corrió al hospital. Al no dejarle entrar, me llamó al trabajo y me lo contó. Me hundí del todo…

 

No pudimos dar con Miriam. Pedro reaccionó rápido y fue a verte, pero tampoco le dejaron entrar.

 

Desesperada, entré -no sé por qué- en tu antigua habitación que no había vuelto a pisar desde que nos dejaste. Allí había quedado una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, ahora cubierta de polvo. Me puse como una histérica. Le grité, le insulté. Le espeté que, por su corazón, mi “cari” estaba a punto de perder el suyo.

 

[Img #97818]De pronto fui consciente de que decía, después de tantos años, “mi cari” …

 

Me puse a llorar como nunca lo había hecho antes. Entonces, no sé cómo, vi claramente que yo era una mera administradora de tantos bienes como había recibido. También de los males. ¡Administradora!, que ¡no dueña! Administradora de alegrías y de penas recibidas. Una muy mala administradora, por cierto, que había despilfarrado tamaña fortuna, como es la vida de cada hijo que había venido al mundo, a pesar de mis pesares, y de ese marido que tanto me había respetado… En ese corazón empolvado de esa imagen de Cristo, ¡vi el tuyo!

 

Cari: te escribo esto porque necesito desahogar mi corazón contigo. Necesito perdonarme y, sobre todo, pedirte perdón. Quiero que mi vida y la tuya -Dios quiera que sea muy larga- sea como un volver a recoger ese pañuelo azul, en aquella plaza de toros del pueblo, aunque esté deslucido de sangre y tierra, pisoteado por los novillos. Es nuestro, ¡tuyo y mío!

 

Quiero que nuestros hijos sepan que te quiero, pero que no supe hacerlo. Que me quieres, pero no supe verlo. Que me has sido siempre fiel, y dudé de ti.

 

Por eso, es Antonio quien te entrega esta carta en tu lecho, junto al pañuelo que desde el primer día conservé. Si algún día abres esos ojos verdes que me enloquecieron y con tu cuerpo quieres abrazarme, allí estaré yo para decirte: Cari, ¡te quiero! ¿Me perdonas?...

 

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