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ENTRE TÚ Y YO

Aquellas voces

Gabriel Vivancos Miércoles, 21 de Junio de 2023 Tiempo de lectura:

 

De vez en cuando es necesario parar para coger impulso y eso es lo que hice no hace mucho. Era un día en mitad de la semana, ningún festivo cerca, temporada baja, pero eso sí, una buena excusa: el cumpleaños de mi pareja.

 

Tenía reservada una habitación en un pequeño hotel rural de tres o cuatro habitaciones. El hotel no era más que una casa solariega, rehabilitada con mucho gusto, por un joven matrimonio holandés que por alguna razón se afincó allí; en una pequeña aldea aislada del tiempo.

 

La localidad se encuentra situada en mitad de un valle, en el interior de la provincia de Alicante, a la que sólo se accede tras casi una hora de sinuosa carretera.

 

A veces llegas al sitio perfecto en el momento perfecto y con la compañía perfecta. Como diría Paulo Coelho “todo el universo conspira para que realices tu deseo”.

 

En raras ocasiones se da esa confluencia de casualidades. A veces he estado en sitios más espectaculares, pero no he encontrado la sintonía que me hiciera sentir bien.

 

Tras visitar todos los rincones de la casa algo me fue imbuyendo. Era como si no viviera en ese momento, como si estuviera haciendo un viaje a través del tiempo y me transportara a la vida de aquellos habitantes de la casa. La bodega, las tinajas, los travesaños del techo y hasta el olor eran de otra época y querían contarme su historia. Así que les dejé y mientras disfrutaba de un baño en el spa ubicado en el antiguo sótano de la vivienda, permití que mi mente vagara por cada rincón de la casa.

 

Después, ya en la bodega, degustando un vino con quesos variados disfrutamos mucho de la conversación y del silencio.

 

A la mañana siguiente nos levantamos no muy temprano y echamos a andar por las calles empinadas de la aldea. No había nadie y muy de cuando en cuando se oía alguna voz en el interior de alguna vivienda.

 

El pueblo no tiene más de cincuenta casas y ni siquiera en verano alcanza los cien habitantes, así que decidimos llegar a la aldea de enfrente por un precioso camino plagado de cerezos y una vez que llegamos a nuestro objetivo decidimos continuar hasta la siguiente aldea y así recorrimos hasta cuatro.

 

Ni un alma en las calles, eran pueblos fantasmas, de vías angostas y pequeñas ermitas donde únicamente podías encontrar algo de animación si te acercabas a la carretera comarcal que los une.

 

Sin embargo, alguien nos estaba hablando de un tiempo pasado, de gentes humildes pero honradas, de épocas de penuria y de alegría, de corrales y asnos, de mucho trabajo y de vida austera, de celebraciones por la cosecha y llantos por el granizo. De verbenas en las noches de bochorno, de animación y finalmente de soledad.

 

De vuelta cogimos un racimo de cerezas de segunda flor y nos paramos a saborear el día, los dos solos entre susurros.

 

Ya de regreso en el pueblo, tomamos un pasaje empinado por el que no habíamos transitado antes y allí en una pequeña explanada pudimos encontrar el origen de aquellas voces que nos habían estado acompañando desde que llegamos a la aldea. Allí por fin, estaban los habitantes del pueblo, o al menos una buena representación, fotografiados en la pared del viejo, pero remozado, lavadero del río. Cuando me acerqué a observar la fotografía en blanco y negro puede ver como los ojos de todas aquellas personas me contaban su historia. Todos sonreían francamente. Ellas con las prendas en la mano, ellos girados vigilando a los niños.

 

Pude hasta conocer cómo se llamaban alguno de ellos y hasta los motes porque en la fotografía se encontraban numerados de izquierda a derecha con el nombre abajo. Otros, sin embargo, junto al número se encontraba un signo de interrogación…el olvido

 

Hoy esas gentes a buen seguro se han ido, probablemente hasta los niños ya se hayan marchado, pero ha quedado de todos ellos un buen testimonio que se hace presente en cada rincón de aquel apacible poblado.

 

Su mensaje lo pudimos escuchar alto y claro y retumbó en nuestros oídos durante toda nuestra estancia: “a veces la felicidad está en la sencillez”.

 

Cogimos el coche de vuelta a Murcia y poco a poco las voces se fueron apagando hasta que en la autovía pensé que se habían disipado para siempre.

 

Pero hoy, al ver las fotografías de nuestra pequeña escapada me he parado un momento contemplando aquellos retratos del lavadero y he sentido el impulso de contar su historia… no sé por qué, pero creo que se lo debo.

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