El silencio de los corderos
La verdad es que le he tomado prestado el título de este artículo a la maravillosa película de Jonathan Demme aunque no tenga nada que ver…o a lo mejor sí. Decidan ustedes al final.
Todo empezó cuando no hace mucho viendo el noticiario en un canal de televisión, observé a un político en un encuentro con sus militantes defender exactamente lo opuesto a lo que hace unos años defendía y lo hacía con aparente convicción y sin ruborizarse. Pero lo que más me sorprendió no fue verlo cambiar de opinión, (eso ya se lo he visto a muchos) lo que más me llamó la atención fue la reacción de su público aplaudiendo rabiosamente y
encorajinado con la nueva idea opuesta a lo defendido hasta la fecha por todos ellos. Este hecho, aún siendo también cada vez más común, me sorprendió por la vehemencia sobreactuada de alguno de ellos.
Estamos en unos tiempos extraños y no porque siempre haya un mal llamado líder que arrastre al rebaño, que eso siempre ha existido y siempre existirá, sino porque ahora el rebaño se deja arrastrar sin los perros guardianes, es decir, en democracia.
Cuando George Orwell en su maravilloso libro “Rebelión en la Granja” desarrolla la fábula retratando el régimen soviético de Iòsif Stalin corrompiendo al socialismo y llevándolo al autoritarismo incluye como personajes destacados a los perros (el ejército o la policía en la novela), que son los que guían al ganado por la senda de los dirigentes de la granja (que son los cerdos en la fábula).
Pero ahora, nuestra sociedad no necesita perros para ser arrastrada donde quiera el dirigente de turno, sea el que sea, ahora los perros son la mentira y el olvido mientras que los ciudadanos son los pobres corderos que sin reflexión o espíritu crítico se dejan llevar.
Muchos políticos de occidente conducen al pueblo sin perros guardianes valiéndose de sus habilidades dialécticas y del olvido o el silencio de muchos.
El “modus operandi” del mal político es simple, pero efectivo: se lanza un mensaje, se vocifera por sus afines y a base de repeticiones se deja que cale en la sociedad, dando igual si el mensaje es bueno o malo, o si es o no conveniente para el interés general. El pueblo se alarma al principio, pero el escándalo es como la sorpresa se diluye rápido, (y la segunda ya no es tal), de forma que con el tiempo el mensaje deja de causar asombro y de ser contestado siquiera en las mentes de los ciudadanos, los cuales callan para ser políticamente correctos y así cuando el mensaje se normaliza el mal político tiene las manos libres para hacer y deshacer a su antojo.
En estas sociedades occidentales hemos conseguido que los sabios callen y sólo se escuchen a los “mandados” del líder. Los mejores se quedan en casa mientras un ejército de mediocres cada vez más numerosos coloniza la política y guían a la sociedad occidental quien sabe si a su propia desaparición.
Da igual si los mensajes son vacíos si van cargados de bonitas palabras que apelen a los sentimientos más humanos (como si alguien los discutiera por pensar de otra forma) y así lenta pero inexorablemente la política se está convirtiendo en el arte de gobernar a los hombres con su consentimiento pero desandando logros ya alcanzados por nuestras sociedadrd y guiándonos a un enfrentamiento arriesgado pero continuo de formas de pensar, de clases, de género, de compatriotas y hasta de padres e hijos.
Se imponen “los malos”, aunque lo hagan con las palabras bondadosas que perfectamente dominan y todo ello con el silencio de los corderos que pese a que los lleven al matadero de la mentira no se atreven ni a dar un leve balido.
Lo cierto es que cuando llego al final de mi artículo me surge la duda de si cambiar el título. Quizá “el Silencio de los corderos” esté bien, pero a la situación actual también le pega el título del “Flautista de Hamelin”. Juzguen ustedes.





















