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Opinión |
Miércoles, 20 de Diciembre de 2023

Cómo hemos cambiado

 

Así se titula la magnífica canción de “Presuntos Implicados” y lo cierto es que el título vale para todo, es intemporal, porque es cierto, todo cambia y así debe ser o al menos así es.

 

Ayer hablando con mi mujer tras visitar a mi querida madre, conversábamos sobre aquella etapa de la vida que aunque, aún un poco alejada, nos espera a todos: la vejez.

 

La vida va tan rápido que aparta a los que no pueden seguir el ritmo. Da igual lo que hayas sido durante tu plenitud; cuando llega el ocaso, todo se olvida y la propia sociedad te abandona. Este proceso de aislamiento es lento pero inexorable.

 

También en eso han cambiado nuestras sociedades occidentales. Hace apenas unas décadas, cuando la vida se desarrollaba en pueblos o en ciudades manejables y el ritmo de vida no era tan alocado como el de ahora, los ancianos no se quedaban tan solos y descolgados. Cuando llegaba la soledad (que a todos los que nos quedamos nos tiene que llegar) no sólo los hijos estaban ahí para cuidar de sus progenitores, los vecinos, los familiares, los amigos, todos daban un paso adelante para no abandonar a una persona en sus últimos años.

 

Recuerdo que hace bastante tiempo visité a mi abuela en el hospital. Compartía habitación con un pobre anciano mayor que ella. Aquella persona tenía una sonda nasogástrica y su estado era lamentable. Es obvio que para mí, un niño de apenas 14 años, aquello me impactó. Pero lo que también me llamó la atención era quién lo cuidaba. Resulta, que según nos contaron, aquel anciano era de una pedanía de Murcia (no recuerdo el nombre), no había tenido hijos y había perdido a todos sus seres más allegados. Su mujer había fallecido 2 o 3 años antes.

 

Estaba solo en la vida… o no. Porque eran sus vecinos, los habitantes de aquella pequeña pedanía, los que cuidaban de él, y no sólo a nivel físico sino también en el plano afectivo y no sólo en aquellos momentos de hospitalización, también antes de ésta.

 

Aquellas gentes se turnaban para acompañarlo en el hospital. Aquello llamó mi atención y quise saber más, así que pregunté a la acompañante, con un poco de vergüenza derivada de mi edad, qué méritos había acumulado aquella persona que no hablaba y que se alimentaba por la nariz. La señora me respondió simplemente que era una persona buena del pueblo.

 

Quizá en alguna pequeña aldea donde el tiempo se haya parado pueda producirse actualmente un hecho semejante. Desde luego en nuestras ciudades es imposible y no porque no queramos hacerlo, es única y exclusivamente por que no tenemos tiempo para dedicarlo a tales menesteres.

 

Es triste pero es así, en la sociedad en la que vivimos apenas conocemos a nuestros vecinos más allá del educado “buenos días” y la necesidad de tanta lucha nos hace centrar nuestra atención en nuestro día a día.  

 

[Img #100598]La población “activa” sufre de hiperactividad mientras nuestros mayores tratan de apartarse a su ritmo para no estorbar, ¡si casi no tenemos tiempo para nosotros, cómo lo vamos a compartir con otros! A determinadas edades, cuando cae el cónyuge viene la soledad, así de simple.

 

Y la situación no creo que mejore para nosotros, los que aún vemos lejos ese momento, porque todavía nuestros padres tienen la suerte, en la mayoría de los casos, de tener varios hijos cerca, pero en esta sociedad cada vez más globalizada y en la que tenemos menos hijos, será raro el que mantenga alguno cerca.

 

Por eso la conversación con mi mujer concluyó buscando una alternativa que nos permita apartarnos llegado el momento para no molestar a nuestros hijos, será nuestra última prueba de amor. 

 

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