En estas navidades...
El turrón de chocolate me lo he comido con moderación. No sólo por el increíble incremento de los precios de los alimentos sino también porque uno ya no puede ir de comilona en comilona como antaño sin luego pagar las consecuencias en forma de subidas de todo tipo (peso, colesterol etc).
Aún así, lo cierto es que la navidad me sigue gustando aunque cada año siento un poco más de nostalgia por navidades pasadas que quedan en el recuerdo con seres muy queridos.
Por eso, no puedo resistirme y voy a contaros un cuento más propio de las fechas que casi hemos pasado... mi cuento de navidad.
Hace muchos años, siendo yo un niño, conocí a un hombre llamado Salva, esta persona era el vecino y amigo de mis abuelos en el pueblo. En aquella época, la vecindad se vivía como una extensión del hogar y la relación entre mis abuelos y sus vecinos se parecía más a una relación familiar que a otra cosa.
Salva estaba casado con Andrea, una dulce ancianita con paciencia infinita para con los niños. Recuerdo que cuando llegábamos los fines de semana de visita nos tenía comprado a mis hermanos y a mí un tigretón o un bucanero (pastelería industrial para los que no lo conozcan) de la tienda de “Trini”.
Durante el verano, mis padres nos dejaban unos días con mis abuelos mientras ellos trabajaban en Murcia. Pese a mi corta edad, recuerdo aquellos días con bastante nitidez y por supuesto con cariño. Por las tardes, ya casi anocheciendo, los vecinos de la calle Tinajerías salían al portal para disfrutar de la bajada de las temperaturas diurnas y era entonces cuando cada casa sacaba pequeñas viandas a compartir con todos.
A mí me llamaba la atención Salva y Andrea porque con ellos me sentía muy bien. Siempre estaban juntos y aparentemente de buen humor. Eran una de esas parejas que cuando pronuncias el nombre de uno, te sale inexorablemente el nombre del otro con la conjunción “y”.
Recuerdo que Salva de cuando en cuando se tomaba lo que a mí me decía que era “su medicina” que con el tiempo descubrí que no era otra cosa que un chato de vino peleón.
Un día escuché a mi padre comentar con gran preocupación que Andrea tenía cáncer. Yo no sabía qué era aquello pero supe por la reacción de mi madre que desde luego no se trataba de nada bueno.
Desde aquel día todo cambió y mi pequeño mundo se vio alterado. Cuando llegábamos de visita ya no había tigretones, ni Salva estaba alegre. Andrea se le veía cada vez con menos fuerza y de cuando en cuando la veía llorar.
Finalmente las visitas cesaron y un día me enteré por el revuelo que se formó en casa, que Andrea había fallecido. Mi reacción fue de tristeza y esa misma noche recé mis tres avemarías para pedirle a Dios que se la llevara al cielo.
No mucho después, o eso me pareció a mí, supe que Salva se había venido a Murcia a vivir con un familiar puesto que no querían dejarlo solo en aquellas circunstancias.
Mis padres y mis abuelos lo visitaban con frecuencia pero lo cierto es que a mí no me llevaban. En una ocasión, mientras jugaba con “los indios” pillé una conversación de los “mayores” en la que comentaban que Salva no conseguía superarlo y que se pasaba el día llorando y afirmando que no quería vivir.
Aquello me puso muy triste y pensé que debía actuar. Cuando llegó la noche recé con fuerza y le pedí a Dios lo que creía era la mejor solución: que se llevara a Salva al paraíso con Andrea para que volvieran a ser felices.
A los tres meses del fallecimiento de Andrea, Salva apareció una mañana muerto en su cama.
Todos pensaban que el dolor se lo había llevado, pero yo sabía que no. Las lágrimas de mi familia hicieron que me sintiera responsable y me entraron dudas de si había hecho lo correcto.
Aquella noche, nuevamente, recé con devoción suplicando perdón y que Salva y Andrea volvieran a ser felices en el cielo. Me costó conciliar el sueño porque el remordimiento me asaltaba y estuve a punto de despertar a mis padres para confesar mi delito.
Tras bastante tiempo, o eso me pareció a mí, el cansancio actuó y me quedé dormido.
Cuando desperté a la mañana siguiente, mis remordimientos habían cesado, me sentía contento y en paz conmigo mismo. Aquella noche supe que todo había ido bien porque en mis sueños vi a Salva y Andrea muy felices en un valle precioso rodeado de cascadas mientras ambos me daban las gracias.






















