Una sociedad excesivamente regulada
En más de una ocasión, siempre en ambientes distendidos, he defendido que los españoles de mi generación, los de los años 70, hemos vivido los mejores tiempos de la civilización occidental. Nacimos en un país en crecimiento en todos los aspectos, desde lo económico hasta en lo político y para cuando dejamos de ser niños y fuimos conscientes de la realidad, el mundo en el que nos preparamos para ser adultos era un ambiente agradable que te permitía crecer como persona.
Ahora ya con más de 50 años empiezo a mirar atrás para ver el mundo que dejamos a nuestros hijos y la verdad es que me gusta menos que el que nos dejaron nuestros padres.
Pienso que a las nuevas generaciones les estamos preparando un mundo mucho más complejo y excesivamente regulado, donde es más importante protegerse frente a posibles reclamaciones que realmente conseguir el objetivo encomendado. En mi época todo era más fácil y creo que funcionaba razonablemente bien.
Sin ir más lejos, la semana pasada, por mi trabajo, tuve que hacer de arqueólogo jurídico y bucear en la normativa de contratación derogada. Tras unos minutos de búsqueda encontré la Ley Bases de Contratos del Estado de 1963. Apenas 17 bases, 3 disposiciones adicionales y una disposición final, en folios 6; nada que ver con nuestra actual Ley de Contratos del Sector Público con 347 artículos, 56 disposiciones adicionales, 6 disposiciones transitorias, una derogatoria y 16 disposiciones finales, ¡ah! y por supuesto con sus 6 anexos. En folios 265.
No sé si tanta legislación es necesaria o no, pero desde luego lo que es innegable es que produce una complejidad enorme.
Y así, en todos los aspectos de nuestra vida en la que cualquier actividad humana está tan regulada que produce una pérdida de iniciativa individual y por tanto de libertades del individuo, sin ser conscientes de que a su vez estamos penalizando la singularidad y el propio desarrollo y avance del grupo.
Pero es que, para colmo, muchas veces la regulación no tiene como fin último la mejora de la sociedad y no aporta nada, salvo calentamientos de cabeza para el ciudadano. En otras ocasiones, por el contrario, el problema surge cuando la norma no es eficaz porque está deficientemente redactada y lo único que ofrece es mayor confusión.
Vivimos en una sociedad absolutamente regulada, jamás en la historia ha habido tantos requisitos legales como ahora. Para todo hay una ley, un Reglamento o una Circular que te dice cómo debes hacer las cosas.
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Se necesita autorización de papá Estado (en sentido amplio de la palabra) para cualquier cosa, hasta para poner la caseta de un perro en una parcela de tu propiedad.
Cualquier actividad humana está tan reglada que a veces puede producir una pérdida de iniciativa individual. Sería interesante conocer cuántos negocios o pequeñas empresas no han visto la luz o no han sido ampliados, sin duda, abrumados por los requisitos para iniciar su funcionamiento. Estas limitaciones a buen seguro que penalizan el propio desarrollo y avance del grupo.
Por eso, quizá, me venga en más de una ocasión a la mente el libro “Colapso” del profesor de Cambridge Jared Diamond en el que explica la contradicción de que, en ocasiones, a lo largo de la historia, se ha podido comprobar que las civilizaciones que se supone progresan hacia el bienestar, evolucionan en sentido contrario y sin darse cuenta crean las condiciones que les llevan a su fin.
Quizá tanta regulación aporte seguridad o cualquier otro valor pero desde luego nos limita libertades y nos produce hastío y desgana para iniciar nuevos proyectos que a la postre redundarían en un mayor beneficio para la sociedad.























