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Opinión |
Miércoles, 28 de Febrero de 2024

Una mendiga en las calles de Murcia

 

La semana pasada visité a mi madre. La encontré en su salita de estar. Es un cuarto pequeño pero muy agradable con un cómodo sofá y una enorme ventana que da a un paseo de nuestra capital. Pero lo que más encanto tiene para mí, es que en el frontal se encuentra una gran estantería cargada con los libros de toda una vida.

 

En aquel mueble puedes encontrar desde algún libro de texto de cuando mis hermanos y yo éramos niños hasta el último best seller publicado. Lo cierto es que aunque creo que tengo todos los libros controlados me encanta divagar entre títulos de todas las temáticas que te puedas imaginar. Desde los científicos de mi padre, hasta los románticos de mi madre, pasando ¿cómo no?, por los de política, los de viajes o los de aventuras. De cuando en cuando, encuentro algunos nuevos que mi madre ha adquirido o mi hermana le ha regalado y si son de mi interés y tras preguntar si se lo ha leído, me llevo a casa, no sin antes prometer solemnemente que lo traeré de vuelta. 

 

El caso es que la semana pasada descubrí uno que, por lo visto, en otras ocasiones, se me había escapado. Se trata de “Crónicas y Romances de Murcia” de Paco López Mengual y Emilio del Carmelo Tomás Loba. El libro está dedicado a mi madre por los autores en la contraportada y es precisamente, el ejemplar que tengo ahora mismo frente a mí y que espera a ser leído en cuanto termine “Tasmania” de Paolo Giordano.

 

La cuestión es que en la portada del libro aparecen dos hombres, uno tocando el violín y el otro a las palmas, con un aspecto muy humilde y de principios del siglo pasado. La imagen (y los autores) me atrapó porque me trajo a la mente la historia de Fátima.

 

Fátima era una mendiga que allá por los años 90 pedía dinero por las calles de Murcia. Un día de invierno, fuimos dos amigos y yo a tomar una cerveza en el desaparecido bar de la Cosechera. El local estaba prácticamente vacío, pero en la barra estaba ella. No la ví tomar nada, se encontraba junto a un hombre con un aspecto de no vivir en la calle, que leía el periódico. Fátima contemplaba a su acompañante como quién venera a Dios. El individuo ni la miraba.

 

Nos sentamos en la barra muy próximos a la pareja y de pronto, sin saber por qué, Fátima se dirigió a mí fantaseando con que se iba a casar con aquel sujeto. La manera de hablar y sobre todo su tono conscientemente forzado de niña pequeña me dejó bien claro que aquella mujer no estaba en su sano juicio. A veces se interrumpía e interpelaba al hombre para que confirmara sus deseos de matrimonio a lo que éste simplemente soltaba un lacónico “sí”.

 

Sin saber muy bien por qué y ante la indiferencia más absoluta del acompañante al que aparentemente solo importaba que le dejaran leer el periódico, preguntamos a Fátima por su historia.

 

[Img #101484]

 

Nos contó que era gallega, no recuerdo el pueblo, y que hacía muchos años, era muy feliz porque tras un largo periodo de noviazgo se iba a casar con su novio de toda la vida. El día de su boda éste no apareció y según nos contó cogió una depresión enorme que le hizo emborracharse en el mismo restaurante donde se iba a celebrar la unión. Pocos días después, una amiga le contó que su novio, Damián creo que se llamaba, se había ido a Madrid, así que sin pensárselo dos veces cogió el primer tren hacia la capital y se plantó allí. Con las prisas no llevaba prácticamente equipaje y tampoco tenía dinero ahorrado así que la primera noche la pasó deambulando por la capital tratando de encontrarlo. No tenía ni idea de dónde podía hallarlo puesto que la única información que le habían dado era que estaba en Madrid.

 

Con el tiempo mendigó, y hasta se prostituyó pero lo que tenía claro era que no iba a volver al pueblo a no ser que fuera con su novio.

 

Los días en la calle son años así que coqueteo con el mundo de las drogas hasta que finalmente y una vez perdida la esperanza de encontrar a su amado, tomó otro tren con destino a cualquier ciudad, y luego otro y otro, hasta que llegó a Murcia, donde según ella había encontrado a su novio, que no era otro, al menos en su cabeza, que el tal Damián y nos decía: y ¡ahora por fín, nos vamos a casar! ¿verdad? - a lo que el supuesto prometido respondía con un parco “sí” sin levantar la vista del noticiero.

 

De repente, el hombre pagó, se levantó y se marchó seguido muy de cerca de Fátima quien ni siquiera se despidió.

 

Volví a ver meses después a Fátima pidiendo sentada en la esquina de la CAM que había cerca de El Corte Inglés de la Avenida de la Libertad, su rostro estaba demacrado, su mirada ausente y parecía tener diez años más. No me reconoció cuando le di limosna, ni yo tampoco le quise decir nada, la dejé con su dolor y sus ensoñaciones de boda con su Damián.

 

No tengo ni idea de qué habrá sido de aquella mujer, ni siquiera si su historia era verdadera o fruto de su mente, pero me alegro de haberla contado y espero de todo corazón que allá donde esté disfrute de su amado Damián, yo, al menos mientras vea la portada del libro, la tendré muy presente en mis pensamientos.      

 

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