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Opinión | A la luz de una cerilla
Martes, 02 de Julio de 2024
Víctor López Fernández

SIN RETÓRICA NO HAY DEMOCRACIA

 

La Retórica siempre ha tenido mala fama. Y cuando digo siempre, quiero decir
siempre. Desde el mismo momento de su nacimiento, a mediados del siglo V a.
de C. El mismo Platón fue uno de sus grandes detractores. Aunque, en
realidad, Platón no criticaba la Retórica, sino el uso de artimañas
argumentativas y trucos del lenguaje para engañar o manipular a una
audiencia. En esa crítica estamos todos de acuerdo. Vamos, digo yo. En lo que
no podemos estar de acuerdo es en llamar a eso Retórica.

 

Porque, a pesar de que se la confunda con ese tipo de triquiñuelas, la Retórica
no es eso. La Retórica no es la manipulación que el relativismo moral convierte
en falsa persuasión. La Retórica no va de envolver un discurso vacío entre
palabras grandilocuentes para ganarse el aplauso del pueblo. La Retórica no
consiste en la demagogia de proporcionar a la audiencia el mensaje que en
cada momento quiera escuchar y después donde dije digo, digo Diego. Nada
de eso.

 

La Retórica es el arte de la palabra, es la que nos permite explicarnos y
comprendernos, la que nos ayuda a conectar entre nosotros, el pináculo del
templo de la convivencia humana que es la comunicación. Durante siglos, la
Retórica fue uno de los pilares de la educación occidental y, por tanto, uno de
los cimientos imprescindibles de nuestra cultura. Pero la hemos olvidado. Y al
olvidarnos de la Retórica estamos haciendo un flaco favor a la democracia.
Porque es imposible entender ésta sin aquella. De hecho, se puede defender
que sin la primera no puede existir la segunda.

 

Cuando la época tiránica en Grecia llega a su fin, entre el 468 y el 466 a. de C.,
se abre paso una nueva forma de gobierno: la democracia, el gobierno del
pueblo. En ese momento, los ciudadanos griegos se encuentran ante una
situación desconocida para ellos: tienen la oportunidad de reivindicar los
derechos que hasta entonces les habían sido negados. Oh, sorpresa. Muertos
los últimos tiranos, el pueblo griego puede reclamar lo que le habían
arrebatado. Y, en lugar de resolverlo por las bravas (escarmentados como
estaban por los estragos del periodo anterior), decidieron que la forma más
conveniente de hacerlo era a través de la palabra. Para qué vamos a pegarnos
si podemos hablarlo. Para qué vamos a matarnos si podemos llegar a un
acuerdo. Tiene su lógica, claro.

 

Los ciudadanos griegos decidieron dirimir sus diferencias a través de procesos
de naturaleza judicial en los que podían reclamar y defender sus derechos. A
quien habían arrebatado una porción de tierra podía reclamarla ahora en este
tipo de procesos. Y quien reclamaba que esa porción de tierra le pertenecía
podía también hacer lo propio. Así nace el tipo de discurso forense o judicial.
Pero el ámbito de la Retórica no se circunscribe sólo a ese campo, porque
alguien tenía que gobernar. De hecho, muchos querían hacerlo. Y no sólo
querían, sino que podían. Para lograrlo simplemente necesitaban persuadir a
sus conciudadanos de que sus propuestas eran las más convenientes para
todos. Y de esta forma aparece la discusión pública con fines políticos.
Además, quien quería defender su postura debía hacerlo personalmente, no
podían hacerlo a través de representantes. De ahí la importancia de aprender
Retórica. Lo que sí podían obtener era la ayuda o el asesoramiento de expertos
en materia de discursos. De ahí la importancia de poder acceder a maestros en
Retórica.

 

Es decir, la Retórica no solamente nace con la democracia, sino que se
convierte en uno de los elementos capitales sin los que la democracia no
puede existir. Me refiero a la Retórica en su sentido más amplio, por supuesto.
En regímenes totalitarios y épocas feudales había comunicación pública,
faltaría más. Y oratoria, por supuesto. Incluso se utilizaban algunas
herramientas y técnicas retóricas. Pero si el pueblo no tenía la oportunidad de
expresarse libremente, no existía la Retórica así, en mayúsculas, en toda la
amplitud de su significado (¿es que puede haber otro?). El sistema educativo,
como decía antes, ya se encargaba de que el pueblo, además de la
oportunidad, tuviese la capacidad de expresarse de forma eficaz. Capacidad
que hace ya siglos no nos enseñan.

 

Y es precisamente esta ausencia de la enseñanza de la capacidad retórica la
que le resta valor, sentido y fuerza a las democracias occidentales. Si no
sabemos cómo se construye un discurso serio, sensato y eficaz, tampoco
sabremos identificarlo. Si desconocemos los fundamentos de la argumentación
(otro de los pilares de la Retórica), no podremos distinguir un argumento fuerte
de uno débil. Es más, no podremos distinguir un argumento de lo que no lo es.
Si no entendemos la diferencia entre persuadir y manipular, seremos felices
mientras nos manipulan creyendo que estamos siendo eficazmente
persuadidos.

 

Porque la grandeza de saberes como la Retórica no radica en la capacidad de
acción que nos brindan, en este caso, la capacidad (entre otras muchas) de
construir discursos eficaces. El mayor beneficio que podemos obtener es el
refuerzo de nuestro pensamiento crítico, la habilidad de diseccionar y analizar,
desde la solidez que proporciona el conocimiento, los mensajes que recibimos
en lugar de tragarnos como pavos todo aquello que confirme nuestra visión del
mundo. Es la única manera de formar parte activa de una democracia
saludable cuyos miembros sean difícilmente manipulables.

 

Es decir, la Retórica estuvo presente en el nacimiento de la democracia y ha
ido de su mano desde ese momento. Pero en el momento en que la Retórica
definitivamente muera, la democracia no tardará en agonizar. Por eso la
Retórica será fundamental en el mantenimiento futuro de las democracias tal y
como las conocemos. Defendamos nuestras democracias, aprendamos
Retórica.

 

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