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Opinión | El canto de la moneda
Lunes, 12 de Agosto de 2024
Fernando Mateo Martín

Una trampa con lazo

 

Muchas personas están viendo pasar por delante de sus ojos un cambio de paradigma global en el que buenos y malos están perfectamente alineados con un propósito en común, el cambio y evolución de las sociedades y la economía global.

 

En cambio, otras personas lo están viviendo sin percatarse apenas, de que su mundo, tal y como lo conocen, está a punto de esfumarse delante de sus narices, y más teniendo en cuenta que por primera vez van en serio con una agenda que se materializa de una forma muy rápida a través de tres factores clave: la competencia entre inteligencias artificiales, blockchain y las fatídicas monedas digitales de los bancos centrales (CBDC); este último factor será decisivo para que azules, rojos, o verdes se cuestionen en un futuro muy cercano el sentido de su propia ideología cuando se trate de aguantar el violento azote del látigo económico europeo, un látigo imperceptible que pretende transformar nuestra forma de vida.

 

Un remate múltiple que alcanzará a cualquier persona que se encuentre dentro de la Unión Europea, independientemente de su condición económica, social o profesional. Eso sí, nuestros queridísimos políticos quedarán exentos de cruzar ciertos puentes que a nosotros nos obligarán a cruzar, como se dará en el caso de tener que acarrear con una huella de carbono para controlar las flatulencias bovinas y nuestro nivel de inconsciencia medioambiental.

 

Quienes llevamos algunos años en el sector de la blockchain, sabemos a pies juntillas qué objetivos se marcaron nuestros dirigentes políticos ya en el Foro de Davos de 2019, cuando Angela Merkel, canciller de Alemania hasta 2021, anunciaba a bombo y platillo la imperiosa necesidad de producir un cambio importante y con carácter de urgencia dentro del sistema internacional de pagos.

 

En 2024, ya no es un secreto para casi nadie, que este cambio se creará a través de la blockchain, pero a diferencia de Bitcoin, las monedas digitales de los bancos centrales estarán lejos de ser descentralizadas, y por lo tanto estarán gobernadas por una tecnología capaz de obligarnos a vivir, a gastar y a comer aquello que únicamente permita la programación de la moneda que vamos a usar.

 

Entendamos que Bitcoin nace justo después de la caída de Lehman Brothers, allá por el 2009, una criptomoneda que surge del cansancio y de la angustia de los que conocían a la perfección el descaro de las políticas globales; libertarios de alma, con un ansia pura de mostrarle al mundo la mentira que entrañaba y entraña la moneda fiduciaria.

 

Mostrarles a las pocas personas que hacían uso de la duda lo obsoleto que quedaba ya en 2010 el sistema bancario, su burocracia y altos costes de transacción, entre otras.

 

Quince años después, las grandes corporaciones destacan con el acaparamiento de la minería de Bitcoin y de su suministro, gigantescas compañías y bancos que durante una década nos insistieron en la peligrosidad y en lo absurdo de gastar un solo centavo en la principal criptomoneda por capitalización de mercado, entre los que destaco al magnate y empresario Larry Fink, detractor número uno de Bitcoin hasta mediados de 2023.

 

Pues bien, el pasado 1 de agosto, el ETF lanzado por BlackRock, iShares Bitcoin Trust (IBIT), acumulaba la friolera de 342.000 Bitcoins cotizando la criptomoneda por encima de los 65.000$.

 

Ahora, el CEO de BlackRock, Larry Fink, parece vivir este cambio de opinión debido a la similitud que existe o eso nos hace pensar, entre el activo más escaso del mundo y un maná caído del cielo capaz de ayudar como pocos a sobrevivir al desierto inflacionario que nos crea de forma sistemática la naturaleza del poder político y la banca central.

 

Quizá Bitcoin fue el salvavidas que ignoramos por miedo (siempre el miedo), que rechazamos y que crearon una o varias personas bajo el seudónimo Satoshi Nakamoto para la siguiente gran crisis que ya se avecina.

 

Aquellos que entienden me cuentan que la blockchain tiene un poder casi mágico, que sufren cuando aumenta su precio en exceso y que ahorran en Bitcoin sin importar su cotización.

 

Me cuentan que lo guardan en su cerebro (bajo una demoníaca llave de 24 contraseñas) con el fin de evitar aceptar una trampa con lazo que tiene una magnífica apariencia, pero de la que no se fían.

 

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