Sin tildes y a lo loco
Cuando nos sentamos a la mesa nos gusta que los cubiertos estén limpios; es más, entendemos que es lo mínimo. Cuando probamos un plato de comida nos gusta que esté en su punto de sal; lo contrario supone una crítica y un tirón de orejas al chef. Cuando entramos a un restaurante nos gusta que sean amables con nosotros; una mala respuesta puede suponer un cliente menos y una reclamación más. Y cuando leemos, ¿por qué no exigimos que las frases estén bien escritas?
Soy periodista y cometo errores como todo el mundo, si bien aprendí desde bien pequeña que, en la medida de mis posibilidades, debía hacer las cosas bien. ¿Por qué? Sencillamente porque es mejor que hacerlas mal, porque es una muestra de respeto y porque es tu proyección, hacia fuera, de lo que eres y puedes llegar a ser. Entiendo, no solo como periodista sino también como usuaria, por ejemplo, de redes sociales, que no tengo por qué cometer faltas de ortografía.
Todos los que hemos recibido una educación básica somos capaces de diferenciar la tilde del verbo estar (está en su casa) de la del determinante (esta casa). Si lo sabemos, ¿por qué no la utilizamos?
Escucho a menudo reflexiones sobre la pérdida del buen uso del lenguaje fomentada por los mensajes cortos, por Twitter y demás herramientas de esta –en mi opinión fantástica- era de la comunicación. “Los jóvenes ya no saben escribir”. Discrepo: las nuevas tecnologías no son el motivo, sino el reflejo. Las nuevas tecnologías nos están dejando con las tildes, y con el culo, al aire.
Los que no se preocupan por escribir correctamente no son solo los nativos digitales víctimas de las abreviaturas y los 140 caracteres. La cantidad de correos electrónicos que he podido leer de profesionales muy preparados con importantes faltas de ortografía, la cantidad de periodistas que no utilizan las tildes en sus redes sociales, la cantidad de perfiles de Facebook de universidades y grandes marcas que cometen errores gramaticales de manera constante; todo este día a día me impide caer en el recurso fácil de decir que “es cosas de jóvenes”. ¿Mi opinión? Es, sencillamente, desgana generalizada.
Personas en teoría cualificadas demuestran, con su dejadez, el poco compromiso por las cosas bien hechas. ¿Y lo peor? Personas en teoría cualificadas aceptan que eso es así “y no pasa nada”. Sí pasa. Yo ya no confío en las marcas que me venden calidad si recibo sus emails con faltas de ortografía. Ni confío en los impolutos trajes de chaqueta que escriben “enviame de nuevo la fotografia que no la recibi”. Ni en aquella institución en donde se podía leer el cartel de “Pásese por la secretaria”…
Gracias a haber recibido una educación básica sé, sin necesidad de haber estudiado arquitectura técnica, que si pinto una casa, una familia y un bosque, el tamaño de la familia será menor que el de la casa y los árboles serán más grandes o pequeños según la cercanía o lejanía que les quiera dar. Una casa pequeña y una familia en trazos gigantes sería un defecto en la forma y en el mensaje. Esta es, en mi opinión, nuestra forma de comunicarnos hoy en día.
Está de moda el marketing personal para sacar lo mejor de uno mismo. Está de moda que las marcas quieran escuchar a los usuarios porque lo que importa es la conversación. Y está de moda querer ser como Steve Jobs. Una pena que creamos que podemos conseguirlo si no nos preocupamos por las cosas bien hechas. “Envíame de nuevo la fotografía, no la recibí”. No es tan difícil, ¿verdad?
Otros artículos de María Luisa Lucas
Soy periodista y cometo errores como todo el mundo, si bien aprendí desde bien pequeña que, en la medida de mis posibilidades, debía hacer las cosas bien. ¿Por qué? Sencillamente porque es mejor que hacerlas mal, porque es una muestra de respeto y porque es tu proyección, hacia fuera, de lo que eres y puedes llegar a ser. Entiendo, no solo como periodista sino también como usuaria, por ejemplo, de redes sociales, que no tengo por qué cometer faltas de ortografía.
Todos los que hemos recibido una educación básica somos capaces de diferenciar la tilde del verbo estar (está en su casa) de la del determinante (esta casa). Si lo sabemos, ¿por qué no la utilizamos?
Escucho a menudo reflexiones sobre la pérdida del buen uso del lenguaje fomentada por los mensajes cortos, por Twitter y demás herramientas de esta –en mi opinión fantástica- era de la comunicación. “Los jóvenes ya no saben escribir”. Discrepo: las nuevas tecnologías no son el motivo, sino el reflejo. Las nuevas tecnologías nos están dejando con las tildes, y con el culo, al aire.
Los que no se preocupan por escribir correctamente no son solo los nativos digitales víctimas de las abreviaturas y los 140 caracteres. La cantidad de correos electrónicos que he podido leer de profesionales muy preparados con importantes faltas de ortografía, la cantidad de periodistas que no utilizan las tildes en sus redes sociales, la cantidad de perfiles de Facebook de universidades y grandes marcas que cometen errores gramaticales de manera constante; todo este día a día me impide caer en el recurso fácil de decir que “es cosas de jóvenes”. ¿Mi opinión? Es, sencillamente, desgana generalizada.
Personas en teoría cualificadas demuestran, con su dejadez, el poco compromiso por las cosas bien hechas. ¿Y lo peor? Personas en teoría cualificadas aceptan que eso es así “y no pasa nada”. Sí pasa. Yo ya no confío en las marcas que me venden calidad si recibo sus emails con faltas de ortografía. Ni confío en los impolutos trajes de chaqueta que escriben “enviame de nuevo la fotografia que no la recibi”. Ni en aquella institución en donde se podía leer el cartel de “Pásese por la secretaria”…
Gracias a haber recibido una educación básica sé, sin necesidad de haber estudiado arquitectura técnica, que si pinto una casa, una familia y un bosque, el tamaño de la familia será menor que el de la casa y los árboles serán más grandes o pequeños según la cercanía o lejanía que les quiera dar. Una casa pequeña y una familia en trazos gigantes sería un defecto en la forma y en el mensaje. Esta es, en mi opinión, nuestra forma de comunicarnos hoy en día.
Está de moda el marketing personal para sacar lo mejor de uno mismo. Está de moda que las marcas quieran escuchar a los usuarios porque lo que importa es la conversación. Y está de moda querer ser como Steve Jobs. Una pena que creamos que podemos conseguirlo si no nos preocupamos por las cosas bien hechas. “Envíame de nuevo la fotografía, no la recibí”. No es tan difícil, ¿verdad?
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