MI CALLEJÓN FAVORITO
Siempre que visito una ciudad me gusta recorrerla lo máximo posible, explorar sus rincones y pensar qué clase de acontecimientos curiosos o destacables han pasado años atrás en esos lugares.
Todas las ciudades esconden secretos, misterios, conversaciones comprometedoras. Todos nosotros, incluso por la vía recurrente de nuestro día a día, puede que tengamos un lugar que nos marcó, un lugar donde vimos a alguien o presenciamos un hecho que quedó grabado a fuego en nuestra retina.
En Cartagena hay un rincón especialmente bello al que me gusta acudir de vez en cuando y que ha transformado su imagen a lo largo de los años, convirtiéndose en un lugar de culto, regocijo, misterio y encanto, y que merece ser visitado por los turistas y por todos aquellos que aún lo desconozcan. En él, un cuadro con la Virgen que da nombre al callejón preside una bella estampa apenas iluminada por la luz exterior y unos maceteros de flores que dan el colorido justo y necesario para no enturbiar la solemnidad que exhala.
Se trata del Callejón de la Soledad, un lugar muy característico y que esconde una impactante historia. Está ubicado muy cerca de la Iglesia de Santa María la Vieja y del Teatro Romano. La leyenda nos cuenta que una humilde familia que vivía en los aledaños del mismo se enfrentó a un dilema terrible. Una mujer viuda y con dos hijas sobrevivían a principios de los años 20 gracias a la beneficencia. La madre, devota de la Virgen, rezaba todos los días ante su imagen, pero cuando la famosa gripe española llegó a nuestras costas, las hijas enfermaron y la gripe no tuvo piedad con ellas.
En una ensoñación, la Virgen se le aparece para comunicarle que una de sus hijas debe morir y que será ella quien debe tomar la decisión de cuál de ellas será la elegida. Como madre, le pide a la Virgen que sea ella misma la que muera, pero pasan los meses y será la pequeña de siete años la que fallezca.
Este hecho, al contrario de lo que podría parecer, hace que la madre refuerce terriblemente su fe y siguiera pidiéndole a la Virgen de la Soledad por la protección eterna de su pequeña. En la Semana Santa de ese año, una niña pedigüeña rondaba las calles de Cartagena encontrándose con la desolada madre, y así, día tras día. El buen corazón de nuestra protagonista hace que el Domingo de Resurrección le diera una limosna a la niña, contestándole ésta: “Gracias, mamá”. Al ir a abrazarla, tras reconocer el rostro de su hija, la imagen de la niña se desvaneció para siempre. Murió 19 años más tarde con una sonrisa en su rostro, sabiendo que se reencontraría con ella.
Bella, conmovedora y triste historia la del Callejón de la Soledad. Si pueden, vayan solos. La sensación palpitante de que algo vivo se encuentra entre sus paredes es inexplicable. Hay tantas historias en las urbes que podríamos construir una escalera que nos llevara, peldaño a peldaño, hasta el cielo.





















