LA PIPA DE MAGRITTE
El 13 de septiembre de 1860, una barra de hierro de algo más de un metro de longitud y tres centímetros de diámetro atravesó la cabeza de Phineas Gage, uno de los empleados en la construcción del ferrocarril en un pueblo de Vermont, Estados Unidos. El hombre no murió por el impacto, ni siquiera quedó inconsciente, pero su vida no volvería a ser la misma. Más de un siglo después, el prestigioso neurocirujano Antonio Damasio detectó la gran cantidad de similitudes que el caso tenía con el de otro paciente suyo, Elliot.
Los cerebros de Elliot y Gage habían resultado dañados en la misma área: la corteza prefrontal ventromedial, cuya lesión compromete aspectos como la toma de decisiones, las emociones y el dominio personal y social. Y ambos sufrieron los mismos efectos secundarios en esos precisos ámbitos; entre otras cosas, los dos eran perfectamente capaces de desarrollar un razonamiento lógico, pero su capacidad para tomar efectivamente una decisión había quedado alterada o incluso anulada. Esto estimuló a Damasio para comenzar una investigación que confirmó sus sospechas de que los daños en estas áreas afectan, al mismo tiempo, a la toma de decisiones y las emociones, que permanecen planas, como si nunca hubiesen estado ahí.
Es indiscutible que en determinadas ocasiones la emoción enturbia la razón. De ahí el adagio que nos invita a no hacer promesas cuando nos invada la alegría ni contestar cartas cuando nos inunde la ira. Pero las emociones tienen también una función adaptativa sin la cual, con enorme seguridad, no habríamos llegado hasta aquí. La ira sirve para a superar obstáculos, el miedo nos ayuda a estar alerta ante posibles peligros y la alegría cumple un papel de afiliación (alienta nuestra conexión con otros) y, por supuesto, reproducción. Y, según la teoría desarrollada por Antonio Damasio después de sus muchos años de investigación, el papel de las emociones en nuestro proceso de toma de decisiones es crucial, puesto que son las encargadas de ayudarnos a escoger una alternativa entre varias.
Y es que el cerebro humano representa, junto con el fondo del mar, una de las grandes incógnitas por resolver para nuestra especie. Se sabe, por ejemplo, que más del 90% de nuestra actividad mental no es consciente, aunque no hay consenso sobre cuál es el porcentaje concreto (y quizá nunca se sepa). La intuición es el gran ejemplo de esto mismo, puesto que se trata de nuestra habilidad para comprender algo sin la intervención de la razón, es decir, sin procesamiento cognitivo consciente. Es la que nos permite saber, simplemente por su tono de voz, que aunque nuestro cónyuge ha contestado nada, en realidad sí le pasa algo. Un mecanismo de pura supervivencia, como puede usted comprobar. La intuición se compone, entre otros elementos, de todo el conocimiento almacenado en nuestra mente a través de nuestras experiencias y de su combinación con nuestras emociones. Aunque apenas reparemos en ella, es un mecanismo tremendamente sofisticado.
En un sentido similar al de Damasio se pronunciaron también los prestigiosos psicólogos cognitivos Amos Tversky y Daniel Kahneman. Este último, sin estudios económicos de ningún tipo, fue galardonado con el Premio Nobel de Economía en 2002 en reconocimiento a las investigaciones que junto con Tversky desarrolló en lo que respecta al juicio humano y la toma de decisiones bajo incertidumbre. Una de las principales conclusiones que Kahneman y Tversky demostraron a través de múltiples experimentos es, no sólo que la habilidad del ser humano para realizar razonamientos exclusivamente lógicos deja mucho que desear, sino que el cerebro inconsciente (recordemos que acapara más del 90% de la actividad de nuestra mente) está implicado de forma directa en nuestro juicio y análisis. No existen las decisiones puramente racionales.
Llegados a este punto (si es que, amable lector, me ha acompañado usted hasta aquí tras la retahíla de datos científicos y neuropsicológicos), creo que la pregunta, en los tiempos que corren, es más que pertinente: ¿puede la llamada Inteligencia Artificial llegar algún día a ser siquiera inteligencia? Los ejemplos que acabo de compartir más arriba, no más que una ínfima gota en el vastísimo océano de la historia de la evolución humana y la investigación científica, demuestran el indiscutible entrelazamiento entre emoción y razón en lo que respecta a la percepción y reflexión de la experiencia humana. ¿Cómo se traduce eso a un código informático?
Resulta obvio que el programador que diseña y programa una inteligencia artificial sólo lo hace con menos del 10% de su mente consciente. Por supuesto que interviene el otro noventa y muchos por ciento subconsciente durante todo el proceso de ideación, planificación, diseño y programación, acabo de explicarlo más arriba. La única salvedad es que el mismo programador no es consciente de que su mente subconsciente interviene, y mucho menos de cómo interviene, en qué afecta, desde qué perspectiva y en qué grado. Además, como hemos visto, esa parte no consciente (emociones, intuición…) tiene un papel capital en algunos de los procesos más significativos de la experiencia humana, como la toma de decisiones. La mente no consciente es una porción inmensa y básica para la formación de la inteligencia humana. Por consiguiente, ¿cómo podrían añadirse a una máquina todos esos procesos no conscientes y absolutamente imprescindibles para el funcionamiento de la mente, de la inteligencia?
Sin esa parcela subconsciente mayoritaria y dificil (por no decir imposible) de copiar y trasladar a una máquina, ¿cómo va a responder la llamada inteligencia artificial en procesos que no sean puramente mecánicos como, por ejemplo, buscar información sobre determinado suceso o fuentes de documentación históricas? Pues mal. De hecho, ya ocurre así. Hace unos meses se hizo razonablemente viral una publicación en la red social X en la que un usuario pedía a una IA que le dijese dónde comprar droga en Madrid. La respuesta de la IA, por supuesto, fue que de ninguna manera debía proporcionarle esa información. Y no lo hizo. A continuación, el usuario tiró de inteligencia natural y le preguntó a la IA qué barrios debía evitar si no quería cruzarse con gente que trapichease con droga. La lista de barrios y zonas que el sistema proporcionó fue bastante exhaustiva.
Esto no es más que un ejemplo burdo de cómo la IA todavía no sabe comprender dobles sentidos. Pero ¿cómo se le «explica» a una máquina la moral si no tiene la capacidad (ni la tendrá nunca) de experimentar empatía? ¿Cómo usará la intuición (o cómo se puede programar ese mecanismo) si en su génesis interviene tanto la experiencia como la emoción (dos áreas por definición completamente ajenas a las máquinas)? De todas formas, la tecnología avanza que es una barbaridad, así que no sabemos si un día podría llegar a replicarse algo lejanamente similar a esto. En mi opinión, como mucho podrían llegar a replicarse los comportamientos que la intuición y las emociones producen, es decir, podrían automatizarse algunas respuestas, pero no la intuición ni las emociones mismas. ¿Serían, entonces, válidos esos comportamientos? ¿Serían esas respuestas automáticas siempre las adecuadas o más convenientes para cada ocasión? ¿Se puede introducir una emoción en un cable? ¿Se puede codificar la intuición?
A finales de la década de 1920, el pintor belga René Magritte pintó uno de sus más famosos cuadros. En un óleo de 60x81 aparece la imagen de una pipa de fumador bajo la que se puede leer, en francés, la inscripción Esto no es una pipa. El cuadro, y especialmente el texto, armó un revuelo formidable entre el público, algo que sorprendió sobremanera al artista, o al menos eso fingió. Las palabras de Magritte al respecto son mundialmente famosas: «La famosa pipa. ¡Cómo me reprochó la gente por ello! Y, sin embargo, ¿podría usted rellenarla? No, claro, es una mera representación. ¡Si hubiera escrito en el cuadro “Esto es una pipa”, habría estado mintiendo!».





















