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Opinión | A la luz de una cerilla
Lunes, 07 de Octubre de 2024
Víctor López Fernández

HOMO AESTHETICUS

Víctor López Fernández

 

Hace 14.000 años la vida en nuestro planeta no era cómoda. Hablamos de la época en que el Paleolítico daba sus coletazos finales, la última glaciación registrada agonizaba y el conocido como homo sapiens llevaba varios miles de años siendo el homínido predominante en la tierra. La agricultura y la ganadería aún no existían ni como opción remota en la mente del sapiens más brillante, así que la caza, la pesca y la recolección empujaban a nuestros ancestros a llevar una vida nómada.

 

Como digo, la vida no era cómoda, pero mucho menos era larga. Incontables niños morían sin tener siquiera la oportunidad de rozar las incomodidades de la vida adulta y no pocos adultos perecían a causa de enfermedades que hoy en muchos casos ni siquiera nos obligan a guardar reposo. La esperanza de vida se situaba en la horquilla que va de los treinta a los cuarenta años, para que se haga usted una idea. Pero las amenazas a la existencia de nuestros antepasados tardopaleolíticos no se limitaban a las relacionadas con la salud, sino que también los animales salvajes o las muestras de fuerza omnipotente de la naturaleza, así como los congéneres carentes de alimento o apareamiento, suponían un peligro constante y susceptible de causarnos la muerte el día menos pensado. Sobrevivir no era tarea sencilla.

 

Y esa ausencia total de sencillez en las más simples tareas directamente relacionadas con nuestra capacidad para seguir respirando puede llevarnos a pensar, sin temor a equivocarnos, si le interesa mi opinión, que cualquier actividad carente de una utilidad pragmática y absolutamente clara sería sin duda descartada por estos individuos. Alimentarse, sobrevivir y proteger a los tuyos: ésas eran las prioridades de cualquier homo sapiens que se preciase de serlo. Y para ello inventamos (quiero decir que inventaron nuestros abuelos paleolíticos, pero acépteme esta licencia tan poética como lingüísticamente eficiente de usar la primera persona del plural para referirme a ellos) multitud de herramientas: hachas, martillos, cuchillos, lanzas, incluso agujas y anzuelos. Y entre todos ellos, uno que va camino de convertirse en mi favorito: el propulsor.

 

Un propulsor es una pieza de entre veinte y treinta centímetros de longitud, tallada normalmente en huesos o astas de animales. En uno de sus extremos, el más estrecho, se realizaba una abertura que atravesaba la pieza, muy similar a lo que sería el ojo de una enorme aguja. En este orificio se introducía la punta más fina de la azagaya, una especie de dardo o jabalina en miniatura elaborada habitualmente a partir de un asta de ciervo, reno o similar, ocasionalmente también de sílex. Una vez se había introducido la azagaya en la ranura del propulsor y agarrándolo por el otro extremo, se impulsaba y lanzaba la hoja. De esta forma, se conseguían una potencia, control y precisión mucho mayores que si el lanzamiento de la primitiva cuchilla se efectuase directamente con la mano. Se calcula que con la ayuda de un propulsor, una azagaya podía alcanzar incluso los 150 kilómetros por hora. Hay coches que no llegan ahí.

 

Estaremos de acuerdo, con lo explicado hasta aquí, en que los propulsores eran una mera herramienta para nuestros antepasados paleolíticos, muy útil en un tiempo todavía glaciar y en el que aún no sabíamos cultivar ni habíamos domesticado animales para alimentarnos. Se utilizaba principalmente para la caza, pero bien podía usarse para la defensa en caso necesario. Un objeto cuya finalidad era servir a un fin exclusivamente práctico, como nuestros actuales destornilladores o alicates. Pues bien, aquí es donde sucede la magia. Porque, a pesar de la practicidad que definía la existencia de los propulsores, nuestros antepasados no lo veían así. Mejor dicho, no lo veían solamente así, como una simple herramienta destinada a cumplir un cometido específico.

 

Los primeros propulsores aparecen en el centro y sur de Francia, aunque en el norte de España también se han realizado hallazgos. Y todos tienen algo en común: están tallados en un sinnúmero de figuras. Hace 14.000 años, en medio del frío glacial, el hambre provocada por el primigenio ayuno intermitente y rodeados por incontables peligros de muerte, nuestros antepasados dedicaban buena parte de su tiempo y sus fuerzas a convertir sus herramientas en algo hermoso. Lo meramente práctico no era meramente práctico. Su utilidad, en opinión de nuestros abuelos paleolíticos, no estaba reñida con la belleza de su apariencia y a esto último se aplicaban con denuedo. Los tallaban normalmente en formas animales: de caballo, ciervo, hiena o incluso mamut. Trabajaban el volumen con una pericia sorprendente y no pasaban por alto ningún detalle: pezuñas, ojos e ijares aparecen esculpidos con la minuciosidad del escultor más concienzudo.

 

Destaco los propulsores por el hecho de ser simples instrumentos. Nada se sabe (ni probablemente se sabrá) acerca de las razones que motivaron la creación de las afamadas pinturas rupestres, mucho menos la finalidad que podían tener. Pero casi podemos afirmar que no cumplían una función práctica concreta. Tal vez fuesen motivos religiosos o espirituales, quizá simplemente el arte por el arte. El caso de la ornamentación de herramientas es, a mi parecer, de todo punto distinto. Se trata de la demostración de la sensibilidad hacia lo bello en todos los ámbitos de la vida, una pulsión estética que se aloja en nuestro interior desde el mismo albor de la especie.

 

Hoy escogemos con esmero la funda con que vamos a vestir nuestro teléfono móvil, nos probamos un sinfín de modelos antes de decantarnos por unas gafas graduadas y dedicamos mucho más tiempo a elegir el color de un coche, su tapicería y sus acabados que a interesarnos por las características estrictamente técnicas. Un instrumento de comunicación a distancia, un instrumento que corrige nuestras deficiencias visuales y otro cuya finalidad primordial es transportarnos de un lugar a otro. Los necesitamos por su utilidad, los seleccionamos por su belleza. Sin apenas darnos cuenta, la estética está imbricada en todos los aspectos de nuestra vida, muchas veces condicionando en gran medida nuestras decisiones. Y no es extraño que así sea, puesto que nuestros antepasados paleolíticos demuestran que forma parte de nuestra esencia. Tanto como alimentarnos. Tanto como protegernos del frío. Tanto como reducir nuestra exposición a los riesgos que amenazan nuestra supervivencia.

 

El término sapiens que matiza el de homo significa sabio. Homo sapiens, el hombre sabio. Más sabio que sus antecesores, se entiende. Pero es lógico que fuese así, ya que todas las especies de homo han superado a las anteriores en capacidad intelectual y de razonamiento. Es, por así decirlo, una evolución natural y, por tanto, nada extraordinaria.

 

Lo auténticamente diferencial es, en mi opinión, el factor estético. La intención de hacer agradable a la vista un utensilio, a pesar de que la belleza por sí misma no ampliaba sus ámbitos de uso ni aumentaba su eficacia, es tal vez nuestra característica distintiva como especie, aquello que mejor nos define. Una manifestación creativa que rebasa las restricciones intelectuales del gris utilitarismo, la revelación artística de un ánimo irrefrenable que sólo encuentra sosiego a través de su declaración física y puramente ornamental. La expresión de una pulsión estética tan inherente a nosotros como inexplicable en términos únicamente evolutivos. El homo sapiens era predecible, acaso inevitable; el homo aestheticus expresa nuestra auténtica singularidad.

 

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