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Opinión |
Jueves, 18 de Octubre de 2012

Había una vez

Mientras el ministro de Educación Ignacio Wert solivianta en primera instancia a los catalanes -y a los no catalanes- con su anuncio de cruzada para españolizar el territorio del no menos provocador Artur Mas y, después, atiza el fuego con gasolina de alto octanaje al descalificar con gruesos brochazos ideológicos las movilizaciones que se desarrollan esta semana en los centros docentes con el apoyo de los padres, su homólogo en Economía, Luis de Guindos, considera una buena noticia la circunstancia de que el Producto Interior Bruto siga hecho unos zorros porque ello, oye, aventura "cierta estabilización".

Con esta exhibición de funambulismo diplomático por parte del primero y de malabarismo eufemístico por parte del segundo, ¿a quién le extraña el buen comportamiento del turismo internacional en relación al doméstico? Dejémonos de buscar las causas del desembarco guiri en la belleza de nuestros paisajes, la hospitalidad de nuestras gentes, la competitividad de nuestros precios, el resplandor de nuestras instalaciones e infraestructuras y la excelencia de nuestra gastronomía, elaborada a partir de prodigiosas materias primas con raíces en la encina o la cepa, en el astro rey y en la playa. Si vienen es porque quieren ver en vivo y en directo el Circo de los Horrores cuya carpa levantan a pulso los artistas todos los días antes de maquillarse para saltar a la pista central.

Que el espectáculo debe continuar pese a quien pese es una de las máximas de cualquier empresario del ramo que se precie de serlo. Y en eso anda Rajoy, principal usuario del disfraz semántico desde el momento histórico en el que calificó de "hilillos de plastilina" el vertido de petróleo del Prestige que ahora se juzga: en pleno chapapote. O sea que la llegada en tropel de extranjeros hasta el punto de promover llamativas e ilusionantes operaciones de comando como las que llevan a cabo administraciones públicas en Rusia y otros países del Este europeo no compensa la atonía que soporta el turismo nacional. Será que los de aquí prefieren el Circo del Sol -confúndase si se quiere con los Lunes al Sol- porque el que les ofrecen lo tienen demasiado visto tras diez largos meses de bises. O a lo mejor resulta que es la aceleración que registra desde enero la emigración nacional hacia destinos más prometedores laboralmente, según revela el Instituto Nacional de Estadística, la que está vaciando el mercado patrio de consumidores esporádicos de nuestras ricas tradiciones y culturas.

Claro que, puestos a darle vueltas al caótico panorama, puede que la diáspora de jóvenes que en vez de longanizas del terruño acumulan en la maleta conocimientos y masters forme parte de un plan de Wert para españolizar el mundo. O del mismísimo De Guindos, que vería en la fuga a mansalva un "nicho de posibilidades para facilitar las transacciones comerciales supranacionales con vistas al establecimiento de cabezas de puente altamente cualificadas y con valor añadido que aportarían un fuerte retorno en divisas". Léase ganarse las habichuelas. O de Fátima Báñez, que respiraría aliviada ante el consiguiente descenso de las cifras del paro. O de Montoro, al que se le adelgazarían las cuentas del subsidio de desempleo. Y es que los cuatro jinetes del apocalipsis, junto al jefe de la tropa, son todo un reclamo para visitantes ávidos de emociones fuertes.

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