EL DATO NO MATA EL RELATO
Una mentira repetida mil veces se convierte en una mentira mil veces repetida. Puede llegar a formar parte del paisaje, pero no por eso se convierte en verdad. Aunque puede suceder algo mucho más peligroso: que al aceptarla como parte del paisaje, dejemos de cuestionarnos hasta qué punto tiene o no sentido. Eso mismo es lo que sucede con la expresión «dato mata relato».
Es uno de los mantras actuales en cualquier campo, pero especialmente en el de la política. Y no puede ser más falso (o, dicho de forma menos brusca, no deja de ser una aseveración errónea). Un dato sin relato puede serlo todo y encerrar en sí mismo la más incontrovertible verdad acerca de la realidad a la que pertenece, pero sin un relato que lo acompañe no significa nada. Se pierde en la total irrelevancia. Desaparece. Si usted simplemente se dedica a lanzar datos a la cara de su interlocutor, desaparecerán tan pronto como éste los haya oído o leído. No significarán nada. Son números vacuos, palabras transparentes. Rostros sin ojos, nariz ni boca. Huecos. Sin un contexto al que asirse, se precipitarán al vacío del olvido.
Resulta harto complicado, por no decir imposible, recordar la fecha exacta de la batalla de las Navas de Tolosa si no se comprenden las circunstancias que la propiciaron; es extremadamente difícil traer a la memoria la genealogía de Austrias y Borbones ordenada cronológicamente si no se es capaz de relacionar un monarca o regente con su antecesor y sucesor dentro de un contexto histórico concreto; y raya lo imposible nombrar el número atómico del Ruterio y el elemento que aparece justo debajo de él si no se es químico de profesión o se dispone de una memoria prodigiosa. Son sólo tres ejemplos de que es precisamente la ausencia de relato lo que mata el dato. Lo convierte en tan fugaz como un parpadeo involuntario. Pero también conviene no olvidar que la mera existencia del relato sin el soporte del dato puede tener funestas consecuencias.
Elizabeth Holmes es conocida por ser la fundadora de la efímeramente exitosa compañía biotecnológica Theranos, que llegó a tener un valor de 9.000 millones de dólares. En 2014, Holmes fue incluida en la lista Forbes como la primera mujer en alcanzar una fortuna valorada en más de mil millones de dólares; dos años después, la valoración de su fortuna pasó de 4.500 millones de dólares a cero. Sólo cuatro años después de aparecer en la mencionada lista de la revista Forbes, Elizabeth Holmes fue procesada y se vio obligada a pagar medio millón de dólares en concepto de fianza por su liberación. Tras ser declarada culpable de fraude electrónico y conspiración para defraudar a inversores, en su juicio en 2022 fue sentenciada a once años de prisión que comenzó a cumplir en mayo del pasado año.
¿Cómo se puede pasar de la lista Forbes a la cárcel en menos de una década? Muy sencillo: fiándolo todo al relato sin soportarlo con ningún dato. Holmes consiguió levantar un imperio haciendo creer a sus inversores que disponía de una tecnología revolucionaria. Según contaba, su máquina Edison permitía obtener resultados sobre decenas de enfermedades con tan sólo una muestra de sangre obtenida a través de un simple pinchazo en la yema de un dedo. Resultados que, hasta ese momento, sólo podían obtenerse tras complejos análisis y la extracción de varios tubos de sangre. Tan revolucionario como falso. Cuando le pedían pruebas (dato), Holmes daba largas (relato). Cuando las máquinas fallaban (dato), ofrecía las más convincentes justificaciones (relato). Sin tener absolutamente nada tangible (dato), Holmes se dedicaba a pronunciar charlas TED, conseguir el multimillonario apoyo económico de decenas de inversores y reunirse con expresidentes de los EE. UU. (relato). Cuando el relato ya no se sostuvo más, Elizabeth Holmes acabó en la cárcel.
Es decir, la ausencia de relato hace desaparecer el dato, pero la ausencia de dato convierte el relato en mera y burda manipulación. Y Abraham Lincoln nos enseñó que no podemos engañar a todo el mundo durante todo el tiempo, así que el relato vacío no es precisamente recomendable. Dato y relato se necesitan, se complementan y se retroalimentan. Además de la publicidad, Nike otorga su beneplácito para filmar y estrenar una película que cuenta la historia del fichaje de Michael Jordan por la marca deportiva, un relato que probablemente haga aumentar sus ventas, siempre y cuando venga refrendado por el dato (la calidad de sus productos). El Real Madrid es el club de fútbol más laureado de la historia (dato), lo que no es óbice para que, cada vez que se alza con la Champions League desde 2015, estrene un documental en el que se ensalzan los valores que el club promueve (relato). Los ejemplos de este tipo son inagotables.
Pero la fuerza del relato no se limita a construir un contexto donde el dato robusto pueda desarrollarse adecuadamente. Un buen relato puede matizar e incluso cimentar sólidamente un dato que se tambalea. Un relato bien armado puede incluso soportar un dato débil. Es cierto que deben darse unas circunstancias muy particulares y que el relato debe ser todo lo fuerte que un relato pueda serlo, pero el ejemplo paradigmático de ello es el libro más influyente en la historia de Occidente: la Biblia. El relato es tan bueno y su urdimbre tan consistente que el receptor más incrédulo siempre llevará en su interior la semilla de la duda.
Por último, es la ciencia la que nos insta a soportar nuestros datos con relatos (o viceversa). Está más que demostrado (lea usted a Antonio Damasio, al fallecido Premio Nobel Daniel Kahneman o a Dan Ariely, por dar sólo tres nombres) que las emociones juegan un papel fundamental en todos los ámbitos de nuestra vida. La neurociencia no deja de avanzar en la demostración de la imposibilidad humana a la hora de comportarnos como máquinas racionales perfectas. Nada que se dirija únicamente a la corteza prefrontal, a nuestra capacidad lógica de raciocinio (adonde se dirigen los meros datos, vaya), va a permanecer con nosotros durante mucho tiempo. Quizá no llegue siquiera a alojarse en nuestra mente. Necesitamos sentirnos implicados, necesitamos que los fríos datos formen parte de la realidad tridimensional que sólo los relatos pueden construir. Sólo así tendremos en cuenta el mensaje que dato y relato, de la mano, nos hacen llegar.
Si quien se ampara en el repetitivo «dato mata relato» no comprende la fuerza del segundo y lo fía todo a la incontrovertible verdad del primero, verá frustrados absolutamente todos los intentos de que sus tesis o propuestas lleguen a sedimentar en la mente de su audiencia. Más allá del excelso ejercicio literario que supone el verso de esta expresión, retrotrayéndonos casi a la gloriosa época del Siglo de Oro, las palabras «dato mata relato» no suponen más que una rima consonante, facilona y absurdamente simétrica. Y, lo que es peor, totalmente equivocada.






















