EL ORIGEN DE LA DESDICHA: 1963
Ayer acabé una de las novelas más fascinantes que he leído hasta la fecha de Stephen King, 22/11/63, una novela de ciencia ficción que narra la historia de un hombre que encuentra la forma de volver al pasado para evitar el fatal desenlace de JFK, el presidente de los Estados Unidos hasta 1963, y de este modo, alterar el presente de 2011 y el futuro de la humanidad.
Nuestro protagonista, Jake Epping, tendrá que trazar más de un plan, no solo para intentar acercarse al verdugo del presidente, Lee Harvey Oswald, un empleado de almacén del depósito de libros en el centro de Dallas, sino también para conseguir algunos finales felices en la vida de algunos personajes que nos encontraremos a lo largo de la historia.
Conseguir llegar a buen puerto en este grandioso periplo tendrá sus consecuencias, ya veremos si positivas o negativas para el futuro; cuando Jake altera el pasado, el futuro se verá afectado dejando clara la Teoría del Caos, desarrollada por el meteorólogo Edward Lorenz en la década de 1960, donde explica la poderosísima metáfora del efecto mariposa, una forma de entender que nuestras acciones e incluso nuestros pensamientos, pueden tener consecuencias significativas y en ocasiones dramáticas.
De este modo, Stephen King nos hace plantearnos la duda de si lo vivido es justo o perfecto, nos refiramos a desgracias, celebraciones y alegrías, o cualquier tipo de embate que nos haga cuestionarnos incluso nuestra propia existencia y el sentido de la vida en determinados momentos durante nuestro camino terrenal.
De forma inevitable, la obra me hizo ponerme en el lugar de Jake en diferentes momentos, y preguntarme si yo sería capaz de entrar por una despensa de bar, abrazando una mezcla de olores cafeinados y especiados que conformarían la antesala de un pasado sin tecnologías, con una sociedad anicotinada y lo más importante, con la intención de cambiar lo que fue para alterar el futuro de la economía, la política y los pretextos y anhelos de la sociedad mundial.
Me contesté con un sí, rotundo, incluso arriesgándome a una modificación plena de todo lo que un día conocí; quizá nunca llegara a conocer a mis seres queridos, y tampoco a aquellos amigos y conocidos que un día se cruzaron en mi camino para darle sentido a vivencias momentáneas o duraderas. Quizá consiguiera borrar algunos pasajes violentos, amargos y trascendentales de mi niñez que trabajaron forzosamente para ser quien soy hoy.
Sí, definitivamente entraría en esa burbuja que nos describe King al final de su novela, para retroceder en el tiempo algunas décadas, y jugarme el pellejo con el fin de intentar conseguir un futuro más benévolo para el conjunto de la sociedad.
De este modo, intentaría esquivar aquellas debilidades sociales e indigencias mentales de un presente que algunos aborrecemos, y que entumece de forma regular nuestras habilidades de creación, desarrollo cognitivo, social y profesional.
La historia del siglo XX ha conseguido, por ejemplo, que aceptemos hoy la obligación de relacionarnos con personas que mienten con alevosía bajo el manto de la cobardía, ocultando sus verdaderas emociones y sentimientos, porque solo de esta forma se consigue no alterar una relación o una circunstancia específica, quizá de conveniencia, ya sea en el ámbito social, familiar o profesional. Definitivamente, nuestra historia más reciente ha desembocado en el fatídico juego de la apariencia, una especie de laberinto de espejos donde nada es lo que parece o donde decir la verdad o lo que sentimos, aunque duela, parece estar prohibido.
A partir de aquí, sería maravilloso tener la oportunidad de explayarme en el desarrollo de la mentira interpersonal, (todo a su debido tiempo), y emocional que encontramos a diario con solo avanzar unos metros desde casa, y de este constructo social al que estamos encadenados, y con el que mantenemos y magnificamos el orden impuesto por el Status Quo del siglo XXI.
Quién sabe, quizá no conseguiría más que fortalecer las normas morales y éticas que ya están establecidas si alcanzara el objetivo de cambiar el pasado, no lo sé. Llámame loco -bajo advertencia y obligación de saber que a menudo, un loco se compadece del cuerdo-, pero me gusta el riesgo, soy un fiel defensor de la verdad incluso para sonreír o negar la sonrisa a la espuria, o persona que se niega a reflejar su autenticidad, a sentir de forma real en un determinado momento.
Pertenezco a ese grupo reducido que se niega a aceptar un orden social y normas intrínsecas que nada tienen que ver con la grandeza y el espíritu del ser humano, y que impiden al grueso de la sociedad ser libres de corazón y alma.
Seguiremos buscando esa burbuja mágica de la que nos habla Stephen King en su grandiosa novela, siendo esta fantasía, al parecer, la única oportunidad de conseguir una sociedad tangible y verídica, una economía libre, sin condiciones y descentralizada (salvaje si se quiere), libre de parásitos que creen saber cuál es el rumbo que ha de tomar nuestra civilización sin tomar en cuenta la aleatoriedad con la que avanzamos un día, bajo el influjo del instinto y la crítica a la razón de la que nos hablaba Nietzsche en su obra “Así habló Zaratustra”, así como una política sin actores que impidan el desarrollo de las libertades individuales o ímpetus de mejora personal, libre de grupos, intentando incluso -si se me permite el acople de este punto- manteniendo y salvaguardando unas tradiciones que acabarían por extinguirse en unos pocos años, debido a una demografía (entre otros inconvenientes) que nos la modifican los “máquinas” del saber desde Europa, con el amén de EEUU, y que deteriora y terminará por destruir lo que conocimos y cuidamos con cariño durante siglos.
Volver al pasado y salvar a John Fitzgerald Kennedy de su supuesto asesino, Lee Harvey Oswald… una idea de lo más sexy, teniendo en cuenta el elevado beneficio que podríamos conseguir gracias a un cambio de paradigma que nada tendría que ver con lo que ahora aceptamos como ciudadanos no libres; una fantasía que de conseguirse cambiaría por completo todo el sinsentido que nos rodea y que se extendería hasta la consagración de la nueva revolución económica; una nueva economía que a ti, querido lector, te esconden con tantísimo empeño.
“Tenemos el poder de hacer de esta, la mejor generación de la historia del ser humano, o la última” – John F. Kennedy






















