VÍCTIMAS DE UNA INCOMPETENCIA FATAL
Víctor López
No sabemos para qué sirven nuestros políticos. Especialmente los que están enredados en cuitas de ámbito nacional, aunque sus responsabilidades se circunscriban a lo autonómico. Sí tenemos perfectamente claro, en cambio, lo que saben hacer: saben insultarse, saben pelearse, saben ser vulgares, soeces e irrespetuosos. Lo que no saben hacer es estar a la altura del cargo cuando las circunstancias lo exigen. La catástrofe de Valencia es el enésimo ejemplo.
Hace ya tiempo que venimos presenciando la degradación paulatina del panorama político español. Desde la aparición de los partidos que venían a regenerar la democracia nacional hemos asistido a casi exactamente eso, la regeneración del sistema democrático español. La única salvedad, lo que nos impide alcanzar la mencionada regeneración, puede parecer irrelevante, pero su sola presencia lo cambia todo. Es una letra, una sola: la letra de. La erre inicial en la palabra regeneración se sustituye por la de y, así, la pretendida regeneración pasa a convertirse en una degeneración en toda regla, acelerada durante la última década por los jetas al mando de los nuevos partidos y que nos han metido, en gran medida, dentro del pozo de deyección en el que se encuentra nuestra política actual. Así de caprichoso es el lenguaje, arcilla con la que moldeamos la realidad a cada instante. Cambiando una sola de sus partículas se puede dar la vuelta a la realidad como a un calcetín.
La tragedia de la DANA que ha azotado Valencia con una ferocidad desconocida hasta ahora en nuestro país ha demostrado a las claras la incapacidad de quienes nos gobiernan. A día de hoy (este artículo se ha terminado de corregir el domingo, 3 de noviembre, a media tarde) seguimos sin lista oficial de desaparecidos, sin actualización en las cifras de fallecidos prácticamente desde el sábado 2 de noviembre y presenciando un sainete entre el gobierno nacional y el de la Comunidad valenciana que, si no fuese porque enciende los ánimos al más templado, daría vergüenza ajena. Lo que sucede es que la vergüenza sólo la sentimos en la actividad cotidiana de nuestra nueva casta política, que vive en la esquizofrenia constante de interpretar el papel que quien manda les asigna. Ahora es la indignación más asfixiante la que, con toda lógica, nos posee, y así se dejó ver en la visita de los Reyes, Mazón y Pedro Sánchez a Paiporta.
¿Qué esperaban encontrarse? ¿Confiaban en un agradable y calentito baño de masas? ¿Un paseo tranquilo por un pueblo destrozado material y anímicamente, con ni se sabe cuántos muertos aún enterrados, sin luz ni agua en las casas y con saqueos nocturnos constantes? Pasó lo que tenía que pasar. Pasó lo que se han ganado a pulso con su incompetencia en la gestión de esta tragedia. La frustración se apoderó de un pueblo que, con razón, se ha sentido abandonado a la deriva por sus responsables políticos. No me estoy refiriendo, por supuesto, a los actos de violencia que todos presenciamos. Esto es de todo punto inadmisible y, además, trabaja en contra de los intereses de los afectados. A lo que me refiero es a las muestras de indignación, frustración y enojo en forma de gritos y abucheos. Y no voy a entrar en la desfachatez de la huida cobarde y vergonzosa de quien todavía es Presidente del gobierno de España porque ya lo conocíamos antes de esta trágica ocasión.
Al que no habíamos tenido la suerte de conocer hasta ahora, al menos en profundidad y fuera de la comunidad valenciana, es al presidente autonómico Carlos Mazón. Me da la sensación de que, por desgracia, no ha sorprendido a muchos. Ha destacado por su pusilanimidad e incompetencia paralizante en la tarea que corresponde a su cargo: resolver problemas. Ése es el trabajo de los políticos, resolver problemas. Diría que, por el bien de los valencianos, lo mejor que Mazón podría hacer es dar un paso a un lado, pero respeto y confío totalmente en la sabiduría de nuestro refranero y no me gustaría que otro viniese que bueno lo hiciese. Pero quizá Mazón no es el único que ignora cuál es el trabajo real de un político.
La desvergonzada portavoz de Sumar en el Congreso, Aina Vidal, parece que tampoco se ha enterado de cuál es su función como servidora pública, porque su trabajo sí es achicar agua. Literal o metafóricamente, ése es su trabajo. Achicar agua. Resolver problemas, no crearlos. Otro miembro de la autodenominada nueva política que no se entera de que no ha venido para hacerse fotos en actos oficiales, pasear modelitos en eventos de sociedad, recoger galardones de instituciones de su cuerda, asistir a entregas de premios a colegas, leer discursos en el Congreso (porque ni tres palabras seguidas son capaces de pronunciar sin bajar la mirada al dichoso papelito, no vaya a ser que los esfínteres se les aflojen), debatir al nivel de alumnos de primaria, ser hipócritas por encima de sus posibilidades, soltar imprecaciones cada vez que se les planta un micrófono amigo delante, vomitar exabruptos en contra del adversario político o vivir absolutamente desconectados de la realidad del país al que dicen servir. No, no están aquí para eso. Están para resolver problemas. Aunque ya nos hayamos acostumbrado a todo lo anterior y lo consideremos parte del bochornoso paisaje patrio.
En esta tesitura, como decía un poco más arriba, los Reyes de España, el Presidente del Gobierno y el Presidente de la Generalidad valenciana se plantaron en Paiporta y, claro, recibieron lo que uno de los principales instigadores originales del inaguantable ambiente político actual bautizó en su momento como «jarabe democrático». Jarabe democrático es cuando uno es el sujeto agente, y no paciente, de la mentada medicina. Cuando uno, en lugar de recetarlo y proporcionarlo, recibe jarabe democrático se suele decir que se es víctima del fascismo. Lo que decía antes, la capacidad argumentativa de un parvulito. Felipe VI, quien no tiene ni un ápice de responsabilidad sobre lo ocurrido ni capacidad de tomar decisiones en su resolución, se quedó en Paiporta a dar la cara al mismo tiempo que se la jugó (la cara. Literalmente). Porque le llovió de todo. Pero el monarca aguantó estoico el chorreo y demostró que una de las responsabilidades morales más importantes de quienes ocupan puestos de responsabilidad es precisamente esa, dar la cara. Aguantó el tipo. Soportó imperturbable toda clase de juramentos. Si cualquiera de los allí congregados llega a sufrir un episodio de enajenación mental transitoria (y, dado lo comprensiblemente inestable de los ánimos, no resultaba improbable), podríamos haber presenciado una desgracia regia transmitida en directo por las cámaras de televisión. Por suerte no sucedió nada.
Es lo único rescatable a nivel institucional de esta situación. Todo lo demás es absolutamente deleznable: el tono infame y soberbio de la consejera Nuria Montes dirigiéndose a los familiares de los fallecidos con la arrogancia ignorante de la que sólo una inepta emocional es capaz; los bomberos franceses que llegan a Alfafar y se enteran de que ellos han llegado desde Francia antes que cualquier otro cuerpo desde el propio país de la tragedia; la parálisis del gobierno autonómico valenciano deshojando una margarita de pétalos ilimitados para decidir si se alertaba o no a la población el día del diluvio; la altanería con que Pedro Sánchez y sus acólitos (ay, Margarita Robles, qué papelón por enésima vez) utilizan este cataclismo para señalar indirectamente la incompetencia del gobierno valenciano; el oportunismo pestilente de VOX, tratando de emponzoñarlo todo añadiendo siempre una cucharadita más de porquería al caldo; la desagradable sensación, en definitiva, de que unos y otros tratan de obtener rédito político del mayor desastre natural de nuestra historia con, tal vez, más de la mitad de los muertos (niños y adultos, hijos y padres, nietos y abuelos) todavía bajo el barro, el agua y los coches. Han superado su propio récord de repugnancia.
Es indigno, indecente e inmoral. Son indignos, indecentes e inmorales. Indignos de ostentar sus cargos. Indecentes en su manera de actuar. Y desconocedores, ya no de la definición, sino de la misma existencia de la palabra moral. Los escombros de una generación que no han encontrado acomodo en otro lugar más que en unos partidos políticos incapaces de reaccionar de otra forma ante el avance de cuatro caraduras diseminados en infinidad de siglas políticas imposibles de recordar apenas diez años después de su nacimiento. Personajes fatuos, vacíos de sustancia, todo fachada de cartón piedra, especializados en la pose digital, trampantojos decorativos que se creen los dueños del cortijo.
Pero es ahí donde se equivocan. Los jefes no son ellos. Los jefes somos nosotros. Los ciudadanos. Ellos vienen a servirnos a nosotros y nosotros somos los que los ponemos y los quitamos de ahí. Nosotros ordenamos, ellos obedecen. No al contrario. Parece ser que esto mismo es lo que acaban de descubrir. Parece ser que esto mismo es lo que nosotros acabamos de descubrir.























