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Opinión | A la luz de una cerilla
Jueves, 28 de Noviembre de 2024
Víctor López Fernández

BÚSQUESE UNA META INALCANZABLE

 

El Mar de los Sargazos es una región del océano Atlántico situada frente a las costas de Florida. Es una zona famosa entre los marineros por la cantidad de algas que cubren la superficie del agua (algas del género Sargassum y de donde proviene su nombre), así como por la práctica ausencia de viento, lo que la convirtió en zona casi maldita para los navegantes de las grandes embarcaciones a vela, especialmente a partir del siglo XV. Los navíos podían tirarse allí inmóviles durante días o incluso semanas y, en aquella época, un estancamiento de ese tipo podía resultar mortal para la tripulación. Lo mismo nos sucede cuando carecemos de objetivos vitales.

 

Los objetivos son una parte consustancial a la experiencia humana. Los hemos tenido desde siempre, incluso aunque no los considerásemos como tales. Un objetivo en el Neolítico podía ser alcanzar la cima de una montaña para poder cruzarla, vadear un río, construir un refugio o conseguir comida. El objetivo podía ser, simplemente, sobrevivir. En cualquier caso, constituían (y lo siguen haciendo) el motor fundamental que mueve nuestra vida.

 

Hay quien quiere tener una casa de tres plantas en la urbanización más cara del país, quien quiere liberarse de las cadenas del neoliberalismo y retirarse al monte como un ermitaño, quien desea alcanzar un puesto concreto dentro de su empresa u organización y quien quiere comprarse un Ferrari para parecerse a su criptobro de cabecera. El caso es que con el paso de los milenios los objetivos se han ido adaptando a las circunstancias históricas. Hasta llegar a hoy, cuando la obsesión por la eficiencia que nos domina, y de la que ya le he hablado en otras ocasiones, ha llegado a delimitar la naturaleza de un objetivo «bien» definido: debe ser SMART. Este acrónimo anglosajón se refiere a las cinco características, una por cada letra, que cualquier objetivo debería tener. Entre ellas, en posición privilegiada, justo en el medio, como el jueves, a la misma distancia del inicio y del final, está la A de alcanzable. Bien, pues solamente los objetivos peligrosos son alcanzables.

 

Y es que la consecución de cualquier objetivo, si no llega acompañada de la sustitución del objetivo antiguo por uno nuevo, deviene en acomodamiento. La tentación de la autocomplacencia es demasiado fuerte. Nos bañaremos en nuestro propio orgullo por haber conseguido lo que nos proponíamos y, el día menos pensado, nos encontraremos varados como un navío del siglo XVI en pleno Mar de los Sargazos. Al cabo de un tiempo, no recordaremos cómo llegamos allí, no sabremos adónde nos dirigíamos ni tendremos ya la capacidad o la voluntad suficiente para mover la embarcación. Incluso con el viento a favor.

 

Mi fijación por la naturaleza de los objetivos y su efecto sobre nuestras vidas se remonta a mi etapa preuniversitaria. Como alumno del último curso de Bachillerato a principios de siglo, proyecté tres objetivos para mis años universitarios: el primero, acceder a la carrera que quería en la Universidad que deseaba; el segundo, obtener el carnet de conducir; y el tercero, lograr una beca Erasmus para estudiar un año en la Università degli Studi di Bologna. Como puede usted comprobar, mi ambición, a diferencia de la del famoso madrileño, era totalmente medida. Además, según los iba alcanzando, procuraba tener siempre un sustituto a punto de manera que nunca me viese con menos (ni más) de tres objetivos de este tipo de forma simultánea. Al principio no fue difícil encontrarlos. Pero, con el paso de los años, encontrar objetivos que mereciesen la pena se complicó cada vez más.

 

Unos se solapaban con los otros, algunos carecían de la más mínima enjundia, otros se disipaban por su propia insipidez. ¡Incluso llegó a haber objetivos que se contradecían con otros! Total, que el sistema, o mi manera de gestionarlo, colapsó a los pocos años. Pero en mi cabeza seguía rondando la necesidad de disponer de objetivos que guiasen el rumbo e impulsaran el motor. Entonces apareció un viejo conocido de mis años de facultad: Jürgen Habermas y su teoría de la acción comunicativa.

 

No entraremos en este artículo en los pormenores de la teoría de Habermas, faltaría más. Baste señalar que, una vez se profundiza en el pensamiento del filósofo alemán, el objetivo final de esta teoría se desvela como inalcanzable. Pero lo más interesante de todo es que Habermas la defendía a capa y espada y apuntaló sus cimientos teóricos muy sólidamente. Desde el punto de vista pragmático en el que nos enseñan a vivir, esta actitud no tenía ningún sentido. ¿Para qué luchar, para qué siquiera preocuparse o dedicar tiempo y esfuerzo a algo que resulta de todo punto inalcanzable? Bien, pues después de darle muchas vueltas llegué a la conclusión de que precisamente la imposibilidad de lograr la acción comunicativa tal y como Habermas la concibe en su forma ideal es el motivo por el que resulta imprescindible el esfuerzo.

 

La consecución de un objetivo lleva muy fácilmente a la relajación, mucho más si lo consideramos importante; de hecho, así está cableado nuestro cerebro: Bliuma Zeigarnik demostró, a principios del siglo pasado, que nuestro cerebro es capaz de recordar mejor una tarea inacabada que una tarea acabada. Por eso es importante tener objetivos difíciles o incluso imposibles de alcanzar. Es la única manera de asegurarnos un esfuerzo sin desmayo. Esto, por descontado, exige una enorme fuerza de voluntad, y precisamente aquí está la gracia. Las metas importantes deben ser, por definición, inalcanzables. Bien lo saben en la ONU.

 

La Cámara del Consejo Económico y Social de la ONU es uno de los órganos principales de la organización. Proyectada por el arquitecto sueco Sven Markelius, el diseño de su techo deja a la vista, entre otras cosas, los conductos de ventilación y da así la impresión de una obra inacabada. Esto pretende representar la naturaleza infinita del trabajo de la ONU, su labor nunca estará acabada. Y ese techo se lo recuerda: no os regocijéis en demasía con vuestros logros, porque el horizonte sigue ahí delante. Y siempre seguirá.

 

Porque llega un punto en el que comprendemos que el objetivo solamente sirve como horizonte inalcanzable; lo importante es el esfuerzo, el trabajo constante, la seguridad de estar avanzando y, sobre todo, tener claro que los atajos te ayudan a llegar más rápido, pero suelen llevarte al sitio equivocado. El horizonte también puede cambiar, por supuesto; de lo único que debemos asegurarnos es de tenerlo siempre delante. Hasta el final.

 

Independientemente de comentarios o recomendaciones, de edades o modas, de jubilaciones o retiros. Lograr el trabajo de tus sueños no es una meta, es la consecución de una etapa. El adosado con jardín, niños y perro no es una meta, es la consecución de una etapa. La jubilación no es una meta, es la consecución de una etapa. La vida es la combinación de todo ello, pero no debería reducirse a la suma de estos factores. La vida no es arribar al Mar de los Sargazos y dejarse mecer por la corriente hasta que el viento vuelva a soplar. La vida, en mi opinión, debería ser el producto inacabado de un empeño incesante.

 


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