Necesidad de crear empleo, por dignidad de todos
La empatía es uno de los conceptos más comunicativos. Para que se produzca un buen proceso de la comunicación nos hemos de poner en la piel de los otros, de aquellos que son interlocutores en todos los procesos y relaciones sociales. Si no hay esa catarsis empática, no hay una verdadera comunicación, esto es, no hay un auténtico entendimiento de lo que se dice o se omite.
Por eso, en las informaciones periodísticas que atañen a una especial sensibilidad, como es el caso de las escalofriantes cifras del endémico paro, si no nos ponemos en la situación de quien no tiene un trabajo, si no respiramos su mismo aire, difícilmente podremos apostar por él como se merece en esa idea conjunta que todos albergamos (estoy convencido de que es así) de construir sociedad.
Tener en cuenta la existencia de cinco millones de parados es una condición “sine qua non” para comprender la fuerte necesidad de solventar urgentemente su situación. No podemos olvidar el trance de los parados y de sus familias. Pensemos lo que es no poder pagar un recurso básico como la leche, la carne, el pan, los huevos, un pantalón, unos zapatos, el lápiz o los colores de los niños para su uso en la escuela, unos caramelos…
Es duro pensar que esta situación se encona y dobla por la mitad a personas hechas y derechas, a adultos, a jóvenes, a mayores, a hombres y mujeres, a los que son nacionales, a los que vinieron de otras latitudes en busca de un futuro mejor… El respeto a uno mismo pasa porque se pueda ganar su propio sustento, si le dejan… las circunstancias, ahora tan adversas.
La honorabilidad humana, la dignidad de todos, se sustenta en el hecho de poder mirar de frente al problema económico para, en comandita, solventar la caída del empleo y de las finanzas públicas y privadas. Es una situación tan terrible que exige grandes dosis de entusiasmo y de ilusión, así como de solidaridad laboriosa de todos sin dejadeces y enfrentamientos que nos conduzcan a perder un tiempo que no tenemos, que, sobre todo, no poseen los parados de la Tierra.
El 25 por ciento de la población española lo constituyen parados; un 65% de quienes trabajan consiguen ganancias inferiores a los mil euros; un 40 por ciento de los jóvenes están sin empleo, y todo tras una fuerte inversión en tiempo, en existencia, en dinero también, para que viviéramos mejor y fuéramos más felices… ¿Qué ha pasado? Las respuestas urgen ya, así como la apuesta decidida para que las voluntades funcionen en pos de los más débiles. No esperemos a que la justicia de los últimos se realice en el reino de los cielos. Aquí, ellos también, tienen sus derechos.
Defendamos el bienestar común, pues es ése el que se prolonga en el tiempo, y confiamos en que también en el espacio. Esta coyuntura, con ser injusta e insostenible, que lo es, es, fundamentalmente, amoral. Acertemos a entender, empáticamente, lo que pasa individualmente a millones de desheredados. Su fracaso individual y colectivo es el nuestro. Si no lo vemos de esta guisa, será cuestión de tiempo que el fracaso sea mayor. El de todos.
Por eso, en las informaciones periodísticas que atañen a una especial sensibilidad, como es el caso de las escalofriantes cifras del endémico paro, si no nos ponemos en la situación de quien no tiene un trabajo, si no respiramos su mismo aire, difícilmente podremos apostar por él como se merece en esa idea conjunta que todos albergamos (estoy convencido de que es así) de construir sociedad.
Tener en cuenta la existencia de cinco millones de parados es una condición “sine qua non” para comprender la fuerte necesidad de solventar urgentemente su situación. No podemos olvidar el trance de los parados y de sus familias. Pensemos lo que es no poder pagar un recurso básico como la leche, la carne, el pan, los huevos, un pantalón, unos zapatos, el lápiz o los colores de los niños para su uso en la escuela, unos caramelos…
Es duro pensar que esta situación se encona y dobla por la mitad a personas hechas y derechas, a adultos, a jóvenes, a mayores, a hombres y mujeres, a los que son nacionales, a los que vinieron de otras latitudes en busca de un futuro mejor… El respeto a uno mismo pasa porque se pueda ganar su propio sustento, si le dejan… las circunstancias, ahora tan adversas.
La honorabilidad humana, la dignidad de todos, se sustenta en el hecho de poder mirar de frente al problema económico para, en comandita, solventar la caída del empleo y de las finanzas públicas y privadas. Es una situación tan terrible que exige grandes dosis de entusiasmo y de ilusión, así como de solidaridad laboriosa de todos sin dejadeces y enfrentamientos que nos conduzcan a perder un tiempo que no tenemos, que, sobre todo, no poseen los parados de la Tierra.
El 25 por ciento de la población española lo constituyen parados; un 65% de quienes trabajan consiguen ganancias inferiores a los mil euros; un 40 por ciento de los jóvenes están sin empleo, y todo tras una fuerte inversión en tiempo, en existencia, en dinero también, para que viviéramos mejor y fuéramos más felices… ¿Qué ha pasado? Las respuestas urgen ya, así como la apuesta decidida para que las voluntades funcionen en pos de los más débiles. No esperemos a que la justicia de los últimos se realice en el reino de los cielos. Aquí, ellos también, tienen sus derechos.
Defendamos el bienestar común, pues es ése el que se prolonga en el tiempo, y confiamos en que también en el espacio. Esta coyuntura, con ser injusta e insostenible, que lo es, es, fundamentalmente, amoral. Acertemos a entender, empáticamente, lo que pasa individualmente a millones de desheredados. Su fracaso individual y colectivo es el nuestro. Si no lo vemos de esta guisa, será cuestión de tiempo que el fracaso sea mayor. El de todos.





















