LA DENSIDAD DE LA SANGRE
Lo que ha sucedido antes de nuestro nacimiento está compuesto del mismo material con que se forjan los sueños. Los episodios previos a nuestra llegada efectiva al mundo pueden suponer el vínculo que mantiene una comunidad unida, ya sea ésta una familia, un país o una especie, pero, desde el punto de vista de nuestra percepción personal, su sustancia nuclear no difiere en nada de la que conforma las historias, sean éstas de ficción o no. De hecho, todo aquello que sucedió antes de nacer nosotros, fuese la tarde anterior o trescientos mil años atrás, nos llega siempre en forma de historia. Igual que los cuentos, igual que las novelas, igual que las películas. Con la única salvedad de que estas historias de ficción, absolutamente reales dentro de este ámbito, el de la ficción, pueden existir ante nuestros ojos en cualquier momento. Lo único que debemos hacer es leer una novela o ver una película y en ese mismo instante se materializarán ante nuestros ojos en toda su realidad ficticia. En cambio, los episodios puramente históricos nos exigen, en cierto sentido y con todos los matices pertinentes, un acto de fe.
La historia de la familia de cada uno y los episodios de la vida de los miembros a los que no llegamos a conocer habitan esa misma bruma pretérita, están envueltos en el mismo halo de misterio, tan ajenos a nuestra percepción directa como las aventuras de Huckleberry Finn. O incluso más todavía, puesto que, como he apuntado anteriormente, con abrir las páginas de la obra de Mark Twain podremos asistir directamente a la historia de Huckleberry Finn en toda la amplitud y profundidad posibles dentro de su naturaleza literaria. En cambio, nunca podremos tener esa misma percepción directa y completa de la vida de nuestros antepasados, que nos llegará de forma indirecta en forma de relato y, las más de las veces, indudablemente dulcificado. Por tanto, podemos afirmar que nuestros tatarabuelos nos resultan más ajenos que Huckleberry Finn, Han Solo o Clark Kent, por poner tres ejemplos.
Entonces, ¿qué diferencia existe entre la amistad y la familia? A no ser que atribuyamos a la sangre una cualidad mágica de nexo intergeneracional, cabe preguntarse qué es lo que nos une a unas personas más que a otras, independientemente de que se comparta determinada carga genética o se tenga un pasado familiar común. Partiendo de que el amor y la amistad son las dos formas de relación humana más habituales, podemos afirmar que la gran diferencia entre ellos se resume en la intensidad y la intimidad del nexo emocional en que se basa cada uno. En ambos casos se trata de nexos de la misma naturaleza, pero que en la relación amorosa adopta una intensidad e intimidad superiores, lo cual suele deberse a la mayor cantidad y más honda profundidad emocional de las experiencias compartidas, es decir, de su historia. En la práctica, eso es fundamentalmente una familia: una historia común que se remonta a un pasado inmemorial y se mantiene viva a través de las relaciones y experiencias que en cada generación sus componentes desarrollan y comparten. En otras palabras: el roce hace el cariño.
Lo que sucede es que generalmente solemos tener más roce con los miembros de nuestra familia que con cualquier otra persona. Pero que tire la primera piedra quien no tenga un pariente a quien no soporta o un amigo por el que sacrificaría casi cualquier cosa. Por otro lado, también la amistad se fundamenta sobre un montón de experiencias compartidas, una historia común que no se remonta a un pasado lejano anterior a nuestro nacimiento, sino que ha sido fabricada de forma directa por nosotros y nuestros amigos. Podemos concluir, por tanto, que (sin dejar de lado el matiz de la intimidad y la intensidad del nexo emocional anteriormente comentado) un grupo de amigos no es diferente de una familia, excepto por la historia compartida, ya que no hay condicionantes anteriores a nuestro nacimiento que dicten la naturaleza de una relación de amistad: tenemos que construirla desde cero.
Esto mismo reflexionaba en el tren hace unos días. Recorría la segunda mitad de un viaje de más de mil quinientos kilómetros que hice solamente para asistir a una cena. Y la cita no era con grandes mandatarios patrios y extranjeros ni con personalidades del mundo de la cultura, la ciencia y la sociedad. Era una reunión de excompañeros de colegio e instituto. Gente a la que, en algunos casos, no había visto en los últimos veinticinco años. Con muchos no había coincidido ni había tenido contacto de ningún tipo más de tres o cuatro veces a lo largo de esas dos décadas y media. Y es que hace veinticinco años no teníamos las posibilidades de comunicación a distancia que hoy nos brinda la tecnología. No todo el mundo tenía ordenador porque, simplemente, no era imprescindible. Sólo existía el teléfono (y yo nunca he sido muy amigo de la comunicación telefónica).
El reencuentro fue emocionante. Nos abrazamos una vez, nos volvimos a abrazar y repetimos los abrazos hasta cerciorarnos de que habíamos saldado la cuenta de cariño pendiente por los años sin vernos. No hubo periodo de adaptación. Nada más saludarnos estábamos haciendo las mismas bromas que nos hacíamos de chavales; la dinámica de nuestras interacciones apareció como por arte de magia, sin necesidad de forzar nada. Estaba ahí, nada más. Quizá siempre había estado ahí, aunque a veces se ocultase. Ésa es la fuerza de la historia común construida en primera persona por un grupo humano y no heredada de aquellos a quienes no llegamos a conocer.
Muchos de mis amigos han tenido hijos sin yo saberlo hasta este día, otros han dado prácticamente la vuelta al mundo y algunos han permanecido en el lugar donde los dejé. En el mismo lugar donde quedaron los recuerdos de nuestra juventud, donde compartimos la agridulce bienvenida a los primeros aspectos de la vida adulta y la simultánea despedida a la ingenuidad infantil: el camino al colegio subiendo la cuesta del cuartel, la tensión de trocar el colegio por el instituto, los entrenamientos bajo una lluvia que congelaba los dedos de tal modo que apenas éramos capaces de desatarnos los cordones al acabar, las carreras con botas de tacos sobre el asfalto, los fines de semana de partido, los recreos pasados al calor del radiador bajo la ventana, las gamberradas con más enjundia que las propias de los niños, la búsqueda de la propia identidad apoyado en la aparente seguridad de quienes se encuentran tan perdidos como tú, las primeras excursiones pernoctando fuera de casa, los enfados por estupideces y las reconciliaciones entre risas, la primera cerveza (y la segunda…), las primeras muestras de rebeldía para probar los límites de nuestros profesores y padres (y, con ellos, nuestros propios límites), el desenfreno emocional, el descubrimiento de lo prohibido, las primeras despedidas de verdad. Todo esto se materializó de manera natural aquella noche, en la que, con el pasar de las horas, nos debatimos entre la necesidad de recogernos (la edad no perdona) y la voluntad de quedarnos, como tantas otras veces, hasta el amanecer.
Dice Cicerón en su obra «Sobre la amistad» que solamente la sabiduría está por encima de la amistad. La relación con nuestros familiares, especialmente los más cercanos, nos recibe en este mundo en gran parte ya cimentada. Nuestras relaciones de amistad, en cambio, las construimos sobre un suelo crudo. En ambos casos, su base es un sustrato compuesto por experiencias colectivas, por descubrimientos comunes y por el enfrentamiento de obstáculos similares. Y es que el arraigo y la fuerza de una historia compartida tienen la misma densidad que la sangre.





















