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Opinión | El canto de la moneda
Jueves, 26 de Diciembre de 2024
Fernando Mateo Martín

SIN TIEMPO PARA LA VERDAD

 

Ricos y pobres no tienen tiempo para saber la verdad, la verdad sobre una mecánica global que día tras día trabaja sin apenas esfuerzo para conseguir – con notable eficiencia, por cierto – que nosotros, los seres humanos, pensemos y llevemos a cabo una forma de pensamiento único y global muy específico, con el fin de que nuestra forma de vida reme en la dirección que deciden algunas personitas por nosotros.

 

Ambos grupos tienen sus motivos para permanecer al margen de una preocupación que la mayoría no estarían preparados para entender y asimilar, y no les culpo. La vida ya de por sí es cruda y furcia cada cierto tiempo, y se encarga de que no nos durmamos en los laureles, de tal modo que preocuparnos por algo que no podemos ver o sentir de forma directa se hace una ardua tarea que nos llevaría a gastar una energía que todos y cada uno de nosotros necesitamos para lidiar con nuestro día a día.

 

Nuestras preocupaciones están directamente relacionadas con el amor, el trabajo, la salud, las desgracias e incluso con un pasado o futuro que no existe – por más que nos empeñemos en vivir lo que un día fue o, por el contrario, lo que todavía no ha llegado – y que frustra y complica un presente del que nos alejamos sin apenas darnos cuenta. Ni qué decir de aquellas ansiedades relacionadas con la necesidad de buscar continuamente la aprobación de los demás, así como los codiciados likes cuando hacemos alguna de esas cosas chulis que nos encanta hacer públicas en redes sociales para provocar – o al menos es como lo imaginamos – una reacción de envidia… ¿sana? Definitivamente no tenemos tiempo para historietas.

 

La carrera de la rata y su látigo funcionan a la perfección y lamentablemente es imparable, implacable. El sistema en el que vivimos ya se preocupó en su día de que perdurase y fuera inquebrantable – quizá algún día hablemos de la conocida y mal llamada “clase media” y del por qué se creó y en qué circunstancias –, y por mucho poder o dinero que se tenga no hay nada que se pueda hacer para evitar que un día cualquiera de nosotros nos miremos al espejo y nos demos cuenta de que siempre tuvimos una cadena en el cuello que nos impedía salir de un sistema que viste de corruptelas y mentiras, de unas normas establecidas por unos seres que, a mi parecer, jamás quisieron ni quieren el bien para la humanidad. Imposiciones violentas y sin derecho a queja: “Tú solo vive, cierra el pico, ni se te ocurra disidir o diferir, no hagas mucho ruido y respira mientras puedas porque yo soy tu dueño, tu amo, y me lo debes todo”.

 

Si has llegado hasta este párrafo quizá hayas sacado de forma precipitada o no, un prejuicio que me posicionaría en la tarima más alta de la conspiración facherita, como dicen por ahí los que “entienden” de socialismo en el siglo XXI (el chiste se cuenta solo); palmeros europeístas encargados de engrandecer las nocivas consecuencias que nos ha traído la farsa de un globalismo que se encarga de ajustar a medida todo aquello que cambiará nuestra forma de actuar, pensar y enjuiciar.

 

La vida me ha regalado y me sigue regalando el bien más preciado, el tiempo. He podido y puedo bailar con mis alegrías y mis tristezas sin la necesidad de mirar mi reloj, sin prisa y sin más inconveniente que el de aquel preciso instante. He tenido por muchos años y sigo teniendo el placer y la suerte – no sé si gracias a tu dios o al mío – de observar y analizar en soledad una sociedad engañada, enfrentada y frustrada que lucha por conseguir una felicidad que llega a cuenta gotas porque así lo decide – aunque a ti no te lo confiesen – tanto los de la corbata con brillantina y monóculo como el de la chaqueta de pana y chica de pelo azul con carnets oficiales de moralistas y calificadores oficiales de buenas y malas personas en función de tu pensamiento y creencia.

 

Hace ya algunos años que me interesé por el funcionamiento de la economía, y después de algunos años me pregunté: ¿Cómo era posible que un mundo como el nuestro estuviera calibrado al milímetro sin posibilidad de transformación o de evasión hacia unas reglas coactivas?

 

La respuesta a esta pregunta, aunque de simple apariencia, entraña una historia que pondría los pelos de punta al mismísimo Ray Bradbury, autor de una de las novelas distópicas más aclamadas y admiradas de la literatura, Fahrenheit 451, escrita en 1953. No puedo dejar de preguntarme cuál sería la cara del autor si tuviera la oportunidad de observar unas expectativas que han sido superadas con creces, pero con la pequeña diferencia de que esta vez y como casi siempre suele pasar, la realidad vuelve a superar a la ficción mientras el ciudadano aplaude su propia censura y el exterminio de su libertad, incluido en el ámbito digital.

 

Próximamente profundizaré en las intenciones de algunas élites – para la mayoría… los buenos de la película – y mostraré el motor y las herramientas que utilizan para que sigamos manteniendo un elefante de color rosa en nuestra mente mientras nos cocinan un nuevo paradigma que no podremos rechazar y en el que nos veremos obligados a vivir, y por descontado, siempre por nuestro propio bien y por nuestra seguridad.

 

Hablaremos de una ventana por la que nadie puede salir a pesar de que algunas personas tengan esa osada intención, donde solo se te permitirá observar y especular sobre qué pasaría si las posibilidades dentro del sistema económico, político y social fueran otras.

 

Te mostraré dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos. Observaremos una estructura que nos ayudará a esclarecer cualquier duda que nos impida conocer la realidad del nuevo contrato social. Comprenderás que la desfachatez política y económica no nació en 2020 en China o Estados Unidos. Entenderás por qué Europa siempre fue una pieza más de la máquina que dirige nuestras vidas y que carece de toda importancia, que no es algo nuevo y que por tanto la mentira es algo más longeva de lo que pensábamos.

 

No pretendo hacer cambiar alguna de tus ideas, ya que siempre he opinado que tanto el pensamiento como los propósitos y acciones del ser humano deben estar libres de toda influencia – aunque sea muy complicado y en ocasiones imposible evitar el sesgo, independientemente de la cantidad de fuentes que estudiemos o consultemos –, pero al menos nos entretendremos juntos, aprenderemos y en algún que otro caso, como dijo el gran José Mujica en su discurso para la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2013: “Quizá consiga que una paloma revolotee en alguna conciencia”.

 

 

Cuestionarnos aquello que entra directa e indirectamente a través de nuestros sentidos es un deber, incluyendo este texto, por supuesto, si lo que pretendemos es gobernarnos a nosotros mismos para conseguir un pensamiento individual y crítico, sin miedo a ver y compartir nuestra verdad, sin miedo a despachar incluso a aquellas personas que manejan nuestros hilos y a las que estuvimos respetando y adorando a través de un televisor o radio únicamente por unos principios fanáticos, débiles, tercos y arraigados con la exclusiva intención de seguir perteneciendo a un grupo social o político específico.

 

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Nos vemos en la ventana de Overton.

 

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