EL FIN DEL SANCHISMO - PARTE 1
Pedro Sánchez es sin lugar a dudas el político más osado e inteligente que ha conocido nuestra democracia. No es una opinión, sino un dato aprobado por la mismísima realidad que nos abraza y acalora a algunos de forma regular cada día que nuestro líder pasa dentro de Moncloa.
Pero, si todavía existe alguna duda al respecto, basta con mirar hacia atrás y ver a un ser que fue capaz de poner a todo su partido político en su contra, salir por la puerta de atrás, y luego volver para conseguir la confianza de casi la totalidad del Partido Socialista Obrero Español y de una gran parte de los partidos que conforman la supuesta casa de todos los españoles, el Congreso de los Diputados.
Digno de admirar su sangre fría a la hora de despachar no solo a miembros que ya no encajan en su modelo de desprogreso, sino que es capaz de cortarle la barba – o el moño… – a personas de plena confianza, relegándolas al ostracismo de una forma muy calculada y sin levantar una mota de polvo.
Pedro Sánchez, uno de los pocos políticos que pertenecen a ese agraciado grupo de dirigentes que siendo pillado en fuera de juego en repetidas ocasiones consigue colar gol, eludiendo el VAR de la justicia y de cualquier otro poder que intentara anular su tanto.
Una máquina, créame. Los tiene bien puestos y sabe que es imparable, por ahora, máxime teniendo en cuenta que tiene en el bolsillo a más de la mitad de los peces gordos europeos y amos de la era Woke, filosofía y tendencia de pensamiento – anti todo lo que no sea de izquierdas y todo eso… – que ya anda dando sus últimos coletazos debido a la pérdida de sus promotores, como sería el caso del ya expresidente de Canadá, Justin Trudeau.
La llegada de Trump a la presidencia de los Estados Unidos o las recientes declaraciones de Mark Zuckerberg – hasta ahora fiel defensor del progreso y de aquellos seres humanos con sentimientos de gato mimado de pelo azul antifascistas –, vaticinan el final de una era en la que algunos han vivido muy bien a costa de movimientos políticos y sociales que al parecer no han conseguido hacer de este mundo un lugar mejor.
Aquí los resultados: una deuda mundial tres veces mayor que su PIB, una desigualdad que ha aumentado considerablemente en los últimos años – sobre todo en las economías más avanzadas – según World Inequality Lab, y la corrupción política… bueno, en pleno apogeo.
He de admitir que escribir sobre las injusticias que se están enraizando en España es una práctica que me suelo limitar debido al desgaste psicológico que conlleva. Limitarse a vivir y a aceptar lo que venga es una de las formas que tenemos los pequeños mortales para lidiar con las obsesiones de legislación y coacción de aquellos que se aferran al poder con la ayuda de la sinvergonzonería y la desfachatez.
Si hoy hago una excepción es por puro desahogo, al percatarme una vez más – no sin asombro – de las ilimitadas fechorías y mentiras de nuestro semidiós, líder supremo de la justicia social y capitán de una especie de Nacionalsocialismo (económicamente hablando), que aletarga la intuición y la percepción del más desfavorecido. Así de locas son las paradojas…
Llegados a este punto, entiendo que sería justo dar una ligera idea sobre la relación tan estrecha que existe entre el amor incondicional hacia una apasionada estructura estatista y odio al sector privado con el término fascio. Normalizar el insulto fácil del gobierno y sus allegados hacia un sector de su ciudadanía únicamente por no conseguir el voto de aquellas personas que no aguantan sus limitaciones, prohibiciones y demás depravaciones, se hace pesado y, por supuesto, a menudo cruel.
Pero, cuando escuchemos el término fascista, recordemos que fue esa ideología la que consiguió formar una movilización social y masiva a base de cantos de sirena, estrangulando todas y cada una de las libertades individuales del ser humano y priorizando en un colectivismo que acabó materializando la mayor de las desgracias del siglo pasado; que fue esa fatídica ideología la que tiene unas similitudes económicas extraordinarias con la izquierda europeísta, y no al contrario.
El Nacionalsocialismo, una ideología que fue proclamada como la única salvación del mundo; un demonio con bigote que actuó aludiendo a las emociones más profundas, generando un miedo insuperable entre su población que poco tenía que ver con la realidad, al tiempo que expropiaba – no sin antes generar una fuerte y prolongada subida de impuestos indirectos al consumo, combustible y artículos de lujo, entre otros, siendo estos barnizados con una buena justificación –, y fulminaba no solo el sector privado y todo lo que tuviese relación con ello, sino también todos aquellos sentimientos – a través del control total de la educación, la prensa y la cultura – que no estuviesen ligados con un pensamiento “único y verdadero”.
¿Les suena?





















