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La Cartagena Áurea del doctor Álvarez Gómez

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Cartagena Áurea. López de Alarcón. Dibujo digital sobre papel verjurado.

 

…El casco de la ciudad es cóncavo; en su parte meridional presenta un acceso más plano desde el mar. Unas colinas ocupan el terreno restante, dos de ellas muy montuosas y escarpadas…                                      

 

Polibio describe Cartagonova. Siglo II a.c.      

 

Los romanos eran gente práctica: tenían claro que aquella ciudad que se resistiera a su dominio debía ser arrasada. Sólo había una cosa que les pudiese alejar de esta máxima: su sentido de la proporción y la racionalidad. Fue eso lo que salvó a la pacífica colonia comercial convertida por los Bárquidas en un campamento: las posibilidades que tenía Cartagonova para concentrar y pivotar todo el comercio de la Hispania Ulterior hacia la metrópolis. Los dominadores tejieron una serie de mallas que recorrían por la Via Spartaria los valles del Segura y Guadalentín, convergiendo hacia la sierra minera y su Portus Magnum; y al otro lado de la bahía hasta el pequeño puerto (Portusium, Portús). Todo el entorno estaba protegido por el Caput Palus (el profesor J.A. Artés maneja el término Iugum Trete, por su carácter elevado y defensivo). Ya dentro de la urbe, la vida se concentraba en el pentágono áureo que diseña con maestría Joaquina López, ajedrezado por calles donde la vida ha palpitado siempre, pues la impronta romana permanece en sus costumbres y en sus gentes. Tuve yo la suerte de conocer a uno de esos personajes que (herederos del pasado) han hecho suya la esencia de la ciudad: el doctor y humanista cristiano José Antonio Álvarez Gómez, cuya vida y obra ha tenido su recorrido básico alrededor de esas cinco colinas:

 

Mons Arx Asdrubalis. Muy cerca de donde estuvo el centro principal de la vida romana han vivido los Álvarez Gómez, una extensa familia de científicos y farmacéuticos. El matrimonio de José Antonio con Teresa Peña le dio además una perspectiva humanista de la vida, marcada también por la presencia de su tío, el notable poeta del 27 Julio Álvarez Gómez; y de sus hijos Juan, Pedro y Macarena.

 

Mons Esculapii: algunas de sus andanzas juveniles las localizamos en torno al monte de la Concepción, donde dicen estaba el templo del dios consagrado a la medicina, disciplina que ha servido con honores y dedicación en su condición de fundador del área de anestesia de los hospitales Santa María del Rosell y Santa Lucía, donde su huella es indeleble. Puedo dar fe de sus condiciones como galeno, pues era capaz de diagnosticar determinadas dolencias físicas con solo observar como caminabas.

 

Mons Vulcanus, que domina la zona universitaria, por donde ejerció su fecundo magisterio como académico y profesor de Farmacología: decenas de promociones de enfermeras tuvieron la suerte de poder escuchar su sabia manera de interpretar de una forma lúdica y a la vez práctica la función de las medicinas, huyendo de retóricas vacías y ejercicios memorísticos. Sus avanzados estudios sobre los relajantes musculares y el uso del curare en la anestesia han dejado profunda huella bibliográfica.

 

Mons Saturnus. Muy cerca del monte Sacro ha vivido José Antonio, atesorando allí una biblioteca científica e histórica que le ha permitido poder preparar su innumerables ponencias y conferencias, formando parte del selecto elenco de los llamados médicos humanistas de Cartagena, estando a la altura de figuras como los doctores Calandre, Ros, Pérez Lurbe, Mas, Bonmatí, Borgoñós, Ferrándiz, Romero o Martí.

 

Mons Aletes, que conducía a las afueras de la ciudad por el istmo, y que simboliza el carácter cosmopolita del doctor Álvarez Gómez, que nos dejó hace ya un año, partiendo desde el pentágono áureo que marcó su vida y su obra hacia la luz.

          

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