PATRIOTISMO ABANDERADO
En 1987 el cineasta británico Derek Jarman estrenaba una de las películas más inquietantes de su filmografía, THE LAST OF ENGLAND. La historia planteabauna visión apocalíptica de ese supuesto futuro inmediato y reflejaba una idea que se iba estableciendo como una moda a punto de acabar el milenio: la vida en las grandes ciudades de Occidente acabaría por parecerse a la estética del caos, que siempre se ha atribuido a la Edad Media.
El Londres que se describe en la película era bastante escalofriante; fábricas vacías, indigentes, fogaratas, montones de basura, edificios en absoluta decadencia…Ese Londres personificaba el escenario de lo que en una
sociedad democrática se entendería como el mundo al revés, el terror provenía del establishment. La afinidad de este film con ciertas imágenes de la tradición pictórica parecen claras, sobre todo si hacemos hincapié en algunos fotogramas. A medio camino entre la Balsa de la Medusa de Gericault y La Libertad Guiando al Pueblo de Delacroix, la construcción de Jarman tiene algo desesperado pero heroico. Los personajes huyen hacia una salvación imposible y al tiempo, igual que los personajes de Delacroix, sienten en medio del caos la necesidad de
seguir adelante.
Los trapos que agitan los naúfragos de Gericault son camisas y banderas maltrechas, pero se han convertido en el estandarte impecable. Lo que porta la mujer como símbolo de la libertad guiando al pueblo, en el film de Jarman sería la bengala. En realidad el nexo común de todos ellos era una fuerte preocupación sobre la fragilidad de la civilización.
¿Qué representa entonces la bandera en una sociedad como la nuestra? ¿Qué representa en una sociedad inestable, hipercomunicada, mestizada y segregada?
Ernest Renan exponía sus dudas sobre el patriotismo en una conferencia dictada en La Sorbona de París diciendo que el patriotismo depende de una tesis más o menos paradójica. Alguien le dice a un patriota: “ Diste tu sangre por aquella causa porque creías que eras celta, y nada de eso, resulta que eres alemán y diez años más tarde te dirán que eres eslavo”. Lo cierto es que las banderas tienen otros usos no estrictamente patrióticos.
Son un distintivo de un grupo, una especie de marca registrada que se utiliza muchas veces para saber que “ellos” no son “nosotros”. La bandera está sometida a un proceso fetichista y a sobrevaloraciones de lo que cada uno quiere que signifique, en realidad me apena ver cómo ha perdido credibilidad en el territorio contemporáneo, no solo de la representación, sino de la tierra que pisamos todos los días.
Los expertos en publicidad bien saben de lo que hablo, para ahondar en el inconsciente del consumidor hay que repetir hasta el hastío, y esto lo saben muy bien los norteamericanos, cuya bandera se transforma en manteles, calendarios, ceniceros, camisetas, kleenex y cualquier objeto vendible. Poderosa como la Estatua de la Libertad o como el Empire State Building, ella es mucho más que un objeto vendible, es la clara manifestación del ser y el pertenecer a una patria. Aquí la cosa cambia y su análisis bien daría para otro artículo, quizá lo haga, eso sí, sin herir sensibilidades. Lo que está claro es que se puede ser patriota solo de imagen para afuera, Delacroix no hirió a nadie, pero todo el mundo entendió su cuadro. Patriotismo abanderado sí, ya saben el por qué…





















