Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

Opinión |
Jueves, 23 de Enero de 2020

Tened miedo, mucho miedo

 

El pacto de la Transición española se construyó sobre el miedo. Y fue muy bueno que así fuera. En la vida hay que tener temor de Dios y de otras cosas que no son Dios. Los verdaderos valientes tienen todos miedo, y los otros sonríen como el ex presidente Zapatero. Cuando murió Franco de viejo en su cama, al que sólo pudo humillar la enfermedad, los franquistas temían que llegara el comunismo, el comunismo tenía miedo de no llegar nunca, y los socialistas, recién llegados de la cuasi inexistencia, temían que se quedara o llegara alguno de los dos, o los dos a la vez. "Si no son unos son los otros, y si no todos juntos".

 

La situación del país era de una confusión extraordinaria, pero nadie, salvo casos aislados, perdió la cabeza ni la Ley. De la Ley a la Ley. Justo no que no va a ocurrir en esta época. Había partidos y asociaciones que cabían en un ascensor y nadie sabía ya si era de los suyos. Hasta los carlistas, tan tradicionalistas ellos, no sabían si meterse a comunistas (Carlos Hugo) o a juancarlistas (Sixto de Borbón). Todos estaban sanamente acojonados. Y como sanamente acojonados fueron a pecho descubierto a encontrarse, con la boca seca. Y como todos querían matarse y habían esperado demasiados años para hacerlo lo que hicieron, para abreviar, fue darse la mano (menos los carlistas, que en el 76 se liaron entre ellos a garrotazos y tiros en la montaña sagrada de Montejurra, como recuerda un viejo amigo argentino que estuvo allí de invitado con pistola). Lo recuerdo bien. Mi madre compró excedentes de garbanzos por si se declaraba otra Guerra Civil.

 

Pero, contra lo esperado, no se declaró nada salvo los tres días de luto y banderas a media asta que ordenó Fidel Castro en Cuba, en honor del Generalísimo. Había cabezas en la política, por entonces. Y sobre todo y más importante, lo que había es un recomendable terror. Los únicos que no lo tenían eran los excarcelados en las dos amnistías. Todos los que hicieron el país que no nos hemos dado cuenta que ha sido el más libre del mundo en los últimos cuarenta años era gente que o bien había estado implicada directamente en la Guerra del 36 (Tarradellas, la Pasionaria, Carrillo...) o bien se la había contado de primera mano a la generación siguiente, haciendo ese supremo esfuerzo de los que nada quieren recordar pero son conscientes de la imperiosa necesidad de hacerlo, para que no se repita. Lo de "Paz, Piedad, Perdón" fue en realidad miedo a que la Historia se repitiera (y por seguir las palabras de Carlos Marx) la segunda vez como farsa pero de forma no menos sangrienta, y aún más estúpida. Nunca como en la Transición se bebió más café torrefactado, esa asquerosidad carbonizada, ni se fumaron más cigarrillos en España, de puro nerviosismo. Hasta las cunas de los bebés olían a tabaco negro, y la mitad de esos pitillos procedían de políticos.

 

Signo inequívoco de que fue el miedo, y no la moralidad, lo que hizo templados a todas aquellas personas es que el secretario general del Partido Comunista de España, el antes mencionado Carrillo, abjuró muchos años más tarde de su propia templanza durante la Transición... cuando ya no tenía miedo. España fue un ejemplo para el mundo. Me temo que irrepetible. Hoy en el país nadie tiene el miedo que debería. Ni los que buscan ganar la Guerra ochenta y tantos años más tarde ni los que se niegan a pensar que empieza a haber demasiados signos de que nos dirigimos enloquecidamente hacia ese escenario. Hoy no hay ejército español. La sociedad en general está desarmada, salvo los cazadores. Los que más deberían temer, por su inmaculado historial de derrotas, son ahora los más envalentonados. El boca a oreja de los infortunados protagonistas de la última Guerra (los que la sobrevivieron) sólo ha durado dos generaciones. Me siento afortunado de formar parte de la última de ellas, de haber nacido justo cuando había que nacer. Afortunado de haber aprendido cosas marcadas a fuego de toda aquella gente sabia por el horror y la extrema privación, muerta hace muchos años, cuya corona de crisantemos llevo al cuello desde entonces.  

 

Ahora hay una generación en política que creen que pueden jugar a buscar al espanto como si fuese un videojuego, pretendiendo que el espanto sea controlable. Nunca olvidaré el relato de un republicano comunista, aún en su madurez, que le contaba a aquel niño que bebía en los mayores y que se parecía a mí como tenía que asomarse de la trinchera, y por pararse un momento a encender un fósforo a su compañero le asomaron la cara por el cogote, con una bala explosiva. ¿Quién quiere que le vuelvan el rostro como un calcetín? ¿Quien desea ser el primero? Hoy día parece haber muchos dispuestos, porque el peligro para ellos, desde sus salones urbanitas, es una noción vacía, una conseja de viejas.

 

El tedio de la sociedad de consumo, la comodidad, la abundancia, todo eso aleja y anula el recuerdo del miedo. Incluso los que saciaron sus peores instintos durante la Guerra y tal vez su sed lobuna de sangre -la Guerra consiste en eso, en simplemente poner cara a cara al hombre frente a su lóbrega naturaleza- expiaron luego sus secretos en la generosidad que sólo da el miedo. Desaparecido hoy, absolutamente, el temor de repetir el pasado porque lo que se quiere, incluso desde las instituciones, precisamente es repetirlo buscando un resultado distinto, el español no es más que un pueblo suicida del que no se quiere que quede ni un rastro histórico, como los etruscos o los habitantes de la Atlántida.

 

Deberíamos tener miedo todos, como lo han tenido todos los valientes. Lo vamos a necesitar. 

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.