Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

Opinión |
Jueves, 09 de Abril de 2020

La cola del cometa

 

Sólo cuando acabe el año 2020 sabremos el número de víctimas mortales que, en condiciones normales, debieron celebrar la llegada del 2021.  El coronavirus es sólo una parte de la cuestión, y, con probabilidad, ni mucho menos la más letal. El coronavirus es el espectáculo que se desarrolla en un escenario adyacente. Pero en el escenario principal, fuera de foco, fuera de los medios y las redes, está ya teniendo lugar el drama más devastador, que sólo a unos pocos analistas, tildados de patriotas de hojalata, parece interesar. Muchas casas particulares, donde la tensión y la desesperación crece por días, son ya casas de los horrores, pero nadie tiene tiempo para atender a eso. El índice de suicidios será este año más impublicable que nunca. Habrá una especie de "gran industria auxiliar" de males mortales que traerá la cola de cometa del coronavirus, cuando éste ya haya pasado.

 

Las enfermedades silenciosas ya se han colado por las rendijas. De puertas para afuera sólo se escuchan aplausos a las ocho de la tarde y alguna música neocaribeña más bien repugnante. Y esos olores florales, que este año parecen más insultantes que nunca, de la indiferente primavera, que va como siempre a lo suyo. Las ciudades son hoy como un decorado de cartón piedra, limpias, ejemplares, vacías y con apariencia de falsas, como pueblos-Potemkin, un modelo de la rusa zarista tan copiado luego por dictaduras como la de Corea del Norte. Dentro de las casas duermen ya las plagas silenciosas mucho peores que el coronavirus, que de momento están confinadas, esperando su momento para manifestarse en toda su majestad.

 

Nunca se producen más muertes que cuando se acaba una guerra. Antiguamente la extinción de bandos, pueblos o civilizaciones enteras se producía, no en la derrota absoluta, sino un tiempo después. En la derrota no sólo perecían los mejores hijos de la patria. También los hijos de los hijos. Eso aseguraba que se perdiera hasta la memoria. La muerte sumaria no sólo alcanzaba a los guerreros que habían participado en batallas. También se ordenaba matar a las viudas, para que no contaran a los niños lo que había ocurrido creando en éstos el odio, germen de futuras guerras, y también a los propios niños, para que nunca lo escucharan. Los viejos se solían morir solos a la intemperie, y si no se les ayudaba un poco. Como ese célebre monólogo del comandante psicópata nazi Amon Goeth en "La lista de Schindler", inspirado en las prácticas bélicas de la antigüedad, de que llevarían la aniquilación no sólo a seres humanos sino a su entera huella en la Tierra, para que pronto la misma existencia de barrios judíos en Varsovia, antaño prósperos y llenos de vida, fuera "sólo un rumor". Las plagas mejoraron el trabajo que hacían las guerras antiguas.

 

Tras la Primera Guerra Mundial murieron sólo de gripe tres veces más personas que durante el conflicto. Pero lo que produjo más muertes, dilatadas en el tiempo, fue la escandalosa pobreza que germinó entre los escombros. "Vas a criar miseria", decían sabiamente quienes vivieron la postguerra civil española, refiriéndose a las enfermedades que van del brazo de la escasez. Cuando salgamos a la calle empezará lo peor. No hace falta ver gente cayendo por los balcones para intuir lo que está ocurriendo en estos mismos momentos. Siempre fuera de foco, fuera de moda, fuera de los medios, fuera de aquello de lo que se habla. La desatención causada por la inminente ruina hará que los viejos se vayan en silencio, aún más en silencio que ahora, que ya es decir. La inmovilización forzosa de la población traerá patologías sin cuento, que no computarán. Los cuerpos suelen pasar factura meses o incluso años después.

 

Sólo al acabar 2020 tendremos unas primeras cifras aproximativas de la primera oleada de víctimas mortales. Porque las otras víctimas del coronavirus, tan directas como las que están muriendo de esa enfermedad respiratoria, irán cayendo poco a poco, de manera que nunca podremos probarlo, aunque sí saberlo. En los próximos años va a caer infinidad de gente cuyo destino era otro, antes de la aparición súbita de esto que llaman "cisne negro". Los bares más frecuentados serán las cantinas de los tanatorios.       

 

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.