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Opinión | Consejero Editorial de MurciaEconomía
Jueves, 17 de Septiembre de 2020
Francisco Martínez Ruiz

Orfeo

 

Entre las distintas alternativas que se le plantean en un determinado momento a un senior, me refiero obviamente a las mayoritariamente aceptadas por las convenciones sociales, está la de tener un perro.

 

En este punto está la opinión pública muy dividida: desde aquellos que nunca lo tendrían en atención a consideraciones logísticas y sanitarias, a aquellos que ven a los perricos de los demás con simple y escueta simpatía, pasando por aquellos a  los que siempre les ha gustado la posibilidad de tenerlo, pero las circunstancias lo han impedido. Pero con todo esto no le descubro nada al lector.

 

Una mañana fría de abril (como la que se cita en la canción de la Puerta de Alcalá ), en plena pandemia, nos entregaban en un punto de contacto particularmente desolado y próximo a las Torres de Cotillas a un cachorro que no llegaba a un mes, y de raza digamos... plural. Toda su dote era una caja de cartón y su tamaño, no mayor que un libro. 

[Img #74740]

 

Teníamos una foto de la madre, que no salía especialmente favorecida en esa toma. Y nada más. Nos preguntábamos cómo habrían sido sus primeras semanas de vida. Cuando, tras ir al veterinario , lo depositamos en el salón de casa, aún se hizo más diminuto e indefenso.

 

Pero poco a poco nos fue abriendo las páginas de su libro, y también dándonos los correspondientes y bien llevados problemas de alimentación, organización, interpretación de intenciones y estudio de aspectos de su carácter con conclusiones absolutamente infundadas. Todo esto acompañado de amplios debates sobre el nombre que debíamos ponerle, pues era esta una responsabilidad muy seria. Finalmente le pusimos un nombre solemne y culto como correspondía a la nobleza de carácter, que no de cuna, que deseábamos que tuviera.

 

Transcurrido el tiempo requerido, dio sus primeros paseos alrededor de casa. Observando todo y a todos, incluidos nosotros. No sé como nos vería, pero queríamos notar –y en verdad lo notábamos– una clase especial de cariño, una forma de mirarnos como agradeciendo el que lo hubiéramos adoptado (incluso después de ver la foto de su madre, pensaría el), y que lo tratáramos bien.

 

Yo creo que a él le gustaría poder devolvernos más, pero no sabe.

 

Es Orfeo.

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