Supersticiosos
Alegrarse de los éxitos ajenos no es, en España, más que una superstición, como pisar solo las baldosas impares por la calle. Las toneladas de buenos deseos para el año nuevo que recibimos por 'whattsap' pertenecen a la misma clase que esos mensajes en cadena que amenazan con que, si no le escribes al menos a tres personas, te caerá encima una mala suerte espantosa de origen sobrenatural, de manera que no sabrás por dónde te llegan las hostias. La gente manda clonadas las felicitaciones para el año nuevo porque, en el fondo, piensa que si no lo hace le va a ir a ellos peor. De eso se trata: los mensajes de buenos deseos dirigidos a los demás no son para los demás, sino para uno mismo. Me deseo lo mejor para el año nuevo, a mi y a mi familia. Ya sé que tú también te alegras. Un fuerte abrazo, Pepito.
De pronto, alrededor del 31 de diciembre, recibo sorprendentes promesas de felicidad a lo Disney para el ejercicio 2020 procedentes de personas con las que no me gustaría encontrarme en un callejón oscuro. Supongo que simplemente apareceré todavía en su agenda de teléfono y el mensaje navideño de parabienes está automatizado para todos. No creo que nadie sea tan estúpido para no darse cuenta que cantan mucho sus felicitaciones reenviadas, donde no viene ni el nombre de aquellos a los que supuestamente se dirigen en persona. Lo que sí creo es que un alto porcentaje de gente es tan malvada que le da igual que se note tanto que sus tiernos mensajes automatizados no van destinados en realidad a nadie, sino a su ego. Saben que esos mensajes nos humillan, y se alegran de ello. Incluso se producen hilarantes confusiones. Es muy curioso que, por ejemplo, desde que el partido Vox tuvo un sorprendente resultado electoral en la Región cada vez más gente dice que me ha llamado sin querer, aunque aprovechan para saludarme, y que ya si eso quedaremos cualquier lustro. La razón sospecho que se debe a que yo en las agendas telefónicas siempre aparezco como “Abarca”, que es justo el apellido por orden alfabético que viene antes de marcar el ahora solicitadísimo número de “Abascal”. Al menos las amenazas de muerte que le sé positivamente que le mandan debo decir que todavía no me llegan.
Pero hablábamos de este almíbar con alto contenido en conservantes industriales que nos cubre en forma de deseos para un año nuevo que de momento ya sabemos que, con quienes van a mandar en España, será desde luego memorable, pero quizás no en el sentido que quisiéramos. ¿Alguien se siente feliz, en realidad, deseando felicidad a los otros? Oh, come on. Contémonos la verdad. Hay que tener mucho cuajo para sentir alegría por el éxito incluso de un íntimo amigo. En la envidiosa España hay que ser por lo menos extranjero. A los amigos íntimos les deseamos si acaso algo de salud para que no se nos mueran del todo, pero sin exagerar. Como aquel humorista de La Codorniz, no recuerdo ahora si era Tono o era Mihura (lo mismo no era ninguno de los dos), al que todo le iba de puta madre pero ante la tertulia del café tenía que cojear y poner cara de enfermo terminal para que los amigos se apiadasen de su éxito literario y no lo despellejarán. Pobrecillo, tanto éxito y ya ves, no lo puede disfrutar, exclamaban con alivio…
La gente manda en cadena esos mensajes de felicidad para el 2020 más falsos y apestosos que la comida japonesa hecha por chinos (o la pasta italiana hervida por españoles) porque están llenos de miedo supersticioso. Pero a veces las supersticiones se hacen realidad. En 2020, y me gustaría equivocarme (aunque no creo), el miedo va a estar más que justificado.





















