David Gistau en Isfahan
Acaba de irse un español excepcional. Eso en España tiene muy poca importancia, si ni siquiera te han inugurado todavía un busto en un parque para que defequen las palomas, que se lo harán. Se llamaba David Gistau, periodista, y un día me sorprendió con un fogonazo cegador en la contra del periódico, cuando ambos coincidimos en La Razón, el periódico que probablemente mejor ha pagado de la Historia. Tenía ascendientes franceses, un cuarto de alma argentina, a la que siempre rindió emociones, reporterismos sin fronteras y cultura exquisitamente anglosajona. Por eso era tan españolazo.
Si los vascos dicen que nacen donde les da la gana, el resto de españoles de verdad eligen ser de la parte del mundo que les sale de los cojones. Por ejemplo, los españoles que nacen en Inglaterra y son de ideología "tory" se hacen más españoles que los propios españoles y sin los defectos de los españoles. No como otros falsos hispanistas de izquierda, sobre todo si son irlandeses, que hacen con España exactamente lo que los economistas marxistas con la economía. No puede existir nada más inglés que el escritor extremeño Joaquín Peyró (ni siquiera un inglés) y no hubo nada más español que este ciudadano del mundo que fue Gistau.
Bromeaba con que algunos lo llamaban "Gistó". Como buen español con el interior cultivado en otros sitios, no trataba de destruír su país, sino que se conformaba con amarlo en sus defectos. Hizo cuanto pudo por su supervivencia, en columnas y libros (dos de ellos, nada menos, dedicados a Zapatero, personaje que le causaba una aversión instintiva y que Gistau acertó a detectar hace años como el sonriente huevo de la serpiente). Madridista underground, miembro de los últimos de Filipinas del entrenador Mourinho (al que luego negó su vuelta), nostálgico de todas las cosas bellas que por supuesto, como bellas, se han ido, se proyectaba hacia el inmediato futuro y en cada frase suya se escondía lo que todavía no había pasado pero iba a ocurrir. No fallaba jamás. Fue el autor de una definión del partido Ciudadanos, cuando Albert Rivera, ya definitiva: "la Iglesia de la Cienciología de la política". Puros, sonrientes, lavados, perfectos y un poco diabólicos. La Cienciología hace tiempo que cerró su lujoso local en Madrid. Tenía el físico, y probablemente la misma armadura de hierro fundido, de Sancho "el fuerte" de Navarra. Como todos los verdaderamente poderosos, murio muy temprano. Dios llama pronto a los miembros de su guardia pretoriana.
No se me va de la cabeza la idea de que llevaba tiempo escribiendo sus columnas con una lesión cerebral que se reveló mortal, provocada por su práctica habitual del boxeo. Esto demuestra que es posible escribir sin que se note nada con una espesa sombra en la cabeza, como yo mismo llevo escribiendo toda la vida con el cráneo fracturado. Ya que eso no acabó conmigo, siempre he aprovechado para hacerme ahí la raya del pelo, siguiendo el profundo cañón en el hueso, hasta la coronilla. Pero sobre todo lo que no se me va de la cabeza es ese misterioso determinismo que persigue a algunos elegidos, y que establece que hagas lo que hagas, y por más lejos que huyas, no podrás escapar a su sino familiar. Como el cuento persa de Borges sobre la presencia de la muerte en Isfahan y el hombre que huyó a esta ciudad pensando que así la muerte no le encontraría. El padre de David Gistau murió prematuramente dejando a david muy niño. Gistau, el día en que superó en edad a su padre, juró ante el Destino y los lectores que a sus propios hijos no les ocurriría lo mismo. La Providencia, y no lo hemos sabido hasta ahora, lo miró tristemente y torció la cabeza. Gistau ha dejado muy niños a sus cuatro hijos, como lo dejaron a él.
Como en el cuento persa de Borges, encontró a la muerte en aquel lugar en que la muerte no esperaba encontrarlo, pues la muerte se había sorprendido de verlo, por la mañana, en otro lugar distinto de aquel donde debía llevárselo...






















