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Opinión | Consejero Editorial de MurciaEconomía
Jueves, 05 de Noviembre de 2020
Francisco Martínez Ruiz

Espera lo mejor, prepárate para lo peor

 

Hace ya algunos años, y gracias a la aportación intelectual hecha discurso de Zygmunt Bauman, habíamos terminado por comprender que todo lo que en la sociedad estaba pasando se podía, por fin, definir como la modernidad líquida. Todo era caduco o caducable, inestable, fluvial e imprevisible. Su aportación como digo nos esclarecía la mente para que supiéramos comprender, aunque no entendiéramos. Lo que significaba algo así como estar al tanto, pero poco más.

 

Y su construcción abordaba las relaciones y tendencias sociales, el amor o la propia vida. Así desde 1999 a 2005. Ya en 2010 recibió el premio de la Academia Sueca junto con Alain Touraine, otro prestigioso sociólogo francés que tuvo entre sus doctorandos al actual ministro de Universidades, Manuel Castells.

 

Después, unos años después, apareció Harari, quién también abordó un extenso trabajo desde su cátedra de la Universidad Hebrea de Jerusalén, para intentar centrar de nuevo el mundo, el hombre, el futuro, descendiendo con brillante técnica expositiva a temas tales como la historia del hombre, las religiones, la inmigración o la economía del futuro.  Ofrecía una reflexión panorámica que nos ayudara a pensar que somos una corta parte de la historia y que todos los temas deben ser vistos, sentidos y analizados desde una perspectiva evolutiva, comparada y prospectiva. Y también nos ayudó a entender, aunque algunas cosas no las comprendiéramos o directamente no nos parecieran bien…

 

¿Y ahora, hoy?

Estamos asistiendo a una desgracia global, de las que ya han existido precedentes en otras épocas de la historia. Pandemias, guerras, desastres naturales.

 

En un obvio primer plano hay tres actores frente al reto: clase política, comunidad científica, responsabilidad ciudadana. En este primer plano, resumiendo, no podemos afirmar que la clase política esté – en términos generales o en menos generales- liderando una respuesta efectiva. Es abrumador el reto al que se enfrenta. Como de desconcertantes son algunas de sus medidas. Aquí no hay libros de Premios Nobel, sólo está el Boletín Oficial del Estado, y los de las administraciones territoriales. En la comunidad científica, la respuesta inmunológica no llega, porque no es fácil. En la responsabilidad ciudadana, va por barrios. En España, como siempre, gente muy responsable/asustada, y gente tremendamente irresponsable que por ahora minoritariamente, ha decidido pasar a la acción directa (por utilizar términos anarco), y se fija como objetivo acabar con el parque de contenedores de basura al grito de libertad.

 

Hay un plano paralelo, de una evidencia más que obvia. El derrumbe de algunos sectores de la economía: turismo, pequeño comercio, hostelería, transporte de viajeros, cultura y espectáculos, etc. Tocados de muerte.

 

Hay otros planos paralelos, el enorme caudal de paro y subsidiación que, bajo distintas denominaciones, sitúa y va a situar a gran parte de la población en estado de pre indigencia. Lo que la literatura administrativa denomina en riesgo de exclusión social.

 

Atravesando estos planos, hay riesgo cierto de problemas de orden público. Y no sólo porque el que no tiene para comer, pues busca comida como sea (lo que supongo Harari tendrá conceptualizado), sino porque existe rencor social acentuado, y que no es de etiología pandémica, sino que ésta la ha agravado.

 

No sabemos quién puede aparecer – tal vez no esté disponible - centrando, despejando y dándole un sentido a esta maldita mezcla de sociedad entristecida, asustada y empobrecida.

 

Estoy pensando ahora en el apagón.  Restaurantes, terrazas, bares. Seguro que esta medida es necesaria, desde el criterio actual de los que toman las decisiones. No es momento de invocar en detalle, por este orden, la identificación de los focos de conflicto y propagación. Tal vez no sea lo mismo discotecas, pienso, que restaurantes o terrazas.

 

Tal vez estemos entrando en un terreno que afecta a dos derechos : si yo cumplo todas las normas, usted no puede cerrarme sin razón. Y si lo hace, usted Estado, debe indemnizarme, en atención a razones de interés público que están debidamente ponderadas.

 

Pero hay otro derecho que tal vez no forme parte del entramado jurídico de inmediata aplicación, que es el derecho que todos tenemos a que nuestros gobernantes sean previsores; el derecho a que las medidas que se adopten pues tengan cierta homogeneidad. El derecho a no estar desconcertados.

 

El derecho a poder depositar un mínimo de confianza en quienes gestionan nuestros asuntos. El derecho a estar asustados, pero saber que hay alguien que más o menos sabe lo que está haciendo.

 

Ese derecho, esa esperanza, yo no la veo. Por eso creo que dentro de un tiempo volveré a leer a Bauman, o a Harari. Lo mismo no sirve para nada. Mientras tanto, queridos lectores, estemos atentos a nuestros derechos, que se limitan con la razón, y se explican con el criterio, y se aplican mediante leyes. No al revés.

 

Y mientras, les recomiendo seguir esta consigna, que suele funcionar.

 

Espera lo mejor, prepárate para lo peor.

 

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