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ENTRE TÚ Y YO

El punto de no retorno

Ricardo Gay Férriz Miércoles, 07 de Diciembre de 2022 Tiempo de lectura:

 

Coll del Bergús, 2.600 metros de altitud, Pirineo de Lleida. Cinco de la madrugada del 18 de marzo de 1979. Con dificultad por la acumulación de nieve y la fuerte pendiente, un equipo de ocho montañeros abrimos traza con nuestros esquís para los corredores del XXI rallye de esquí del Centro Excursionista de Cataluña, franceses, italianos, suizos y españoles que -dos horas más tarde- nos seguirán.  Un sonido desgarrador nos paraliza, y un alud de proporciones descomunales nos arrastra y engulle. Vivo mi propia muerte a cámara lenta: primero la lucha para no quedar sepultado; luego el pánico del aplastamiento y del ahogamiento; después el último hálito de vida… ¡el punto de no retorno!

 

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En el artículo anterior ('Y tú ¿a qué muelle te vas a dirigir?'), hablábamos de las elecciones trascendentales en nuestras vidas. Lo escenificábamos con dos veleros. Sólo uno nos obligaba a seguir navegando, pasara lo que pasara, pues no había posibilidad de abandonarlo: era el velero de un mástil y sin botes salvavidas; el único preparado para llegar a destino, salvo que un naufragio te acontezca. Una vez embarcado, no hay retorno. En cambio, te espera un destino apasionante: ¡las ricas islas de las Especias!, por el cual merece la pena comprometer tu vida.

 

A ti, ¿nunca te ha aplastado un alud? No hace falta que sea de nieve. Aludes hay de muchos tipos: la enfermedad, el fracaso, la quiebra, el abandono, la calumnia…

 

Son puntos de no retorno: tú y yo ya no somos igual que antes de sufrirlos. Pero son también la ocasión para hacer de tu vida una experiencia mejor. 

 

¿Cómo se vive la muerte? Tres cosas guardo grabadas en mi memoria, aun a pesar de tener el cerebro dañado por la anoxia de permanecer sepultado:

 

Primero: una mente sana lucha por sobrevivir y no abandonarse a la muerte. ¡No queremos morir! Eso es fundamental para salir adelante siempre. 

 

Segundo: el “siempre” llega un momento en el que se acaba. Todo se acaba, aunque no lo deseemos. En ese instante -sólo tienes décimas de segundo, antes de que la nieve obstruya tus fosas nasales e inunde tus pulmones; y que éste te aplaste cual losa de acero al detenerse en el fondo del valle- te preguntas: ¿Qué sentido ha tenido mi vida? ¿Qué dejo en este mundo a las personas a las que más amo? Es el examen de consciencia más objetivo que nunca antes había hecho. Ahí no hay engaño.

 

Tercero: si la soledad es dura en vida, mucho peor lo es en los últimos momentos. ¡No queremos estar solos! Necesitamos compañía que alivie, si cabe, el trance.

 

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Yo estoy disfrutando de una segunda oportunidad. Mi rescate fue una excepción en la estadística. Revista Muntanya CEC (páginas 22 a 25).

 

En realidad, cada vez que pensamos que hemos llegado a un punto en el cual no hay marcha atrás, estamos en el umbral de una segunda oportunidad que merece la pena no desaprovechar. 

 

“El final depende del principio”. Si el principio del cual partes es tu compromiso de permanecer fiel a las decisiones tomadas, por ejemplo, la maternidad / paternidad, el compromiso con tu pareja, etc., el final concluye felizmente en una vida lograda y plena, a pesar de los aludes que nos acechan. El punto de no retorno es, paradójicamente, afianzar aún más si cabe, tus compromisos. No abandonarlos.

 

¿Cómo?: Lucha con constancia, sin caer en el desaliento. Piensa qué impronta dejas con tus decisiones en aquellos a los que más amas y tienen el derecho de recibir tu cariño y, por último, acompaña a los demás, no vivas solo para ti, así será menos probable sufrir en soledad. 

 

De las seis notas que nos definen como persona (la intimidad, la manifestación, el dialogo, la capacidad de dar, la libertad y la trascendencia), la manifestación, el diálogo y la capacidad de dar necesitan del “otro” al cual dirigir nuestra vida y nuestros afectos. Esa es la experiencia que puedo compartir contigo tras mi rescate. Éste -el rescate- ha sido mi verdadero punto de no retorno, más que mi experiencia de morir bajo un alud. ¡Vale la pena afianzar nuestros compromisos!

 

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