LA SELVA SIN LEY
Todos conocemos, directa o indirectamente, al típico listillo que ha cogido «algo prestado a alguien, jejeje». Es decir, que ni piensa devolverlo ni se le ha pasado por la cabeza hacerlo. Incluso puede que usted lo haya sufrido alguna vez. Yo reconozco que me ha sucedido. Pero, claro, hay que pasarlo por alto porque ya se sabe, la picaresca española y tal. Bien, pues eso, en sentido estricto, es robar. Con picaresca, caradura o campechanía, lo que queramos. Pero robar. Y entiendo que también estamos de acuerdo en que robar está mal.
Estamos de acuerdo en que robar está mal porque nuestros valores compartidos se sustentan sobre una misma base moral. La base que nos permite estimar adecuada o inadecuada una actitud, comedida o desproporcionada una reacción y aceptable o censurable un comportamiento determinado. En román paladino: la moral nos permite distinguir lo que está bien de lo que está mal. Y es que la moral es uno de los cabos más fuertes de la urdimbre en la que se entreteje nuestra convivencia. Por eso mismo, retorcer el lenguaje en lo relativo a conductas que son moralmente reprobables es una de las formas más espurias posibles que existen de usar algo tan sagrado como es el lenguaje.
Porque el lenguaje, mediante su articulación de una u otra forma en un intercambio comunicativo, forma parte esencial de cualquier sociedad, por pequeña que sea, y, por extensión, de la totalidad de la especie humana. En palabras de Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura en 1990, las dos experiencias que forman el nudo de que está hecha la convivencia humana son el decir y el escuchar. Palabra clave: convivencia. Precisamente por ello es tan peligroso usar el lenguaje a la ligera. Y precisamente por ello también debemos tener una brújula moral perfectamente engrasada. Además, la moral es uno de los tres pilares que sostienen la Retórica. Los otros dos son la argumentación y la persuasión. Y es en este último factor en el que quiero detenerme hoy.
Persuadir es seducir, atraer, inclinar, impulsar a alguien a pensar algo. Algo fundamentado sobre hechos, razones y datos sólidos, por supuesto (esto es la argumentación). Y, lo más importante, todo ello impulsado por la incorruptible aguja de una brújula moral que tenga el norte cristalinamente claro y no admita la más mínima desviación con respecto al mismo. Pero aquí es donde la mayoría falla. En este punto es donde entra el «todo vale» del relativismo moral tan en boga en estos tiempos de particularismo extremo y obsesión por el resultado individual.
El relativismo moral es la postura que defiende que cada individuo es libre para juzgar en cada ocasión si lo que hace está bien o está mal. Según esta perspectiva, no hay manera objetiva o, mejor dicho, consensuada de saber si algo está bien o mal. Es decir, se puede justificar el robo, la violencia o cualquier otra barbaridad si quien lo lleva a cabo considera que es lo correcto basándose en vaya usted a saber qué peregrinas ideas. La ley de la selva justificada, vamos.
Huelga señalar lo nefasto de esta conducta a nivel comunicativo (recordemos lo que decía Octavio Paz sobre la comunicación como cimiento de la convivencia humana). Equivale a decir que cualquiera podría justificar la mentira, el engaño y la manipulación para salirse con la suya. Pero es la postura que permite defender que manipular y persuadir son lo mismo porque, como yo mismo he llegado a oír, «¿Quién decide lo que está bien y lo que está mal?». Pues, precisamente, la educación moral. Educación moral de la que, formulando ese tipo de preguntas, es evidente que se carece.
Según la RAE, fuente impecable a la que acudir cuando se necesita ser certero en una definición, manipular implica «distorsión de la verdad o la justicia al servicio de intereses particulares». Más claro, agua. Ésta es la gran diferencia entre la persuasión y la manipulación: el respeto escrupuloso, en el caso de la primera, a la justicia y la verdad alejado de intereses exclusivamente particulares. Pero, claro, en este caso podría hacerse la misma pregunta torticera sobre la que se sostiene el relativismo moral: «¿Quién decide lo que es justo o lo que es verdad?». Y la respuesta, evidentemente, es igual que en el caso anterior: la educación moral.
De nuevo, estamos en el mismo punto que en mi artículo del 26 de junio: sin una adecuada educación humanística es imposible obtener una adecuada educación moral. Sin una apropiada formación humanística es de todo punto imposible asegurar una convivencia sustentada sobre el respeto al prójimo y la búsqueda del bien común. Todo lo que nos queda es una guerra sin cuartel por obtener cada uno el mayor beneficio personal posible sin preocuparnos por las consecuencias de nuestros actos sobre los demás. La selva sin ley.
No sé si la línea que separa robar y pedir prestado, así como la que separa la manipulación de la persuasión, es muy fina o muy gruesa. Lo que sí sé es cómo se llama esa línea: se llama moral y es la piedra angular de nuestra convivencia.





















