A TRAVÉS DE LO ÚTIL ALCANZAMOS LO INÚTIL
Hace poco más de catorce meses, a principios de junio de 2023, murió Nuccio Ordine, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en ese mismo año. Ordine falleció sabiendo que le habían concedido el galardón, pero desgraciadamente no pudo asistir a la ceremonia de entrega en octubre del año pasado. En su lugar, lo hicieron su esposa, Rosalia Broccollo, y su hermana, María Ordine.
Diez años antes, en 2013, Ordine había publicado un opúsculo de apenas ciento setenta páginas titulado La utilidad de lo inútil. En este libro, el autor defiende la importancia de todas aquellas disciplinas que el utilitarismo imperante y el pragmatismo exacerbado que nos dominan (y nos llevan dominando siglos) consideran inútiles. Desde las investigaciones científicas que no pretenden encontrar una aplicación práctica inmediata y concreta hasta los saberes humanísticos, Nuccio Ordine desgrana cómo infinidad de enormes autores a lo largo de la historia han expresado la misma reclamación que él expresa en estas páginas y, además, demuestra cómo lo mal llamado inútil, en la gran mayoría de las ocasiones, se torna en inmensamente útil.
Lo «útil» en el libro de Ordine es lo que responde a un criterio puramente utilitarista y de resultados inmediatos. Es todo aquello que, por decirlo de una manera simple, proporciona un beneficio tangible y relativamente rápido. A su vez, esto sirve para ser intercambiado por alguna otra cosa: por tanto, el dinero es el ejemplo paradigmático de lo que es considerado útil hoy en día. En cambio, inútil en el texto de Nuccio Ordine es un término que se usa para designar todo aquello que en la sociedad hiperpragmática y tenazmente utilitarista en la que vivimos se considera que no vale para nada. Y no vaya usted a pensar que se refiere solamente a las Humanidades, tan denostadas siempre, especialmente en nuestro deplorable sistema educativo, sino que Ordine también habla de la investigación científica que se realiza simplemente por ampliar el horizonte del saber, sin objetivo práctico inmediato. De este último tipo de cosas «inútiles», las relativas a la investigación científica, el autor expone no pocos ejemplos en los que la ciencia alcanzó conclusiones tremendamente reveladoras, y no pocas veces salvadoras de vidas humanas, a través de investigaciones que no tenían una meta milimétricamente definida y claramente práctica.
En este contexto, el trabajo es una de las cosas más «útiles» que existen, porque se intercambia de manera casi inmediata (en España de forma mensual, pero en muchos otros países con frecuencia incluso semanal) por dinero, el cual, a su vez, sirve para ser intercambiado por una amplia variedad de cosas «útiles». De hecho, es la capacidad de utilizar las competencias técnicas necesarias para obtener un beneficio económico relativamente rápido lo que separa en nuestro mundo lo útil de lo inútil. La capacidad de establecer una equivalencia precisa en términos económicos es fundamental para determinar si merece la pena adquirir determinados conocimientos o no, si esos conocimientos o capacidades son útiles o inútiles.
Siguiendo este mismo razonamiento, estudiar filosofía, leer a los clásicos o desarrollar una investigación científica por el único afán de saber más son actividades tan inútiles como deleitarse con una puesta de sol, disfrutar con la compañía de familia y amigos alrededor de la mesa o pasear por las calles de lugares llenos de historia y cultura. Ninguno de estos ejemplos proporciona beneficios inmediatos y mucho menos tangibles a quien los practica. Son, por tanto, todos ellos inútiles. Y, sin embargo, es a ello, a lo inútil, a lo que dedicamos lo que conseguimos haciendo cosas «útiles».
He leído La utilidad de lo inútil este verano. Entre baños en el mar con mis hijos, comidas con amigos, cenas en familia y visitas a lugares impresionantes que desconocía, me he detenido en sus páginas y he tomado infinidad de apuntes. Después, dejé reposar los conceptos que Nuccio Ordine plantea en el texto para que sedimentasen en mi cabeza y, al mismo tiempo, observé a mi alrededor. Y lo que vi me causó un gran impacto. Vi gente que dedica once meses a trabajar salir de vacaciones como toros de lidia. Por cierto, todavía no conozco a nadie que use sus vacaciones para seguir trabajando, mucho menos para trabajar más. Es curioso que sea así, teniendo en cuenta que lo más «útil» que existe es trabajar y que la capacidad de generar recursos útiles, tangibles y prácticamente inmediatos es objeto de idolatría. Como decía un jefe que tuve, es algo bastante contraintuitivo. Y, aun así, seguimos haciéndolo. Pero volvamos a lo nuestro. Como decía, vi a gente salir de vacaciones. Y la gente que salía de vacaciones dedicaba lo más «útil» que tienen, su dinero, a la más inmensa diversidad de actividades «inútiles»: salían a cenar con sus amigos, disfrutaban de la playa con su familia, pasaban el día con sus hijos en un parque de atracciones o a bordo de un barco avistando cetáceos, degustaban una hamburguesa y un par de cervezas observando la puesta de sol, viajaban a lugares históricos por el mero placer de conocerlos en persona e incluso adquirían recuerdos de estos viajes, recuerdos absolutamente inútiles que sólo servirán para adornar la pared del salón o la puerta del frigorífico.
¿Y sabe usted lo más curioso de todo? Que tuve la sensación, aunque quizá sean imaginaciones mías, de que toda esta gente, todos ellos sin excepción, disfrutaban de lo lindo haciendo cosas inútiles.





















