El riesgo de almacenar alimentos en un mercado global
No solo los consumidores están atesorando productos básicos.
Algunos gobiernos están actuando para asegurarse el suministro de alimentos básicos durante la pandemia de coronavirus.
Kazajistán, uno de los mayores productores de harina de trigo del mundo, ha prohibido las exportaciones de este producto junto con otros, incluidas las zanahorias, el azúcar y las patatas. Serbia ha detenido el flujo de su aceite de girasol y otros bienes. Rusia está dejando la puerta abierta a las prohibiciones de envío de cereales y dijo que está evaluando la situación semanalmente.
De momento, no ha habido muchos más movimientos de este tipo. Aun así, lo que ha sucedido plantea una pregunta: ¿es este el comienzo de una ola de nacionalismo alimentario que perturbará aún más las cadenas de suministro y los flujos comerciales?
Aunque los suministros de alimentos son amplios, los obstáculos logísticos están dificultando la obtención de productos para países que los necesitan porque no los producen, ya que el coronavirus desata medidas sin precedentes, compras movidas por el pánico y la amenaza de pérdidas de trabajo.
Los consumidores en todo el mundo están cargando sus despensas, y las consecuencias económicas del virus apenas están comenzando. La posibilidad de más restricciones comerciales está despertando recuerdos de cómo el proteccionismo a menudo puede terminar causando más daño que bien, ya que esto es impulsado por la ansiedad y no en respuesta a las malas cosechas u otros problemas de suministro.
Tal como están las cosas, muchos gobiernos han empleado medidas extremas, estableciendo toques de queda y límites a las concentraciones de personas. Eso podría extenderse a la política alimentaria y llegado al extremo, llevar al racionamiento, controles de precios y el almacenamiento interno.
Algunos países están haciendo reservas estratégicas. Por ejemplo, China, el mayor productor y consumidor de arroz, ha anunciado compras de mayor volumen que nunca y antes de su cosecha anual, a pesar de que el gobierno ya posee grandes reservas de arroz y trigo, suficientes para un año de consumo.
Importadores clave de trigo, incluidos Argelia y Turquía, también han publicado nuevas licitaciones de compra públicas, y Marruecos ha suspendido sus aranceles a la importación de trigo hasta mediados de junio.
A medida que los gobiernos adoptan enfoques nacionalistas, corren el riesgo de interrumpir un sistema internacional que se ha interconectado cada vez más en las últimas décadas.
Kazajistán ya había detenido las exportaciones de otros alimentos básicos, como el trigo sarraceno y la cebolla, antes de la medida de esta semana para cortar los envíos de harina de trigo. Esa última acción fue un paso mucho más grande, con el potencial de afectar a las empresas de todo el mundo que dependen de los suministros para hacer pan.
Para algunos productos, unos pocos países, constituyen la mayor parte de sus suministros de alimentación básica. Las interrupciones en esos envíos tendrían importantes consecuencias globales. Rusia, por ejemplo, se ha convertido en el principal exportador mundial de trigo y un proveedor clave para el norte de África. Por lo que si decide interrumpir sus exportaciones de este producto, sería complicado encontrar fuentes alternativas a corto plazo dadas las circunstancias.
Si debido al pánico se llevan a cabo compras frenéticas, lo normal es que esto derive en restricciones a las exportaciones, subidas de precios y desabastecimiento.
Precios altos y desabastecimiento son el origen de otra serie de problemas de los que ya hay precedentes. Por ejemplo, entre 2001 y 2008 hubo grandes disturbios en más de 30 países de África, Asia y Oriente Medio motivados por subidas en el precio del trigo.
A diferencia de períodos anteriores de inflación alimentaria desenfrenada, los inventarios globales de cultivos básicos como el maíz, el trigo, la soja y el arroz son abundantes.
Si bien los picos de la última década fueron causados inicialmente por problemas climáticos para los cultivos, las malas políticas contribuyeron a peores consecuencias. En 2010, Rusia experimentó una ola de calor récord que dañó la cosecha de trigo. El gobierno respondió prohibiendo las exportaciones para asegurarse de que los consumidores nacionales tuvieran suficiente, derivando en precios récord a nivel mundial para febrero de 2011.
Por supuesto, las pocas prohibiciones vigentes pueden no durar, y la vuelta a la normalidad podría evitar que los países tomen medidas drásticas. Una vez que los consumidores comienzan a ver más productos en los estantes, pueden dejar de atesorar, lo que a su vez permite que los gobiernos retrocedan.
En muchos países afectado por el coronavirus como EE.UU. o Turquía, se han impuesto restricciones en las horas e incluso días de apertura, para garantizar el suministro.
Mientras tanto, algunos precios de los alimentos ya han comenzado a subir debido al aumento en las compras.
Los futuros del trigo en Chicago, el punto de referencia mundial, han subido más del 6% en marzo. La carne de vacuno al por mayor de EE. UU. se ha disparado a su pico más alto desde 2015, y los precios de los huevos no dejan de ascender.
Al mismo tiempo, el dólar estadounidense está revalorizándose frente a una gran cantidad de monedas de mercados emergentes. Eso reduce el poder adquisitivo de los países que envían productos básicos, que suelen trabajar en dólares.
Al final, cada vez que hay alguna perturbación en un mercado tan globalizado por cualquier razón, son los países menos desarrollados con monedas débiles los que más sufren.





















