Muerte Súbita
Mi hermano pequeño hablaba animadamente hace unos días con mi primo Antonio Martínez-Abarca, aún en la flor de la edad, al lazo familiar se unía el que trabajaban juntos, y de pronto el segundo tosió, se quedó callado y murió. Por más prosopopeya que añadamos, no podremos aportar en realidad nada relevante más. Sus últimos momentos caben en el espacio de un papel de fumar. Como si a mi primo lo desenchufaran de la red general, sin aviso previo por el corte del servicio.
Fue una de esas muertes súbitas que no te permiten completar la frase, ni siquiera dejar un quejido. Todo lo que ocurrió después, estupor, demandas de ayuda, disputa de la responsabilidad sobre el cadáver entre Comunidades Autónomas (el Estado Autonómico por supuesto también está por encima de los muertos, porque también está por encima de Dios y su misericordia), personación de la autoridad, levantamiento del cuerpo, etcétera, ya fue ajeno a mi primo y no le concernía para nada.
Su último acto consciente había sido una simple tos. Bien pensado, es una dignísima forma de irse, aunque en realidad mi primo se va a estar yendo sin terminar de marcharse al menos hasta que desaparezcamos, a nuestra vez, los componentes de su generación, porque yo lo sigo viendo en mi cabeza con la cara y los gestos que tenía cuando niño. Una tos como último acto consciente está bien. La mayoría de grandes hombres, cuando ven anunciarse su muerte, se preparan para dejar unas últimas palabras luminosas, dirigidas a la posteridad. "Famous last words". Hay muchos libros anglosajones que recogen estas palabras últimas. En cambio, llegado el momento, esos grandes hombres suelen hacer el más completo de los ridículos porque sus últimas palabras suelen carecer de sentido o, peor, resultar de una espantosa vulgaridad.
Tampoco le afectaba ya a mi primo fallecido que yo mismo tuviese que telefonear a su hermano para avisarlo de lo ocurrido, de una forma demasiado literaria, por abrupta, que nunca emplean los médicos, pero que fue la única que encontré en ese momento. Pude comprobar una vez más, durante esa llamada, que el llanto de verdad no se derrama desde los ojos, sino que sube por la garganta a borbotones como si viniese desde el centro mismo de la Tierra. De hecho quienes lloran así suelen doblarse o arrodillarse para estar más cerca del planeta.
Mi primo se llamaba casi como yo, y es lo más cerca que voy a estar de leer el anuncio de mi fallecimiento en los medios y en la lista de ocupantes de salas del tanatorio, y también lo más cerca que voy a estar de coger el teléfono a gente preguntándome sobre si el Martínez-Abarca que les habían dicho por ahí que había muerto era yo. No era yo, pero tenía mucho gusto en atenderlos en su nombre. Dejó esposa, niños pequeños y ese aura tan misteriosa de la muerte no como desaparición eterna, sino como incredulidad continuada.
Creo que, puestos a elegir, es menos doloroso que te recuerden como si te hubieses ausentado inexplicablemente y estuvieses en paradero desconocido pero sintiendo "de algún modo" que puedes presentarte en cualquier momento, que no que te recuerden con la convicción general de que lo único que ocurre es que estás muerto y ya está. Tengo muy observados estas dos clases de sentimientos hacia los que fallecen: aquellos que todo el mundo siente que han muerto, y por tanto el hecho no puede discutirse, y aquellos, por contra, que, por más años que pasen, nadie termina de creérselo. No sabemos por qué se produce esta diferencia, porque no sabemos nada, sólo puedo constatarlo.
Nunca como en estas ocasiones se nos aparece tan claro que la vida es algo aún no bien definido, irritantemente desconocido (no puede decirse que se sabe qué es algo si no sabemos qué hacemos aquí o cuál es el propósito claro) pero que en cualquier caso pende de un delgado hilo. Es asombroso que ese hilo no sea cortado cada día por los motivos más nimios. No sé quién dijo que lo anormal, lo que no tiene explicación, es que en la inmensa mayoría de los casos no nos ocurra nada durante el período de tiempo normal de una vida, algo que la cercene abruptamente. Así sin más, en medio de pronunciar una frase. Cada día hay mil amenazas mortales a sortear, cada vez que salimos por la puerta. Si nos quedamos en una habitación, como prescribía Pascal, es en teoría menor el número de amenazas mortales, pero también aparecen indefectiblemente. Si te escondes es peor.
Lo interesante es que no podemos identificar esos peligros, no podemos verlos venir, como en su último momento no lo vieron ni mi primo ni mi hermano, cuando hablaba con él. Simplemente, los sorteamos inconscientemente, sin saber cómo lo hemos hecho porque ni siquiera sabemos que están. Al menos, casi siempre los sorteamos. Mi primo estaba esquivando ese día los peligros mortales satisfactoriamente, como hizo en todos sus días anteriores. Lo había hecho tantas veces antes que ni pensaba en ello, como no pensamos ninguno. De pronto se encontró con algo y no hubo más. Lo extraño es que no nos pase a todos continuamente.
A la pregunta de cómo ha podido irse debemos contestar cómo es que seguimos los demás aquí.





















