El Sueño ha terminado
Es indiscutible que el cantante John Lennon fué un gilipollas muy importante. Puede decirse sin temor a exagerar (bueno, estamos exagerando, pero poco) que él inventó la progresía moderna. Él encarnó como nadie y antes que nadie, incluso antes de mayo del 68, no a la izquierda tradicional, sino a esa enfermedad infantil de la izquierda europea que consiste en ir de "progre". Las contradicciones entre su tren de vida, incluso en una época en que los rockeros se lavaban bastante menos, y sus palabras han sido muy imitadas en todo el planeta, por gentes muy diversas. Abrió todo un estilo moral que hasta entonces era muy embrionario o directamente no existía. Un modo nuevo y exitoso de estar en el mundo y de hacerse con el dinero de los demás.
Todo lo que no sabía lo afirmaba con una autoridad definitiva. Despótico en la vida privada, chamán de la "paz es amor" en público. Había venido, por supuesto (otro más, pero ojo, tal vez el más icónico y triunfador para la naciente pijería satisfecha desde el Che Guevara) a sustituir expresamente a Jesucristo. Hoy día cualquier tipo con coleta hasta media espalda, por ejemplo, ha venido a sustituir a Jesucristo, eso en tiempos de Lennon eso aún sorprendía. Pero dentro de todos esos pecadillos menores John Lennon era un maravilloso cantante -como suele suceder, el talento se concede a muchos gilipollas, o sobre todo a los gilipollas- y son precisamente sus canciones más bombásticas, más desaforadas, más hipócritas, las que más me gustan de él, porque asombrosamente son las más logradas y convincentes. Aún más: sabemos positivamente que son mentira, que son otra fantochada, y sin embargo destilan (no lo parece: de verdad destilan) una verdad trémula, humanísima, desarmante.
Escucho mucho estos días de confinamiento la canción de Lennon "God" (Dios). Bajo la apariencia de una letanía de quejas (el estilo de la queja permanente ha influido en la construcción de las sociedades post-post más que la invención del iphone), en realidad el que va de Dios en esa canción es el propio Lennon. Pues bien, indicio de su genialidad es que es totalmente creíble, y en determinadas estrofas pone un nudo en la garganta. Un nudo que se repite inalterable por muchas veces que escuchemos ese tema. Empieza diciendo "Dios es un concepto por el que medimos nuestro dolor/ Lo diré otra vez...". En realidad la versión original empezaba de forma mucho menos modesta: "Tenía un mensaje de Arriba/ y estoy aquí para decirles/ que ese mensaje se refiere a nuestro amor/ Los ángeles tuvieron que enviarme para entregarles esto a ustedes/ Ahora escuchemos, hermanos y hermanas...". Lennon se presentaba, he dicho, como Jesucristo en sustitución de Jesucristo. Tenía un mensaje divino para la humanidad. El mensaje básicamente consistía en que nos amáramos y abandonáramos Vietnam y todo eso, sin olvidarnos de entregarle el dinero.
Sin embargo, canta esta canción de forma tan doliente, tan auténtica que hay que hacer un esfuerzo intelectual serio para no creerse cualquier cosa. La increíble labor del criminal productor Phil Spector, que da a la voz de Lennon una especie de sensación de recién despertado temprano tras una noche de pesadillas, mientras hay neblina en el jardín de casa, tiene mucho que ver. En "God", Lennon, tras despreciar a todo el mundo en absoluto -todo el mundo quiere decir todo el mundo- menos a él y a su mediocre artista japonesa, llega a las estrofas definitivas, que me vienen todos estos días solitarios a la mente, a todas horas. "Yo era la morsa (Nota del autor: con los Beatles se disfrazaba de morsa)/ Pero ahora soy John..." Y termina estilo Zaratustra, aunque un Zaratustra al que se le quiebra la voz: "El sueño ha acabado".
Me sigue estremeciendo y haciendo que mi mente vuelva a donde no quiere volver, por muy desenmascarado que Lennon haya quedado a través del tiempo. Hay una sinceridad tal vez involuntaria... Muchos de ustedes, si están teniendo que pasar este inacabable confinamiento a solas, y a veces a solas acompañados, habrán pensado, como Lennon, conozcan la canción o no (me da que en estas estrofas concretas no mentía, en un sentido profundo y, repito, tal vez involuntario, que presentía su naufragio sentimental con la japonesa, tras el que se fue cuatro años de borrachera en el llamado "fin de semana perdido", y hasta su posterior asesinato) en quiénes eran antes y quiénes son ahora. Una pregunta muy pertinente en estas fechas.
En mi caso sé perfectamente quién era antes. También fui el payaso de la pandilla, el que contaba los chistes, el gracioso (sí, el gracioso) el que hacía a otros ligar. Ahora no tengo la menor idea de qué soy: no sé cómo me llamo y estoy muy perdido, como ese desmoronamiento final en la voz, como el desmoronamiento de todo aquello en lo que creímos, que va más lejos y a la vez más adentro que el desmoronamiento al que estamos asistiendo de España. Dream is over.





















