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Opinión |
Jueves, 28 de Mayo de 2020

Todo saldrá bien

 

Hace un tiempo se puso muy de moda una especie de "guerra de los autobuses". Determinados colectivos o incluso élites intelectuales alquilaban autobuses para pasear alguna frase provocadora por las calles en las ciudades y, supuestamente, remover las conciencias. Creo que el primer autobús cuyo letrero escandalizó a España, si no contamos aquellos de postguerra donde ponía "los rojos no usan sombrero" (la verdad es que no creo que eso saliese nunca en algún autobús, pero lo mereció), y que era importación de otros autobuses que salian en el Reino Unido, fue uno que patrocinaban los ateos. "Dios no existe. Así que relájate y disfruta de la vida", venía a exclamar, más o menos, el  mensaje en el lateral del autobús. 

 

Eso de sentir la necesidad urgente de proclamar que Dios no existe es algo tan británico como el "speaker" gritando consignas socialistas o bien milenaristas subido a una caja que siempre se ponía en una esquina de Hyde Park. Entretenéos mientras podáis, que no hay ninguna luz al final del túnel. Existe una vida mejor, pero es esta, y cosas así. Para ser una sociedad más bien callada, los británicos sienten una irresistible tendencia a comunicar cualquier cosa. Los ateos anglosajones es un colectivo más pequeño, pero al menos tan influyente como el Ejército de Salvación o la Sociedad Psíquica. Se criticó que aquel autobús lo que hacía, en realidad, era privar a todos del disfrute en esta vida. Porque, asegurando que Dios no existe y, por lo tanto, que cuanto mueres acaba todo y que te queda poco tiempo, siempre menos que el que crees, uno no se relaja nunca lo suficiente. Pretendía vender optimismo y en realidad diseminaba la desgracia existencial. Los ateos (alguien los ha llamado acertadamente "los candorosos ateos"), me temo, siempre han andado un poco perdidos.

 

Luego vinieron los autobuses antiabortistas o "contra la casta" (eso fue en la lejana época de hace dos días previa antes del chalet de Galapagar), entre otros. Ahora veo un tal autobús patrocinado por el Poder Público donde pone, ayudado con los colores del arco iris, "Todo saldrá bien". Se refiere al coronavirus. Hay quien se ha enfadado, acordándose del desastre social y económico producido. Pero el mensaje es totalmente cierto e incluso tiene un tufo budista, si por "saldrá bien" nos referimos a una conclusión digamos terrenal. Todo saldrá bien, efectivamente, también bien para las decenas de miles de fallecidos por la pandemia, cesad en vuestras zozobras, no tengáis miedo, no tengáis nada, porque aquí nos vamos morir todos, de coronavirus o no. Hay que ver las cosas con perspectiva, como nos enseña ese autobús con mensaje oficial. Nos va a ir bien a todos porque todos vamos a morir asombrosamente pronto, y se cumplirá la Ley de Vida hasta ahora inexorable. Esto del oficio de vivir son siempre dos telediarios, como máximo tres, así que todo va a salir según lo esperado, según lo que la Administración tiene proyectado para sus administrados, según lo que se espera de nosotros, y por tanto "bien".

 

¿Qué puede salir mal? Nada. La Religión Católica hasta nos ha quitado el Infierno para después, y lo ha colocado antes, en este valle de lágrimas. "El infierno existe pero puede que esté vacío", escribió el teólogo Von Balthasar, para animarnos. En la vida terrenal, sin embargo, no está vacío precisamente sino que, con la tecnificación, el relativismo en las relaciones humanas y el materialismo supremo, hay pocas cosas que no sean un infierno ya. De este modo, la noticia de que algún día vamos a salir de las pequeñas y grandes miserias de cada día, de los pozos anímicos con que nos decepcionan nuestros semejantes, de que todo, por mal que vaya, irá bien, creo que es bastante positiva, de buen rollo. Hoy me he levantado en plan "coach".

 

La vida es siempre lo mismo, no falla nunca, puede resumirse justamente en el lema publicitario de un autobús. La vida es un interesante argumento que, tras diversas peripecias, acaba con la muerte del protagonista. Todo esto de las fases del Estado de Alarma y del coronavirus, todo esto de vivir saldrá según lo esperable, de bien a muy bien, pasando a no mucho tardar a formar parte del cosmos como una micra de materia volandera, y aquí no habrá pasado nada. Como no puede ser de otra manera para ninguno, al menos hasta que inventen la vacuna contra la oxidación celular y la ciencia, siempre al servicio de la productividad laboral, nos castigue a vivir mil o dos mil espantosos años, pasando una y otra vez por las mismas angustias vitales y una infinidad inasumible de pérdidas. 

 

Así, la frase que luce en el lateral del que podríamos llamar "autobús del optimismo oficial" o "autobús de la autoayuda administrativa" es de una irritante obviedad, pero no por ello menos cierta. En cierta forma es un mensaje complementario a aquel del autobús de los ateos británicos. De aquí no vamos a salir vivos, así que relájate y disfruta de lo que puedas, confinado o no, hayas perdido tu trabajo o no, estés sano o a punto de irte al otro barrio. Todo saldrá bien, quiere decirse sin sorpresas. Sin aventuras. "Aquí no nos gustan las aventuras, porque retrasan la hora de la cena", decían los hobbits de Tolkien. 

 

En nuestro destino final, que todos tenemos el mismo, la hora de la cena no se retrasa nunca ni un sólo segundo. O sea, que todo bien. En orden.

 

 

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