
Estaba inscrito en la 2015 IBSC Annual Conference de la International Boys’ Schools Coalition, que ese año se celebraba en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, con el título “Lessons from Madiba”. Participábamos 650 congresistas de doce países de los cinco continentes.
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Había quedado con varios inscritos la tarde anterior para trabajar. Eso me daba un margen de unas horas por la mañana. De modo que organicé mi viaje para volar durante la noche y llegar a primera hora de la mañana a destino. Tenía ilusión de hacer una de las vías ferratas (vías de escalada equipadas) de la Table Mountain, emblemática montaña que sobrevuela Ciudad del Cabo a 1086 metros de altitud.
Nada más llegar al hotel, me cambié y tomé el transporte público que te deja en la estación del funicular.
En el momento más expuesto de la escalada, no tanto por su dificultad técnica, sino por el vacío que quedaba a mis pies, oí un sonido extraño. Yo iba solo. Pensé que sería el aire y el vibrar de los cables de acero de los que cuelga la cabina del “cable car”, pues la vía trascurre en algún tramo por debajo de éste. Pero no; era el resoplido de alguien que más abajo me seguía. Esperé. En aquel punto de la pared, casi agradecía la compañía. Llegó a mí. Era más alto y corpulento que yo. Se presentó: Bradley, director del Prince Alfred College, Adelaide, South Australia. Casualidades de la vida, él también estaba inscrito en el congreso.
Hicimos un pequeño descanso. El tiempo era bueno, pero no podíamos demorarnos mucho pues, en ocasiones, la humedad del Atlántico Sur se condensa rápidamente en la Table Mountain y, no sólo dificulta la visibilidad, sino que hace que la roca arenisca de la pared se torne resbaladiza y peligrosa. Además, teníamos que llegar a la cumbre, donde hay un magnífico mirador de Ciudad del Cabo y unas instalaciones de restauración, para tomar el último teleférico y llegar a la reunión de la tarde.
Reanudamos la trepada e iniciamos una interesante conversación y nuestra amistad que aun hoy en día perdura.
Me contó que se estaba entrenando para un próximo trekking al Himalaya con un grupo de sus alumnos mayores. Él tenía que dar ejemplo. No en vano, la divisa de su colegio es Fac fortia et patere (sé valiente y resiste). Me gustó el lema y lo que implica de motivación para los alumnos. Enseguida me identifiqué con él. Su colegio se había fundado en 1869, como escuela de la Iglesia Metodista, y ahora se enmarcaba en la Uniting Church of Australia.
Me interesé por los valores que se transmitían en un colegio como el suyo, de raíz cristiana protestante. La búsqueda de la verdad fue el que más me llamó la atención. Vi que teníamos el mismo norte. Siempre me ha interesado buscar la verdad de las cosas y de la propia vida. Le pregunté: ¿dónde buscar esa Verdad? ¿Dónde fundamenta la Iglesia Metodista la búsqueda de la Verdad? Su respuesta fue que en la Biblia. Por lo tanto, volví a cuestionar, - La Biblia es el referente para todos vosotros y vuestro colegio, ¿cierto? Su respuesta fue de nuevo afirmativa. No pude menos que seguir: -Entonces ¿Por qué en cuestiones tan esenciales como es el valor de la vida no nacida, entre muchas otras cuestiones, hay tantas interpretaciones tan opuestas? Su respuesta fue que la Biblia era un referente, pero que había que adecuarla al pensamiento actual.
Caí en la cuenta de que, aunque supuestamente hablábamos de un mismo “norte”, no era así, pues lo que es verdad, no puede dejar de serlo para “adaptarla” al tiempo presente.
Pensé en dos nortes distintos: uno "pegado a tierra" -al que llamamos norte magnético- que es el que nos indica la aguja imantada, la brújula, que depende del magnetismo terrestre y de las fuerzas internas de nuestro planeta, y otro, el real, el norte geográfico, en el mismo Polo Norte.
¿No da igual uno que otro…? Si optamos por seguir el norte de la brújula llegaríamos -actualmente- al norte de Canadá, a 1600 km de distancia del Polo Norte.
Por lo tanto, solo hay un norte verdadero.
La mayoría nos orientamos hacia aquello que nos hace más felices. Ese es nuestro norte. Esa es nuestra "verdad". Apuntamos hacia la felicidad y, en parte, somos lo que deseamos. Pero lo que deseamos no siempre nos lleva a buen destino, pues suele estar muy "pegado" a lo inmediato y material; a lo que las corrientes de pensamiento nos imponen.
Si no existe una verdad y ésta no está por encima de nosotros mismos, no podremos llegar a destino. Esta era nuestra tesis en el artículo Sin trampa ni cartón
Sería una pena que, después de tanto esfuerzo por buscar la felicidad, acabáramos en una meta equivocada, tan alejada del norte verdadero.
¿Dónde se haya ese norte verdadero?: Basta con elevar la mirada al cielo.
En la “noche” de la vida, en la que a veces habitamos, nos vendría bien querer buscar un humilde lucero que brilla en la cola de la Osa Menor y que nos muestra dónde se encuentra el norte verdadero: la Estrella Polar.
La verdad siempre está ahí. Es humilde. Queda “en la cola”. No se impone, pero es inmutable. Luce para aquellos que la quieran buscar y estén dispuestos a seguirla.
Como decíamos en el artículo anterior, ¿decides con la cabeza o con el corazón?.
El norte -el final del recorrido- como muchas otras cosas, depende del principio del cual quieras partir.
¡Buen camino!
Ricardo Gay Férriz

