Cuando abra el restaurante
El "bistró Continental", desde hace años, me manda todas las mañanas al "whattsap" la reproducción de alguna evocadora pintura, acompañándola del santoral correspondiente al calendario de ese día. Hoy, mientras escribo, es festividad de Santa Engracia y la obra de arte que me han mandado corresponde al pintor noruego Edvar Munch, "Chica junto a la ventana". Antes del 13 de marzo, cuando se decretó el confinamiento, acompañaban a la pintura y al santo o santa del calendario el menú de cocina de mercado que nos ofrecía el bistró, en esa fecha concreta. Era el recordatorio de que seguíamos respirando, de que la vida circulante (de mercado) se ponía a nuestra disposición. El menú ha desaparecido de esos "whattsaps", como es lógico. Ahora sólo recibo el bonito detalle de la pintura, como si la enviara un museo, y el santoral, como si lo mandara ese inquietante tipo dibujado a plumilla que figura en el anacrónico calendario zaragozano. La vida está pendiente de un hilo que se deshilacha por momentos.
El "bistró Continental" podría ser cualquiera de esos lugares de hostelería, bares o restaurantes, donde se desarrollaba a diario nuestra civilización. No digo el ocio. Digo nuestra civilización. Esa civilización hoy parece ser sólo un gigantesco material de archivo para una segunda parte, adaptada a esta época, del famoso libro postrero que Stephen Zweig publicó sobre aquel entero vivir y sentir de unas sociedades amuebladas que se fueron para siempre con la primera Gran Guerra, "El mundo de ayer". Pensando en el ido mundo de ayer y en la expansión del totalitarismo por Europa y el mundo, Zweig y su esposa bebieron un veneno mortal. Era una idea insoportable. Hoy todos los lugares amables y todos los foros apacibles donde el ciudadano se desarrollaba como tal, él y su dignidad, están clausurados, el totalitarismo (el vírico y el político) anida entre nosotros y de él empiezan a salir sus primeras sierpes.
El bistró Continental manda también a diario el aviso de no actividad. Hoy he recibido: "día 34 de cierre obligatorio". Siempre me gustó la palabra catalana: "tancat". Me ha recordado toda la vida a la tranca de madera con que se cerraban los portones al llegar la noche. La noche más larga llegó y nadie sabe si se irá. Hablo con Emilio Morales, que como la inmensa mayoría de pequeños empresarios hosteleros va al día y debe pagar el alquiler de un local con el que no obtiene ingresos, y no sabe cuándo ni cómo va a obtenerlos. Me dice que no concibe abrir de nuevo su "Bistró Continental" sin todo el personal que lo conforma. Cada trabajador tiene su papel insustituible, una porción de esos pequeños detalles que hacen que el público vuelva. Si no se puede mantener al personal no se puede mantener el buen nombre de los locales. "Incluso en el caso de los empresarios más fuertes, si tu tienes locales cojonudos pero por esto que está pasando vas a prescindir de tus proveedores a cambio de otros más baratos -por mal nombre competitivos-, o vas a prescindir de quien tenías en la cocina, entonces tienes locales de mierda". Disfrutábamos de nuestra civilización y cuando todo acabe, si acaba, vamos a tener locales de mierda, sobre todo franquicias, en un escenario postapocalíptico.
Afortunadamente, quedarán algunos monasterios como el "Bistró Continental", donde la receta del cordero a la murciana con ñora y piñones se copia en estos días oscuros a la luz de las velas, para que no se pierda. Quedarán sitios como el "Continental" precisamente porque esos principios irrenunciables de Emilio Morales son los que más difícil pondrán volver a abrir. Pero el público espera que retornen esos restos de la antigua civilización, sin cambios. Dicen que esto que pasa y sus restricciones carcelarias van para años; sin embargo, un día, el público se hartará de sentarse a tres metros unos de otros (lo cual hace inviable cualquier local de restauración), se mirarán, se quitarán lentamente las mascarillas y los guantes de fregar y, entonces sí, empezarán a aplaudir. Será un aplauso para celebrar un modo de vida multimilenario que no debemos permitir que nos arrebaten los totalitarios de la Nueva Era.





















