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Opinión | Consejero Editorial de MurciaEconomía
Lunes, 20 de Abril de 2020
Francisco Martínez Ruiz

Revelación en el portal

 

La semana transcurría con la desconcertante rutina que la situación de encierro conlleva para la mayoría de todos nosotros. Idas y venidas al garaje, en incursiones con ese atractivo de lo clandestino; conversaciones afortunadamente fugaces  en el vestíbulo. Saludos, o incluso ni saludos, en el zaguán, y elevadas sensaciones en las contadas ocasiones en que volví al terrao.

 

Hacia el final de la semana, una tarde de lluvia, volvía del emocionante viaje de echar la basura a distintos contenedores que, por suerte, se encontraban en ceras opuestas según residuo, y al volver al portal, coincidí con el vecino del piso W, letra Z, al que no veía desde antes de… esto. Nos quedamos en el portal con la puerta a medio abrir, y me interesé - inusualmente en mí - por cómo estaba y sobre todo, cómo es que no lo había visto desde que empezó lo que empezó, cuando empezó. Elevó la vista hacia arriba y, despacio, la fue dirigiendo hacia mí. Llovía a cántaros. "Mira -me dijo-, yo no sé si me ves un poco raro -cuestión sobre la que no me pareció elegante ahondar -, pero es que en este tiempo que lleva esto, de pronto, me he dado cuenta de que me he vuelto  idiota. ¡Totalmente idiota! Sí, de pronto."

 

Lo miré sorprendido pensando que era una salida fruto del confinamiento, o el previsible final de un proceso anterior,  más allá de una aportación original (genuina o ad hoc, me refiero) a la conversación. Pero no. Con una locuacidad que me sorprendió, empezó a decirme que empleaba unas 10 horas diarias en ver telediarios, escuchar radios, y ver algunos medios digitales. En un estado de creciente agitación, me dijo que comenzó a oír términos y frases, conceptos que no había oído nunca y que no entendía. Me interesé por cuáles: hablaba de gente, responsables, de Planes de Amortiguación Social, de desescalada asimétrica territorial, de monitorización de… algunos temas que tampoco entendía y el propósito de minimizar algo que le sonaba muy muy raro; luego eso de una cosa que repetían mucho : el conjunto de la ciudadania, y que él no sabía si éramos todos, todos a la vez, o casi todos; me decía que animaban a que nadie se quedase atrás,  y de que a ver si entendíamos bien lo que era una cosa que se llamaba ERTE - de hecho él la entendía antes de esto, pero  no si se la explicaba ahora esa gente, esos responsables-. Me confesó que fue el oír lo de Nueva Normalidad, lo que lo remató.

 

En fin, que andaba en una profunda confusión , que él resumía en completo estado de idiotez sobrevenidamente adquirida, y que le daba mucha vergüenza decírselo a nadie, pero que yo le ofrecía toda la confianza. Este hombre generó en mí un sentimiento de simpatía mucho mayor que todos aquellos vecinos con los que hablaba banalmente en el vestíbulo, con los que intercambiaba confidencias en el garaje; con los que abordaba de modo más intelectual -si se pudiera decir- temas en el terrao, o aquellos de los que, por supuesto, solo oía pesares en las subidas y bajadas del zaguán. Un sentimiento de afecto y respeto muy especial. Había algo en el que me resultaba muy familiar.

 

 Aquel hombre me estaba transmitiendo  en medio de un día de  lluvia, mientras aguantaba con mi pie el portal, una cosa muy importante, cual si de un Kairós se tratara: me estaba diciendo desde lo más profundo de su ser que no me volviera como él, idiota. Que me podía ocurrir. Me imploraba que me aferrara al sentido común,  al pensamiento crítico y libre, y que viera las cosas como en realidad son y no como las estaba viendo él.

 

Al acabar la conversación, iba a cederle el paso, pero no había nadie. Abrí los ojos. Y atravesé la puerta sólo, tan solo como había estado todo el rato, todo el que duró mi propia

 Revelación en el Portal.

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