La península cárcel
Una vez contratamos desde España, ya ni recuerdo cómo, los servicios como chófer de un señor llamado Fidel. Era, por entonces, la Cuba de su homónimo de la barba. Habíamos, por supuesto, ido a Cuba de viaje cultural, como todos y todas. Fidel, el otro Fidel, el que no tenía barba, vivía en la provincia de Camagüey, al sur de la isla. Para recogernos en La Habana debía recorrer cientos de kilómetros en un indescriptible coche americano del año 1947 con las lunas pegadas con chicle por una carretera abrasada donde había enormes carteles que ponían: "Socialismo o muerte", a lo que el humor isleño había añadido, a mano, antes que lo borraran: "entonces queremos muerte".
La policía lo detuvo durante ese trayecto en decenas de ocasiones. Sólo un salvoconducto que habíamos enviado desde España, donde mentía diciendo que éramos parientes que íbamos a visitar a su familia (familia que se llevó en el gigantesco automóvil), lo libró del calabozo. En realidad luego nos pararon, a él, su familia y sus "parientes" españoles, en infinidad de ocasiones, en cuanto veían la matrícula del coche, escoltándonos hasta la comisaría de Guanabo en La Habana. Los movimientos internos en la Cuba castrista estaban penalizados. Si alguien me hubiese dicho que, andando los años, iba a experimentar lo mismo en mi país hubiese pensado que estaba loco.
El problema no son los motivos sanitarios que justifican, ahora mismo, la restricción de movimientos dentro de España y anulan la posibilidad de escapar a otro país. El problema es que hay la sensación, no del todo injustificada por otra parte, de que el Estado, o sea, el Gobierno (son hoy la misma cosa, y no debería ser la misma cosa) podría hacer lo que quisiera con las vidas y haciendas de los ciudadanos. Y nadie diría nada, salvo unos pocos medios de comunicación desafectos y de efecto muy limitado. La gente, degradada a una espontánea masa chivata, al país de porteras que tan bien diagnosticó el difunto ex ministro socialista Boyer, colaboraría desde sus balcones a cualquier irregular restricción de derechos fundamentales, con tal de que esa restricción de derechos jodiera a todos. España es un país con un ancestral sentido igualitario, que sería partidario, por ejemplo, de la mutilación si esa mutilación afectara al cien por cien de la población, y por supuesto fuera gratis.
Estamos en un punto en que el Poder podría decretar cualquier cosa, por inimaginable que parezca hoy, y no habría más que el pequeño escándalo habitual, rápidamente sofocado. Yo desde el sureste peninsular no me puedo ir a Galicia (de hecho, no me puedo ir ni a ver el mar) por un motivo que se supone transitorio. Pero si de transitorio se convirtiese en definitivo no creo en absoluto que se tambaleasen las estructuras de nada. La gente seguiría aplaudiendo a las ocho en punto de la tarde, como hace un siglo aplaudía, mientras en el mundo estaba cayendo la Guerra Mundial, la salida del primer toro a las cinco de la tarde (que en realidad son las seis, con los toros en España pasa como con la hora del té en Inglaterra).
Por fin he sentido lo que aquel bueno del chófer Fidel, no el de la barba sino el otro, experimentaba a diario en la que se ha llamado "isla cárcel". Hoy en España vivimos en una claustrofóbica "península cárcel". Ni siquiera puedes intentar escapar atado a neumáticos para que te devoren los tiburones, aunque llegaras al otro lado del océano, porque las autoridades de todos los países del mundo te devolverían empujándote con un palo. Aquí nadie puede ir a ningún sitio excepto al calabozo si no tiene salvoconducto. Lo peor es esa sensación de que lo extraordinario pudiera mutarse en ordinario bajo circunstancias continuadamente extraordinarias. La horrible convicción de que si alguien del Poder tuviese la ocurrencia, podríamos seguir sin libertad de movimientos hasta que de los renacuajos surgieran nóbeles de física nuclear.
No podemos ni escondernos ni escapar a ningún sitio, y hoy eso en España no es una frase de una novela negra de crímenes.





















