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ENTRE TÚ Y YO

El cedro del Líbano y el abedul

Ricardo Gay Férriz Miércoles, 08 de Marzo de 2023 Tiempo de lectura:

 

Mientras preparaba el artículo anterior ¿Qué vale tu vida? Gemma, mi querida esposa, me preguntaba “¿Y tú crees que todo el mundo entiende igual que tú lo que significa amar a los demás?” Me hizo pensar… Es cierto que hoy en día, en un mundo tan emocional, de percepciones líquidas, nada se puede dar por obvio, aunque empleemos las mismas palabras.

 

Recordé que hace un tiempo escribí una fábula- relato que proporciona una enseñanza o consejo moral- para un taller que impartí a empresarios sobre liderazgo. Este relato quizá puede dar respuesta a lo que Gemma me preguntaba. Lo adapto para el presente artículo. 

 

Decía así:


  
El verano estaba a punto de llegar a su fin.

 

Una noticia inquietante se empezó a extender por toda la ladera de la montaña, entre los muchos árboles que la poblaban: 

 

- El viejo Roble, nuestro Rey, ¡se muere!

El roble centenario había crecido lentamente en la parte más empinada y pedregosa de la vertiente. Había sido la admiración de los otros árboles y, con sus profundas raíces, había contenido el movimiento de las rocas hacia el río. Él marcaba los tiempos. Gracias al viejo roble, toda la vida vegetal sabía cuándo llegaba la primavera, o se iniciaba el otoño. Él era el orden, la paz y la seguridad del bosque. Todos le respetaban. ¡Él era el rey!

 

[Img #96348]A su vera, en la misma parte empinada y rocosa, habían crecido el cedro y el abedul. Ambos, bajo su sombra, habían aprendido del sabio roble.

 

Éste, sabiendo que su vida llegaba a su ocaso, reunió a los otros árboles del Consejo, para darles el siguiente mensaje: 

 

- Amigos míos. Mi tiempo ha llegado a su fin. Os esperan tiempos convulsos. Las rocas que mis raíces sostienen, se os van a sublevar, y las nieves de las altas montañas os podrán arrastrar con violentos aludes. Tenéis que elegir a aquél que os vaya a gobernar con sabiduría, tal y como yo procuré hacer con vosotros. Debéis escoger entre el cedro y el abedul que crecieron bajo mi tutela. Pero debéis esperaros a que llegue la primavera para poder decidir con acierto.

 

Dicho esto, el viejo roble se secó y todas sus hojas cayeron de sus ramas en profundo luto. 

 

Ahí quedaba el imponente cedro, poderoso, con su amplia y densa copa. Era el árbol más alto del bosque. 

 

Por el contrario, el abedul era mucho más pequeño. Hermoso, sin duda, pero delicado y aparentemente frágil.

 

¿Cómo tener duda alguna de cuál de los dos iba a ser el próximo soberano?

 

El cedro, seguro de sí mismo, aprovechó lo que quedaba de verano para seguir creciendo y sobresalir más si cabe del resto. Para ello se desprendió de parte de sus acículas y éstas acidificaron el suelo, de forma que a sus pies apenas había vida.

 

Por el contrario, el abedul extendió sus raíces y con sus hojas caídas fue fertilizando el suelo

 

Llegaron las lluvias del otoño y las aguas de arroyada, sin el freno de las raíces del viejo roble, empezaron a arrastrar las rocas por la ladera en la que crecían juntos el cedro y el abedul. El primero seguía aumentando su tamaño. El segundo se iba acomodando a la tierra en lento movimiento, perdiendo altura y curvando su tronco. ¡Parecía un pobre árbol!

 

Cayeron las nieves del invierno, y el bosque quedó cubierto de un manto blanco y silencioso… hasta que un lúgubre día, un bronco y terrible sonido rasgó la paz del bosque: un enorme alud se deslizaba a gran velocidad pendiente abajo, precisamente por el barranco en el que se encontraban el cedro y el abedul.  Después, silencio de nuevo. El mutismo de la muerte…

 

[Img #96345]Al llegar la primavera y fundirse la nieve en el barranco, todo el bosque descubrió con estupor, que el soberbio cedro -en su soberbia- había sido arrancado de cuajo, y que en su caída había arrastrado a multitud de otros árboles.

 

¿Qué había sido del abedul?: ¡Había sobrevivido! Ciertamente dañado, pero su sabia adaptación a la pendiente durante el otoño le había permitido resistir el empuje de la nieve. Ahora, a sus pies, crecía lentamente todo un manto vegetal, -¡nueva vida!- que colonizaba el canchal y retenía a las traidoras rocas que amenazaban el bosque, más abajo.

 

Reunido el Consejo, éste se excusó ante el abedul y le pidió reinara sobre ellos, con la misma sabiduría que lo había hecho el viejo roble.

 

El abedul, en su humildad, supo adelantarse a los tiempos y dio vida a muchas otras especies, que contribuirían a que la inestabilidad de la ladera fuera menor y ésta más habitable. Es el ejemplo del liderazgo necesario que trabaja calladamente para buscar la luz y la Verdad, sembrando a su alrededor vida y esperanza; sin arrebatar a los demás el protagonismo que merecen, acompañando a cada uno en la culminación de la obra bien hecha y de la misión a la que están llamados en su vida. 

 

¿Es quizás el abedul una posible respuesta a lo que es amar a los demás?

 

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