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Opinión |
Jueves, 30 de Enero de 2020

Murciélagos en la olla

 

Los coreanos del sur, que no tienen excesiva simpatía por los chinos, tienen un dicho gastronómico sobre ellos. Lo expresan poniendo una cara muy lívida e inquietante, como de gelatina que se hubiese echado a perder: "en China se comen todo lo que tenga alas menos un avión, y todo lo que tengas patas excepto, a veces, si no hay mucho apetito, una mesa". Lo suelen decir cuando se les pregunta por el destino que en China suelen tener los perros, que tienen cuatro patas pero no son mesas. En la España del hambre se decía aquello de "pájaro que vuela, a la cazuela", porque en principio todos los pájaros son comestibles o al menos no mortales de necesidad. No se puede decir lo mismo de comer cualquier cosa sin enjuagarla un poco.

 

Ya van unas cuantas veces que desde China nos llegan enfermedades imaginativas de última generación, amenazando con reeditar el éxito espectacular en el año 1919 de la aquella llamada "gripe española" que no tuvo nada que ver con España, a causa del gusto en el Celeste Imperio por echar al caldo a lo primero o al primero que llega. Llámenme susceptible, pero ya empiezo a ver a los restaurantes chinos de forma muy parecida a ese que sale en "Hombres de negro 3", con mórbidos seres alienígenas viviendo en peceras/nave en la cocina, en espera de servirlos en salsa de ostras a los clientes. Me imagino que lo normal es que cuando vas a meter la cuchara las sopas te miren y te pregunten por la familia, como en aquel conocido artículo de Julio Camba que contaba cuando, al llegar éste a Madrid desde un exilio de muchos años, fue saludando a los mismos cangrejos de los escaparates de las marisquerías de los que ya se había despedido a su marcha.

 

Lo de la pandemia del coronavirus procedente de una región china llamada Wuhan, que suena a grito ritual de los jugadores de rugby de los "all blacks" neozelandeses, viene de lo que podríamos llamar una "olla cero" (el inicio de la cadena de muertes), donde alguien al parecer metió a hervir uno de esos murciélagos gigantes del tamaño de border collies llamados "zorros voladores", que estaba infectado. No era precisamente uno de esos pequeños "morciguillos" comunes en esta parte del mundo. En aquella "olla cero" un "chino uno" de Wuhan, el que luego probó la sopa a ver el punto de sal, echó al "zorro volador" tal como éste le vino a preguntar, sin lavar y con su espesa pelambrera de felpa y todo. Eso piensan en este momento, al menos, las autoridades. Una vez pregunté a un chino en China, hace años, a qué sabía exactamente la misteriosa sopa de zorro volador, de la que sobresalían visiblemente las enormes alas negras con largas garras, de diablo. Me dijo que en realidad a los chinos les parecía una auténtica asquerosidad, pero que la tomaban, como tantas cosas allí, por la creencia en supuestos poderes medicinales. El sabor exacto lo describió, con una precisión admirable, como "llanta pinchada de vehículo". O sea, amigos coreanos, que los chinos sí comen también cualquier cosa con sabor neumático excepto, si no aprieta la gazuza, un autobús de dos pisos.

 

La vez anterior, los mismos "zorros voladores" introdujeron otra pandemia que se derivó de la enfermedad de la rabia que estos portaban, inoculada a algún cerdo, cerdo que luego fue a hacer cortezas en almíbar agridulce para consumo humano. China es un hervidero de enfermedades que gozan de muy buena salud y a las que sólo les falta hablar. Es el país más contaminado del mundo, con bastante diferencia sobre el segundo, y eso que hay una dura competición, porque lo es a propósito. En China, aunque nos sea inconcebible para una cerrada mentalidad occidental, encuentran cierto placer morboso en tener todo cuanto más contaminado, mejor. En sus indescriptibles ríos viven criaturas que no hubiesen pasado el corte en la elección de los monigotes de pokémon, por demasiado imposibles y locas. En el aire amarillo de Pekín un pájaro, o lo que sea en que para entonces éste se haya transformado, puede ir de parte a parte de la capital sin dejar de saltar sobre las partículas de Dios sabe qué hay en suspensión. En fin, el famoso problema universal del dedo del camarero metido en la sopa al servirla allí no representa, está claro, el mayor de los problemas.

 

La reaccion del resto del planeta creo que ha sido demasiado tibia. Que se sepa, nadie ha pasado la cuarentena en ningún aeropuerto por esta causa. Cuarentena no significa que te tomen la temperatura, sino que pases cuarenta días aislado. A España ha llegado un equipo de fútbol de Wuhan al completo (quiero decir, al completo y tal vez un poco más, puede que se trajeran a algo o alguien más con ellos) y las autoridades que hay ahora, o eso que llaman autoridades, han dicho que "son jugadores, no virus andantes". Este es precisamente el tipo de mentalidad con el que empiezan las películas de catástrofes, como en "Titanic" con aquello de que era de todo punto imposible que se produjera cualquier disgusto reseñable porque los compartimentos eran estancos. Siempre hay un humanitario progre que te casca lo de que todos somos ciudadanos del mundo y ningún zorro volador es ilegal.    

 

 

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